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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáNovick: así de simple. Así de simple: o nos juntamos a la hora de votar en las próximas elecciones o el populismo continuará gobernando al Uruguay. Por más dislates que cometan, tienen la máquina electoral exitosa inventada por el Gral. Seregni en 1970: el Frente Amplio, dentro del cual se cobijan partidos sin perder su identidad. Tienen gobierno y oposición (la otra, la nuestra, ha dado sobradas pruebas de ineficacia); cristianos y ateos; sindicalistas fascistoides y comunistas; marxistas champagne y las sandalias de Mujica; poetas y murgueros. No se les escapa un voto.
Y como si fuera poco esta diversidad, mantienen, con recursos aportados por los uruguayos que trabajan, un electorado cautivo a base de dádivas, al cual amenazan con que las perderán si gana alguien más que no sea el Frente.
Estoy escribiendo de partidos que no pierden su identidad por votar juntos. ¿Acaso el Partido Comunista perdió la suya por integrar el Frente Amplio? Basta preguntarle a Marina Arismendi o a Eduardo Lorier si se sienten menos comunistas ahora que en 1969. ¿Acaso el Partido Socialista se diluyó por integrar la coalición? Que lo diga Eduardo “Lalo” Fernández o Mónica Xavier. Y suma y sigue.
Ahora bien, ¿por qué los dirigentes blancos y colorados no terminan de ver ese camino? Abundan las declaraciones a medias, los recelos, los celos (si sacamos el “re”) y las decisiones cupulares que buscan cerrar el camino a nuevos aportes, como ha sido la figura de Edgardo Novick. Desconfían, no del hombre, sino de sus propias fuerzas, mermadas en la consideración popular.
Así de simple. Quienes integramos el espacio político que respalda a Novick consideramos que la herramienta del Partido de la Concertación era válida para que blancos, colorados, independientes y frentistas desencantados votáramos juntos, compitiendo de manera que no se perdieran ni votos ni identidades. No se nos escuchó y decisiones burocráticas alentadas desde las alturas partidarias dieron por tierra con nuestra cándida propuesta. Se prohibió reconocer una agrupación nacional ya presentada. Poco libertario el recurso, reñido sin dudas con nuestras tradiciones partidarias.
Así de simple. Esa fue nuestra idea, clarita. Desde ese momento hay “barullo en la línea”. Los líderes y sus voceros hablan de “unirse”, “coordinar”, “consensuar”. Mucho gre gre para decir Gregorio.
Flota por allí el argumento de que Novick carece de antecedentes partidarios (¡por suerte, diría yo!) y la primera que cometió el error de señalarlo fue Lucía Topolansky, diciendo que era un peligro para la democracia. En las elecciones departamentales pasadas el “sin antecedentes partidarios” la revolcó a ella, a Mujica, a “la barra” y hasta a Manuela. La gente sintonizó con Novick pero, ¿por qué?
Así de simple: los ciudadanos cada vez se atan menos a los partidos y menos que menos a los mandatos electorales de dirigentes políticos. Es una temeridad pensar que en un escenario de segunda vuelta los votantes acatarán como corderos los acuerdos de cúpulas partidarias.
Así de simple. Ha llegado la libertad al elector.
Por supuesto que hay rémoras que atan a algunos dirigentes políticos y les dificultan votar juntos con el tradicional adversario, y menos con un “outsider”, convidado de piedra a la mesa del reparto del poder.
Cuentan que Benjamín Disraeli (1804-1881), dos veces primer ministro británico, al mostrársele las instalaciones del Parlamento, escenario de los debates, se le informó que a su frente se ubicaban los enemigos y a su costado sus aliados. Luego de meditarlo brevemente, expresó amargamente que sus enemigos se ubicarían sin dudas a su costado.
Así de simple: que a la oposición que queremos construir a partir de ahora no nos pase lo de Disraeli.
Andrés Merino
CI 1.504.167-3