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    La evidencia y el dogma

    Columnista de Búsqueda

    Nº 2128 - 24 al 30 de Junio de 2021

    Siempre me ha llamado la atención el valor que concedemos a quien no cambia jamás de opinión, especialmente en política. Es común que se valore positivamente a los dirigentes que vienen diciendo lo mismo desde tiempos inmemoriales, incluso cuando eso que vienen diciendo ha demostrado estar equivocado desde entonces. Es como si cuando hablamos de política, habláramos de valores puramente abstractos y no de ideas que tienen como fin incidir en la vida real de las personas. Ojo, no es algo que ocurra siempre, a veces los ciudadanos valoran (valoramos) a quienes ante el fracaso de una idea, son capaces de imaginar alternativas.

    Ese inmovilismo político muchas veces es percibido como un valor también entre los ciudadanos, sobre todo entre aquellos que están especialmente convencidos de la bondad de sus ideas. Por eso no es raro que sea entre los militantes de cualquier partido en donde es más transparente esa fidelidad a las ideas que se han tenido desde siempre. O mejor dicho, que se han tenido desde la juventud, que es el momento en el que en general los ciudadanos nos incorporamos a la vida política a través del ejercicio del voto. O de la participación en asuntos gremiales, estudiantiles o laborales, esos que implican un vínculo con los otros más allá de la familia y los amigos cercanos.

    Aunque se trate de una materia que incide de manera menos notoria en la vida en común de las personas, es posible encontrar un patrón de comportamiento similar en lo que se refiere al gusto musical. Todos tenemos amigos que están convencidos de que la mejor música que jamás se ha creado y creará es aquella que los entusiasmó durante su juventud. O bien toda aquella música que heredaron de un pasado que no conocieron y que por eso resulta más fácilmente idealizable. Se anhela lo que no se tuvo o ya no se tiene y se suele tratar con menos entusiasmo lo presente, lo que se tiene aquí y ahora. Tan así es que hasta los Simpson tienen un chiste en donde Homero se pregunta: “¿Para que queremos más grupos? Todo el mundo sabe que el rock alcanzó la perfección en el 74 ¡Es un hecho científico!”.

    Quizá se deba a que esos años juveniles son formativos en todo sentido. Fue en ellos que construimos todas aquellas preferencias que consideramos “propias”, entre ellas nuestras preferencias políticas y culturales. A la música de nuestra juventud solemos llamarla la música de “nuestra época”, como si la música presente nos fuera más bien ajena. Y en general es así, salvo para quienes la música ocupa un lugar central en nuestras vidas. Para la mayoría, la música “interesante” es la que escucharon mientras fueron jóvenes y su vida no se había encarrilado aún por los caminos del empleo, la familia, los hijos, etc. Es decir, todo aquello que ocupa el tiempo que antes dedicábamos, de distintas maneras, a percibir lo que nos rodeaba y construir una mirada “propia” sobre todo eso.

    Ahora, una cosa es que esta suerte de fidelidad al pasado propio se ejerza en terrenos de las preferencias musicales y otra, muy distinta, que se ejerza en el ámbito de las ideas políticas. En el caso de la música, lo peor que nos puede pasar es que pasemos por alto un montón de músicas valiosas que se están creando en este momento o que se han creado desde nuestros años mozos. En política es perseverar en ideas que han demostrado ser un error. Ideas que al ser aplicadas de manera sistemática sobre la realidad han generado efectos negativos que nos salpican a todos. Por eso el ejemplo de la música sirve para señalar la posible existencia de un mecanismo personal que nos lleva a rechazar lo nuevo (básicamente porque ya no les damos la pelota que alguna vez les dimos a esas cosas), pero no es equiparable en lo que refiere al impacto de tal mecanismo en la vida social. En política todo resulta más grave.

    ¿A qué viene todo esto? A que si bien es cada vez más frecuente escuchar que es necesaria una política que se base en la evidencia, una que sirva para evitar los caminos inconducentes y privilegie aquellos que objetivamente pueden ofrecer mejores resultados, la idea choca de manera frontal con el mecanismo señalado. Si no somos capaces de confrontar aquellos aspectos de nuestras ideas políticas que la realidad ha demostrado están equivocados, difícilmente seamos capaces de desarrollar políticas basadas en la evidencia. Nos aferramos a los aspectos puramente ideológicos (las buenas intenciones) y despreciamos los aspectos fácticos (los resultados de las buenas intenciones), que son precisamente aquellos con los que podemos construir evidencia.

    Justo en ese sentido, hace unos días el economista Sebastián Fleitas se preguntaba si no era conveniente tener un GACH en el área económica, entendiendo al GACH como una herramienta valiosa que había resultado buena proveedora de la evidencia utilizada para guiar la acción política durante la pandemia. En su muy interesante nota Fleitas hace un repaso de cuáles son los órganos equivalentes que existen actualmente en países que ya han optado de manera decidida por usar la evidencia en distintas áreas de la política pública y recordaba también algunos de los organismos con que ha contado el Estado uruguayo en ese mismo sentido. La conclusión del artículo era que si bien la política no es sustituible por la ciencia sin más, la creación de órganos técnicos no partidarios viene dando buenos resultados ahí donde se han creado.

    Ahora, ¿cómo hacer para seguir ese camino cuando una parte importante de los políticos y de sus electores son impermeables a cualquier evidencia y han elegido quedarse petrificados en sus preferencias posadolescentes? ¿Qué efectos puede tener la evidencia cuando las ideas se sostienen más como dogma religioso que como asunciones provisorias que pueden y deben ser contrastadas con los datos disponibles? ¿Cómo convencemos al fan de Deep Purple de que no es verdad que el mejor año de la música sea 1974, por más que ese sea el último año en que él dedicó tiempo e interés a la música? De hecho, sobra la evidencia en sentido contrario: al elector no siempre le importan los resultados que obtengan sus ideas cuando son llevadas a la práctica. Y los partidos que las hacen efectivas se especializan en enfatizar las trabas que ponen quienes son ajenos a esas ideas, más que en corregir los problemas que estas ideas tienen cuando bajan al llano.

    Mientras muchos ciudadanos entiendan que las ideas políticas deben prevalecer sobre sus resultados y efectos tangibles, es muy difícil que la evidencia pueda ser relevante y sirva para guiar políticas futuras. Mientras nos comportemos como eternos posadolescentes que añoran un pasado inexistente o aquella lejana juventud en donde todo era formativo (y sencillo), la evidencia seguirá en un segundo plano y continuaremos repitiendo errores. Por eso en la política, como en la música, más que vivir congelados en las convicciones de ese tiempo formacional, conviene estar atento a los cambios, ya que de ellos depende nuestro presente y, sobre todo, nuestros posibles futuros.

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