N° 1895 - 01 al 07 de Diciembre de 2016
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLa lucidez nos impone el deber de distinguir. Una cosa es esperar la felicidad del Estado, y otra muy diferente es tratar de que la búsqueda personal de la felicidad no se vea acosada por la injusticia y la violencia. Los liberales debemos poner las palabras correctas en los lugares adecuados, ejercer en el campo lingüístico la libertad que nos permitimos y exigimos en todos los otros órdenes de nuestro vivir. Así, si bien somos los primeros en recelar y denunciar las intromisiones del Estado en la esfera individual, con la misma determinación pugnamos para que se consolide en nuestras sociedades un Estado fuerte y claro, lo suficientemente fuerte y claro como para que las leyes que libremente consentimos se apliquen con imparcialidad y sin excepción.
Descartes abogaba por un Estado elemental por razones simplemente prácticas; sostenía que “la exagerada multiplicidad de leyes es con frecuencia excusa de infracciones”, por eso consideraba que “los Estados mejor organizados son los que dictan pocas leyes, pero de rigurosa observancia.” En la misma línea se ha de ubicar el liberalismo: pocas leyes, las suficientes para salvaguardar los derechos esenciales de la persona —su propiedad, su integridad física y moral, su acceso igualitario a los tribunales, su derecho a cambiar regularmente las autoridades— dejando el resto de la existencia librada a su entero arbitrio. Un tal Estado es bueno y deseable, y por lo tanto merece nuestro convencido reconocimiento. No deberíamos sonrojarnos, entonces, a la hora de proclamarnos ardorosos defensores del Estado, si lo entendemos como una entidad absolutamente respetuosa de los derechos y fueros de las personas y capaz de imponer su autoridad para que esos derechos no sufran ninguna restricción o amenaza. Un Estado que da seguridad, que impide a la dilatada falange de los enemigos de la libertad imponer su voluntad, que no tiene posibilidades de expandirse fuera de sus cometidos básicos, que está sometido constantemente al escrutinio de los ciudadanos y que asume humildemente que carece de toda función rectora en el desarrollo de las actividades, valores e ideas de las personas, representa perfectamente la concepción liberal de la política. Que ya no será juego y lucha por un poder que no tendrá nada de codiciable, sino tan solo correcta administración del crucial servicio que presta para que las personas puedan vivir en sociedad sin temer por sus derechos.
Durante mucho tiempo los debates de Occidente se han encerrado en las teorías políticas y en el análisis de los sistemas de gobierno. La experiencia histórica nos ha defraudado. El menos malo de los sistemas de gobierno, para usar la célebre fórmula de Churchill, en estas últimas décadas no solo no perdió su condición de malo sino que al socaire de la demagogia desatada por la mayoría de los profesionales de la política, agravó sus notas. Es paradojal que sea precisamente la democracia, que es hija histórica del liberalismo, la que acabe, como Edipo, persiguiendo a su padre para matarlo. Los años que estamos viviendo nos muestran de lo que es capaz la democracia cuando sus energías apuntan contra los sagrados fueros de la libertad; una circunstancial mayoría de manos alzadas en cualquier momento y por cualquier motivo es capaz de cambiar el curso de los astros, las colas de los perros, los tres acordes iniciales de la Quinta Sinfonía o enderezar por clamor popular la curva de Lafer, y hacerlo conforme a derecho y reclamar y obtener legitimidad solo porque una vasta turba de beneficiarios del Estado o de engañados sin remedio entregan su libertad y su genuina seguridad a cambio de indecorosos privilegios que no hacen sino minar las energías de las naciones.
Lo que temió Ortega y Gasset, que vio venir el fenómeno a mediados de la década de 1920, lo que observó con alarma Albert Camus cuando estudió de cerca la mentalidad que animaban ciertos descontentos y ciertas insurgencias de moda en su tiempo, lo que von Hayek advirtió a finales de la II Guerra, hoy lo tenemos instalado y encarnado en este nuevo Leviatán de ropaje infame que bajo la forma de impuestos locos o vengativos, repartos insostenibles de prebendas, relajamiento y corrupción de los controles sobre la propia gestión, y la corrección política del lenguaje y de los hábitos sociales va devorando las fuerzas de los que quieren trabajar, invertir, crecer, mejorar sin esperar a cambio sino paz, respeto y seguridad.