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    La gloria demorada

    Nº 2178 - 16 al 22 de Junio de 2022

    Por Antonio Pippo

    ¿Cómo hacer para recordar lo que se ha olvidado?

    No, lector. La pregunta, ni siquiera por una pretendida búsqueda de la originalidad, me pertenece; la tomé de un tramo del monólogo de una actriz secundaria, en una película irrelevante de esas que repiten en televisión. Pero es bastante más sugerente de lo que a primera vista parece y me indujo a regresar sobre algunos personajes del tango y sobre sus obras, que ya han discurrido por estas páginas con sus frecuentemente legendarias peripecias a cuestas.

    El tango Ojos negros, compuesto a inicios de la Guardia Vieja, está, no obstante, inscripto en la más rica historia de la música popular ciudadana que nos dio una cultura. El registro oficial de autor, certificado en 1910, pertenece a Vicente Greco, bandoneonista que se hizo famoso por ser el primer director de una orquesta formal de tango y autor de obras como Racing Club, La percanta está triste, Alma porteña, Rodríguez Peña, El flete, La viruta y otros, todos —y no sé si podría decirse curiosamente—, más allá de sus matices, seguían una línea instrumental que daba prioridad al ritmo, un clarísimo, cuasi rabioso dos por cuatro, por encima de la melodía, forzando de algún modo a la armonía, acción central de la música que busca la combinación de ambos sonidos, diferentes pero acordes.

    Tangos de “rompe y raja”, se diría en los viejos boliches.

    No obstante, su tema cumbre, a contramano de todos los anteriores y que hoy emerge como inolvidable para cualquier gustador del tango, pasando por encima de los otros precisamente por la prevalencia de una exquisita melodía que da lugar secundario al ritmo, es Ojos negros, con seguridad entre las 10 o 20 mejor escritas hasta hoy.

    Pero entonces aparece otra rareza, que tiene que ver con la memoria y el olvido. Ojos negros tardó más de 30 años en alcanzar ese reconocimiento: fue cuando las grandes orquestas de 1940 con la creciente influencia de los arregladores —Galván, Artola, Piazzolla, Plaza, Balcarce y tantos más— solo lo tocaron de modo instrumental. Ahora mismo, si se lo escucha por Canaro, Maderna, Pugliese, Di Sarli, Troilo, Cobián o Salgán, por ejemplo, se lo reconoce de inmediato y se lo disfruta más o menos según el estilo que cada quien prefiera.

    Hay una explicación para esta extraña trayectoria, nunca argumentada, que de todos modos vale analizar. Nunca se sabe, ¿no es verdad?

    Cuenta que Greco se afeitaba en su casa mientras en el piano del living su amigo Prudencio Aragón, apodado el Johnny por su cabello rojizo, improvisaba una melodía. Greco se sorprendió y, con la cara todavía jabonada, se acercó y le preguntó qué era aquello “tan lindo que estaba tocando”.

    —Se me ocurrió ahora, mientras te esperaba —le contestó Aragón—. Mirá, hice lo esencial de la partitura. Si te gusta tanto te la regalo. Tomá…

    Greco lo aceptó, porque era costumbre de Johnny, autor de El talar, ese tipo de generosidad. Luego le hizo algunos retoques, se dice que no demasiado felices, y cometió el peor error imaginable: permitió que algunos poetas —por caso los entonces respetables Pedro Numa Córdoba y Juan Porteño— le pusieran letra; y no una, sino tres diferentes; solo sirvieron, dicho con respeto aunque ajustado a la verdad histórica, para desvanecer a Ojos negros; solo quedó para la historia una grabación de la de Numa Córdoba, hecha por la actriz Lola Membrives, otras dos de Carmen Duval y Jorge Ledesma y una con los versos de Juan Porteño cantada por Enrique Dumas. Si hacemos una encuesta solo las recordarán, incluso las que están en discos, que no serán fácil hallar, y quizás no sin leerlas en sus libros, los historiadores e investigadores más reconocidos.

    Greco murió muy joven, en 1924, a los 36 años, con el amargo sabor del fracaso y dilución entre el público de ese tango. A su tristeza final se añadió el recuerdo de una dama, María Esther Ortiz, desconocida para la mayoría, a quien dedicó el disco inicial de Ojos negros y a quien supuso decepcionada por aquella creación en la que había depositado tantas esperanzas.

    Aragón, que lo sobrevivió, jamás habló de la cuestión de la autoría ni dejó documentado testimonio alguno de su supuesta creación, aun cuando esta alcanzó cumbres de éxito tal vez inesperadas. Yo creo que fue un homenaje a su entrañable amigo.

    ¿Cómo hacer para recordar lo que se ha olvidado?

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