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    La gobernabilidad incierta de Milei

    Nº 2252 - 23 al 29 de Noviembre de 2023

    El triunfo de Javier Milei en las elecciones presidenciales argentinas es un fenómeno tan novedoso que puede ser abordado desde cientos de aristas diferentes de análisis.

    El hecho es sorpresivo, pero no tanto, porque se inscribe dentro de una cadena de acontecimientos y tendencias políticas más amplia y de más largo aliento: la irrupción de líderes de derecha a escala global, el surgimiento de outsiders y la oleada de derrotas de los oficialismos regionales, y una profunda crisis del peronismo a escala nacional. Adicionalmente, no es sorpresivo que no consiga reelegirse un gobierno muy malo, lleno de internas feroces, cuya economía castigó especialmente a los sectores más vulnerables, que han sido su base electoral histórica, y sin capacidad de ofrecer un liderazgo claro, ni siquiera un rumbo medianamente definido.

    El carácter sorpresivo está dado sobre todo porque el triunfo de Milei rompe el esquema de la competencia política argentina de los últimos cuarenta años, que ha dado presidentes radicales o peronistas, o en alianza con radicales o peronistas. Es también sorpresivo lo que Milei representa: el rechazo al establishment y la idea de que como las elites políticas lo arruinan todo (y a falta de otro tipo de elites, como las militares, por ejemplo) hay que deshacerse de ellas para que gobierne, finalmente, el hombre cualquiera.

    No sería correcto leer el resultado del balotaje argentino como el triunfo de las ideas de la derecha o del ajuste neoliberal. Varios análisis han mostrado que menos del 20% de los votantes de Milei aceptan sus propuestas extremas en educación o salud públicas. Milei ganó porque escenificó sin filtros el enojo del hombre común (en ocasiones violento y pendenciero) con los políticos que en 40 años de gestiones democráticas hicieron un país más pobre y con menos oportunidades que en 1983. Desde la irrupción del peronismo en 1945 que no había elites tan miopes frente a lo que estaba pasando por debajo suyo.

    En otras palabras, no todos los que votaron a Milei son o se hicieron de derecha, ni mucho menos los que votaron a su contrincante Sergio Massa en el balotaje son de izquierda. Todo está mucho más mezclado en la era líquida en la que parece estar entrando la Argentina. Tampoco todos los que votaron a Milei son contrarios a la democracia o nostálgicos de la última dictadura. Seguramente los ha habido, pero muchos otros lo votaron convencidos de que en realidad combatían el ideario hegemónico y autoritario del kirchnerismo. Y no todos los que votaron a Massa son kirchneristas ni aprueban su gestión como ministro, sino que muchos votaron contra los desvaríos autoritarios que promete Milei. Es decir, los valores de la democracia no están unívocamente en un lado, porque interpretan esa defensa (lógicamente, en el caso de los que tuvieron en mente esa clivaje o dimensión de la discusión política) de diferentes maneras. El voto del 19 de noviembre fue también un voto contra el demonio que estaba en la vereda de enfrente.

    El segundo gran interrogante que se abre es la viabilidad del desconocido experimento que espera a la Argentina. Es sabido que para producir resultados estables, un sistema político necesita confianza, certidumbre y previsibilidad, insumos que son provistos por los partidos políticos, la solidez técnica y la paciencia dialoguista. Javier Milei no tiene ninguna de esas tres cosas. Su partido fue creado hace dos años y es solo una etiqueta electoral, una cáscara vacía que no tiene una doctrina precisa ni ningún lazo de unión entre sus miembros. Sus propuestas son técnicamente muy discutibles, y carece de equipos reconocidos que puedan ser creíbles en la elaboración de un plan de gobierno (o de estabilización de la economía). Y tampoco tiene el carácter, la empatía, los modales, la experiencia ni un círculo cercano de políticos (salvo alguna excepción aislada) para tejer alianzas complejas con otros actores clave de la sociedad.

    Estos son datos importantes a tener en cuenta porque por primera vez en la historia argentina un presidente asumirá su cargo sin apoyos consolidados a nivel parlamentario (tiene el 15% de los diputados y el 10% de los senadores), ni a nivel provincial (no tiene gobernadores propios ni fuerza local), ni a nivel municipal (tiene solo seis de más de 2.000 intendentes que hay en el país) ni a nivel social con organizaciones empresariales, estudiantiles, o de algún tipo, por lo que todo dependerá de lo que pueda construir ad hoc y/o con la chequera que viene con el sillón de Rivadavia. Quizás el ejercicio mismo del cargo lo transforme en un gran estadista, pero a juzgar por lo que se conoce hasta aquí, a Milei no le será fácil construir una coalición de sustentación política más amplia. Hasta que no demuestre fortalezas hasta ahora desconocidas, el helicóptero de De la Rúa o el juicio político pesarán sobre su cabeza como una espada de Damocles.

    Más aún, ¿cómo podrá un pequeño grupo de inexpertos organizar un gobierno que necesita varios miles de cuadros políticos y técnicos que garanticen un funcionamiento mínimo del Estado? Para suplir varias de estas falencias Milei cuenta con el apoyo del expresidente Mauricio Macri. Pero esa súbita anexión, si es que finalmente funciona, no alcanza. Si bien la jugada de apoyar a Milei en el balotaje fue fructífera para ambos (Milei obtuvo en la segunda vuelta el 80% de los votos que obtuvo Patricia Bullrich en la primera, y Macri está logrando una sobrevida política que le permite disimular un sinnúmero de errores como gobernante y como líder político), la inclusión de esta facción del partido PRO en el gobierno puede ser también una fuente adicional de discordias intestinas más que un factor estabilizador de los humores cambiantes y de las teorías abstractas de Milei. Al fin y al cabo, el alimento que le proporciona Macri parece responder más a una agenda personalista que a un proyecto de coalición programática. Y una vez más, si no hay partidos ni coaliciones para contener y encauzar políticamente estos problemas, la gestión será más difícil todavía.

    Una dificultad adicional para evitar el riesgo de la inestabilidad política radica en la base de popularidad electoral de Milei, que se centró en prometer cambios radicales, porque eso entra en tensión con los acuerdos que necesita para la gobernabilidad. En efecto, el imaginario que Milei fue construyendo sobre su propia figura es de gran ruptura. Aunque en las últimas semanas de campaña hizo un giro muy abrupto hacia la continuidad del statu quo (en los planes sociales, en los subsidios a los servicios y el transporte, en la educación pública, etcétera), una vez electo volvió al discurso extremista de las reformas drásticas. Si esa va a ser la tónica de su gobierno, deberá caminar por una cornisa angosta: de un lado sus promesas y las demandas sociales urgentes que ha generado, y de otro los límites de factibilidad de esas promesas, que podrían llevar a claudicaciones con “la casta” para poder implementar al menos alguna parte de su pretenciosa agenda. En otras palabras, Milei despertó expectativas muy grandes pero de difícil cumplimiento, una sobreoferta de refundación basada en el voluntarismo que puede llevar pronto a la frustración, al reclamo callejero y a la crisis política, que es lo que ha ocurrido con varios presidentes minoritarios de la región que optaron por el choque frontal con el congreso.

    Como se ve, al entrar en los detalles de la hechura de la política, el panorama se va oscureciendo. Sin embargo, Milei también tiene alguna oportunidad de evitar la crisis política. Básicamente, porque en la foto de hoy no hay una oposición. El peronismo está en su peor momento, lo cual le permitiría al gobierno hacer más seductoras sus ofertas de sumarse al cambio y dejar de ser parte de “la casta empobrecedora”. Y probablemente se produzca allí algún quiebre interno, o al menos algún astillamiento. La otra coalición opositora, Juntos por el Cambio, ya sufrió el éxodo de la mitad del PRO, de la Coalición Cívica (partido de Elisa Carrió) y hay dudas sobre si la UCR logrará recomponerse del golpe unificando a sus gobernadores. Ellos tienen responsabilidades de gobierno que, como ya ha sucedido, necesitan llevarse bien con la Casa Rosada más que con el Comité Nacional.

    Finalmente, el tercer gran interrogante es si el gobierno de Milei será una barricada republicana o un populismo de derecha intolerante, que basa sus opiniones en información incluso contraria a la evidencia científica, como lo ha hecho ya él mismo y varios de sus colaboradores en agendas actuales e importantes como el cambio climático o la desigualdad de género. ¿Desconocerá también los procedimientos democráticos buscando reforzar su poder personal, erosionando la democracia como lo hacía Cristina Kirchner? Varias declaraciones suyas o de sus colaboradores sobre temas institucionales (como, por ejemplo, sus irresponsables denuncias de fraude que buscaron ensombrecer el clima electoral) permiten, por lo menos, levantar una mirada alerta al respecto.

    Este último punto es crucial, porque uno de los mayores males de la democracia en Argentina (y en varios otros países) en los últimos 20 años ha sido la polarización y la radicalización políticas, es decir, la condena moral del adversario y la negación de sus puntos de vista. En el final del largo ciclo kirchnerista, se constata que su legado es involutivo. El ideario del kirchnerismo en sus años dorados estuvo centrado en la vuelta de la política (sobre todo de jóvenes y sectores populares), en un Estado presente (sobre todo en la intervención en la economía) y en la reivindicación de la militancia setentista y los derechos humanos. Pero esa agenda, esa “batalla cultural” fue impulsada al estilo populista, es decir, a los empujones y de manera unilateral y confrontativa, en lugar de plantear discusiones amplias que forjaran cambios duraderos. El corolario es que el proyecto kirchnerista se despide (al menos por ahora) con el triunfo de la antipolítica (sobre todo en jóvenes de sectores populares empobrecidos), del desprecio al Estado y a la justicia social, y de la negación (o incluso la justificación) del terrorismo de Estado.

    Como se ve, la polarización típica del populismo fue costosa y estéril. La opinión dominante es que con la elección de Milei se abre una nueva etapa en la política argentina, pero Milei mismo se ha alimentado de esa droga que consume la mayoría de la sociedad argentina. ¿Se cerrará la famosa grieta o se resignificará con una nueva división entre salvos y réprobos? ¿Qué forma, qué significante irá tomando la invitación de Milei a “los argentinos de bien” a que se sumen a “las fuerzas del cielo”? ¿Creará un nuevo “pueblo” en lugar de respetar derechos ciudadanos?

    Quizás tanto la democracia argentina como un posible camino hacia adelante dependan de la paradoja democrática de que el ganador sea algo distinto de lo que el pueblo eligió.

    Martín D'Alessandro es politólogo, profesor de Ciencia Política en la Universidad de Buenos Aires.

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