N° 2039 - 26 de Setiembre al 02 de Octubre de 2019
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáPara 1939 el buen suceso de los dos planes quinquenales que logró implementar le permitió a Stalin glorificarse de convertir a la Unión Soviética en una las cuatro potencias industriales del mundo. Sin estimar el alto costo de vidas y de horrores que tuvo este despiadado logro no hay duda de que se trató de una magnífica proeza de la planificación, de la organización y de la disciplina; nada en este proyecto quedó librado a la iniciativa de personas ni sometido a las circunstancias o a las innúmeras variables que por lo común asaltan desde todos los frentes las realidades sociales y económicas. Stalin creó un ejército de trabajadores convencidos y aterrorizados que en apenas una década consiguió transformar a un país desaforadamente rural en una figura emblemática de la modernidad en su versión más pura y sincera, como lo es ese tipo de racionalismo calculista, abstracto e insensible que reduce la humanitas del hombre a la mera condición de especie que rinde a los fines generales de un programa.
Las obras de la modernidad son el triunfo de lo óntico, el olvido del ser por definición, el abandono de toda esperanza de fundación, de redención por vía de empezar a ser. Lo desconocido es lo único familiar que queda en pie luego de que la modernidad hace su ingreso a la escena de la historia. Martin Heidegger observa con estupor que el sonado avance de la Rusia comunista sobre el mundo no es más que una expresión de un mal mucho mayor del que la Alemania de ese tiempo (1939) no está exenta; al contrario, advierte que también el nacionalsocialismo, con todo lo que tenía de promesa de un nuevo nacimiento, terminó cristalizando en una estructura de abstracción vulgar que arrojó de su destino la posibilidad de la búsqueda del ser. La tragedia histórica, bajo esta mirada, es radicalmente metafísica.
El siguiente fragmento ilustra el concepto que estoy tratando de hacer inteligible: “El peligro gigantesco no es la ‘bolchevización’ de Europa, pues lo que es una situación y lo que es en el sentido esencial una consumación histórica necesaria, nunca puede ser un ‘peligro’. El peligro impera ahí donde hay riesgo de pasar de largo ante un campar histórico todavía oculto, de modo que no se reconoce esta amenaza en cuanto tal, es más, ni siquiera se la puede advertir. El peligro es que la consumación de la modernidad, que no se deja abortar, se afirme como el fundamento único de la prosecución de la ‘historia’. El peligro es la exclusividad del ‘éxito’ de las maquinaciones en un sentido metafísico: el socavamiento —sin poder saberlo y sin barruntarlo— de toda posibilidad de un comienzo histórico completamente distinto, que se anuncia como superación de la metafísica (y como consecuencia de ello también de las maquinaciones) y que necesariamente tendrá que retirarse durante mucho tiempo para resguardarse en el ocultamiento de lo no público. El peligro consiste en que, de nuevo y a toda costa, a partir de la definición metafísica de la historia occidental se establecen ‘objetivos’ y en que la única decisión (entre la supremacía de lo ente o la marcha a la diferencia de ser) queda relegada a lo incognoscible y a lo indigno de conocerse, con lo cual los objetivos ya conseguidos (los objetivos de la ‘cultura’ del ‘contentamiento de los pueblos’, de los ‘intereses vitales’ asegurados), en cuanto que objetivos, pueden reivindicar cada vez para sí mismos la aprobación: una aprobación que, al mismo tiempo, les asegura su ‘verdad’” (Cuadernos Negros. Reflexiones XII-XV, 1939-1941, Editorial Trotta, Madrid, 2019, pág. 98).
Es francamente crítica y revolucionaria la posición de Heidegger acerca de lo deplorable que se presenta el destino de la civilización occidental a la luz de eso que parece estar enfrentado —el socialismo comunista y el socialismo nacionalista— pero que en realidad es una derivación bajo forma de figuras diferentes de un mismo y fatal problema. El olvido del ser es la negación de la búsqueda, el ocaso de la apertura, el reino de lo que no admite el devenir.
La solución de las verdades oficiales la ve Heidegger como un terrible designio del horizonte occidental. En la Alemania que marchaba a la guerra, que triunfaba sobre los países vecinos, que mantenía sojuzgados y atemorizados a sus millones de habitantes, Heidegger realiza en secreto estas anotaciones que hieren directamente la naturaleza del régimen. Conviene conocerlas para disipar mucho prejuicio de mala fe que circula en torno al filósofo.