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    La guía sobre sexualidad

    Sr. Director:

    La lectura del diario de la mañana me deparó algunos acontecimientos que detonaron las ganas de escribirle.

    Me voy a limitar solo a uno.

    Las declaraciones de monseñor Daniel Sturla, referidas a una inminente entrevista con el presidente electo, Dr. Tabaré Vázquez, donde la Iglesia, por intermedio de su portavoz, piensa dialogar acerca de un programa de educación sexual que fue inopinada y parcialmente entregado bajo forma de “Guía de la diversidad sexual” en los establecimientos de enseñanza, hace pocas semanas. Dicha Guía mereció de la Iglesia la más inmediata respuesta, recusándola, por inquisitorial. Si el Mides no le hubiera dado luz verde, en principio, a la entrega en cuestión, la tal Guía no se hubiera entregado. Luego fue detenida la distribución. Primó la sensatez, siquiera de modo parcial. Se pudo saber de todos modos que detrás del esforzado discurso de la Guía, existía un Colectivo, el Instituto Nacional de las Mujeres, que proclama defender la libertad sexual, y acusó a la Iglesia por violar la laicidad.

    La Guía procuraba en su núcleo expositivo principal “normativizar” acerca de la elección personal de los docentes, en cuanto a sus elecciones sexuales. Como si en tan delicados tópicos, la muchedumbre con eslóganes fuera convocada a prestar ayuda a quienes se guardaban lícitamente la libertad de no concurrir a declarar acerca de sus más personales derechos en materia de declaración de sexo. Esto tiene un aire macartista que en verdad preocupa.

    Daniel Sturla —quien fue el primero en reaccionar ante semejante coerción autoritaria por parte del Instituto Nacional de las Mujeres, en su acusación a la Iglesia por “violar la laicidad”— enmarca bien este hecho en una tendencia ideologizante que no corresponde a un organismo de enseñanza del Estado, ni a un Ministerio (Mides) que se desliza con este paso en un derrape dogmático, por decir lo menos.

    La protesta de monseñor Daniel Sturla me parece adecuada. Procede que “pelemos” el término ideología, un significante que tiene célebre y triste historia, dado que cual palabra-valija, encierra —y Sturla no se priva de decirlo— una connotación autoritaria, más aún, fascistizante. Trae a la rastra una concepción llamada histórica (como si de verdad científica se tratara). Fue bajo la sombra de esa palabra que generaciones de estudiantes pasaron bajo esos eslóganes y no se ha calibrado aún debidamente ¡cuánto de aquellos polvos, trajeron otros lodos! Y esa palabra se acuñó engañosamente bajo el dictamen de ciencia, historia, paz, progreso, etc., etc. Generaciones marcharon debajo de esas horcas caudinas y cuando se alcanzaba un grado de elevación espiritual ante un libro de narrativa o de poesía, se alzaban voces de afuera, del entorno, que inquirían si la elevación espiritual alcanzada ajustaba debidamente con la posición política del autor.

    Como si se tratara de aquel libro de Ray Bradbury, “Fahrenheit 451” —que inspiró versiones fílmicas de Truffaut y de Godard— donde el escuadrón de bomberos debía concurrir de inmediato a eliminar el texto sospechoso, ya que era preciso proceder a quemar los libros indexados en aquella Alphaville de ficción.

    Juan Carlos Capo