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    La homosexualidad (II)

    La intolerancia de los intolerados. Hace días que los dichos de la Dra. Mercedes Rovira, futura rectora de la Universidad de Montevideo, causaron revuelo. Si bien la situación me generó impresiones preferí no emitir una opinión apresurada. Cuando hay tantas sensibilidades en juego siempre corremos el riesgo de que lo que decimos colabore para formar una gran bola de nieve que al final nos termine conduciendo a un camino muy distinto al que nos hubiese gustado.

    Más allá de que —a pesar de ser sacados de contexto y producto de una provocación— los dichos de Rovira me parecen inoportunos e inaceptables, hay dos aspectos relacionados a la trascendencia que tuvo el tema que me preocupan.

    En primer lugar la hipocresía. Todos sabemos que el odio y la discriminación existen, y que dentro de nuestras instituciones hay varios que comparten la mentalidad que transmitió esta señora, o que promueven otro tipo de discriminación o ideología. Incluso en instituciones públicas. (A modo de ejemplo, hace pocas semanas tuve que hacer un informe sobre la homosexualidad en las Fuerzas Armadas —donde actualmente existen leyes anti-discriminación— y me quedó claro que el tema está lejos de estar resuelto). Sin embargo, la gente usa a Rovira como chivo expiatorio, entreteniéndose un rato con pegarle a ella (seamos sinceros, a la semana la mitad se va a olvidar del tema). Pocos ven el tema que hay de trasfondo; la discriminación existe y la lucha contra ella es tarea de todos los días. Esto me hace pensar si a la gente le molestó que lo piense o que lo haya dicho. Sospecho que es lo último y en ese caso debemos cuestionar nuestra escala de valores, ya que estamos incitando a la hipocresía, a favor de lo políticamente correcto.

    Para tender puentes hay que tener en claro qué es lo que nos separa y está bueno saber que en tal o cual lugar se tiene una u otra opinión, no para —como niños inconscientes— ser contestatarios, sino para analizar el trasfondo detrás de todo y entender (que es el primer paso para resolver).

    En segundo lugar, me molesta la ola de odio que este hecho generó hacia el Opus Dei y la Iglesia Católica en general. Parece que hay sectores que tienen más inmunidad que otros a la hora de discriminar. Combatir odio con odio nunca fue una buena estrategia y todos sabemos que la generalización es la piedra fundamental a la discriminación.

    Esto me recuerda que, hace unos meses, en una marcha convocada por Ovejas Negras sobre un tema que nada que ver tenía con la Iglesia, vi unas transexuales vestidas de monjas, en clara actitud de burla. Obviamente nadie denunció este hecho de ofensivo y discriminatorio. Tampoco parece racional decir, a raíz de esto, que todos los homosexuales o transexuales están ensañados con la Iglesia.

    La única verdadera forma de combatir cualquier tipo de discriminación es poniéndonos en el lugar del otro, entendiendo (por más que cueste) la posición en la que se encuentra, buscando tender puentes más allá de nuestras emociones y de las generalizaciones que podamos hacer. De lo contrario vencemos un tipo de discriminación pero damos paso a otra. O, a raíz de discursos y normas políticamente correctos, evitamos ver el verdadero problema que hay de fondo.

    Michelle Carrère Seizer

    CI 4.676.785-4