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    La homosexualidad y la libertad de expresión

    Crónica de una renuncia. ¿Hasta cuándo Catilina? Me refiero a las declaraciones de la Dra. Mercedes Rovira en la entrevista que le formularan los periodistas Guillermo Draper y José Peralta, publicada en las páginas 52 y 49 de la edición Nº 1.670 del 12 de julio de 2012.

    Esa nota y sus protagonistas han ingresado a la historia de este país. Que no es cualquier país.

    “Yo soy aquel”, diría el Uruguay si hablara, que en 1813 llevaba el nombre de Provincia Oriental del Río de la Plata. Yo soy aquel que en ese año y con gran ilusión, envié diputados al Congreso de Tucumán, portando las hoy famosas “Instrucciones del Año XIII” que Artigas había elaborado, luego del Congreso de Tres Cruces. Yo soy aquel que me contrarié y hasta lloré el día que me enteré que esos diputados habían sido puestos presos en Buenos Aires; que no habían podido intervenir en el Congreso y que no pudieron decir lo que les pedí que dijeran, pensando en el bien de todas las provincias. Provincias que no en vano nombraron a mi hijo dilecto, José Artigas, como “Protector de los Pueblos Libres”.

    Los periodistas de Búsqueda cumplieron su función con profesionalismo. Ignoro si fueron los que pusieron el copete a la nota. Realmente, en este caso no importa, y un medio de prensa es libre de resaltar en el título lo que entienda que más atraerá. Además, al fin y al cabo, se trata de un tema importante en nuestra sociedad. Importante no solo para “los tiempos que corren”, sino que se proyecta hacia el futuro como en cualquier otra sociedad que de algún modo nace, se desarrolla…y puede morir. Ahora, el cómo se proyecta hacia el futuro ese tema (y las conductas englobadas bajo el vocablo “homosexualidad”), ese es otro cantar. Un cantar que, en el caso concreto, no me gusta porque desafina. Creo que desafina para cualquier oído medianamente entrenado y no ensordecido por los últimos “gritos de la moda”. Que hay modas que incomodan, sí señor, sí señora. ¿O no?

    Entiendo que la Dra. Rovira (“la rectora que no fue”, ya que renunció a su cargo) estuvo muy bien al decidir responder la pregunta de los cronistas. También, y es mi opinión personal, estuvo bien en su respuesta, aunque no era la única posible. Yo mismo la respondo de otro modo, pero en el mismo sentido. “Cada maestrito, con su librito”.

    Ya me parece escuchar algún grito de la tribuna… ¡Pero permítanme seguir, que la última vez que miré, en Uruguay regía una Constitución que garantiza la libertad de expresión!

    Sigamos entonces. ¡Silencio por favor!, que “cuando un burro habla, los demás paran la oreja”. Es un hecho que Mercedes Rovira no rehuyó dar su opinión personal sobre el tema que le plantearon. Y negándose a huir, ejerció con coraje su derecho. Pero también cumplió un deber. ¿Cómo? Digo que Rovira cumplió un deber, porque no tenía derecho —y menos en la condición en que concedía la entrevista, como futura conductora de una comunidad educativa— de rehuir ninguno de los temas que le plantearan, mientras tuvieran alguna pertinencia. Porque el tema de “la homosexualidad” y su eventual conflicto con el ejercicio de un cargo docente en la Universidad de Montevideo es tema de la UM, pero a la vez y antes todavía, uno más —no el único ni el más importante— entre los temas “humanos”. O sea, es uno de esos temas que atañen a todo este género de criaturas que nos llamamos hombres (últimamente se agrega “y mujeres”, y hasta aquí llego, pero con esto no pretendo excluir ni discriminar a nadie por su orientación sexual). La homosexualidad es un tema humano y ¿de qué si no, es que se compone el quehacer universitario?

    “Hombre soy, nada de lo humano me es ajeno” dijo alguien más sabio que todos nosotros juntos. Pues bien: Mercedes Rovira (mujer, no hombre) no se cuán sabia será; yo creo que más que muchos. Pero lo que sí me consta y sostengo ante quien sea, es que tuvo más agallas que la mayoría de quienes se llaman hombres. Y contestando las preguntas que le formularon, Rovira opinó según su leal saber y entender, en línea con lo que sostiene la Iglesia Católica a la que pertenece y en línea con el ideario de la institución universitaria que hasta hace pocos días estuvo por dirigir. Ideario ese que puede consultarse en www.um.edu.uy, y vale la pena resaltar, fue trazado con mucho amor, entre otros que yo sepa, por el actual rector. Ideario que se procura vivir día a día y que se inspira en las ideas maestras que explicó pacientemente toda su vida, a quien quisiera escucharlo, un hombre santo que se llamó San Josemaría Escrivá de Balaguer. Pero, reitero, se procura vivir, porque de nada sirven los conceptos si alguien no hace uso de ellos. Es la diferencia entre valores y virtudes.

    El comunicado de la UM a la opinión pública. También lleva fecha 12 de julio el comunicado de la UM sobre el tema que me ocupa. La autoría del mismo, en la versión de la página web que fue la que vi, se atribuye a Santiago Pérez del Castillo (actual rector) y a Mercedes Rovira.

    No me gusta ese comunicado. Por lo que significa y porque es contradictorio, y la educación debe huir de la contradicción como de la peste misma. Lo digo como ciudadano, como miembro de la asociación civil que rige la UM y con cierto conocimiento de causa, aunque sea incompleto. Además, digo que tengo el honor de que la UM me haya confiado —junto con otros— la divulgación del mensaje social de la Iglesia, lo que me ha llevado a informarme y formarme bastante sobre este y otros temas.

    En cuanto a la contradicción, entiendo que la hay, porque de primera no más, la redacción es infeliz: “La UM pide disculpas a quienes se hayan sentido agraviados”. Sucede que yo aprendí de José Artigas que “con libertad, no ofendo ni temo”; y él lo aprendió antes de sus maestros cristianos franciscanos. Claro, a los franciscanos los echaron de la ciudadela diciéndoles que se fueran “con sus amigos los matreros”. ¡Matreros y a mucha honra! ¿Así que amigos de matreros son quienes opinan distinto y no se doblegan ante los abusos del poder de turno? Atención, que hoy día se utilizan argumentos parecidos para atacar a los rebeldes.

    De modo que, salvo que haya sido un desliz de la pluma, tiendo a pensar que al autor de la frase cuestionada lo ganó el temor al redactarla. Pero, ¿por qué temer? ¿Por ejercer la libertad? “El último que apague la luz”, diría un reo. Y cuidado con las agachadas, cuando son de una universidad, digo yo. ¿Qué enseñanza nos deja esto? ¿Prudencia o cobardía? Cuidado que la línea divisoria es muy fina.

    Nadie puede sentirse agraviado porque el otro opine distinto. Y aquí estamos una vez más en el quid del tema. Ningún homosexual puede agraviarse porque su semejante quiera ser heterosexual, ni viceversa. Otra cosa es cuando la vida privada de uno tiene repercusión social, que los demás individuos, o sus asociaciones, pueden, legítima y libremente, considerar inconveniente para sus intereses y metas. Sin ofender, y sin temer. ¡Oh, casualidad! Me animo a decir que esto, precisamente, fue lo que pensó Mercedes Rovira cuando dijo que la homosexualidad “es obvio que juega” al designar docentes en la UM. ¿Obvio, no?

    En segundo lugar, ese temor que llevó a pedir disculpas (¡por expresarse libremente!) contradice y genera confusión sobre el sentido de lo qué se dice a continuación: “La contratación de un docente es el resultado del acuerdo entre la Universidad de Montevideo y el interesado, basado en los valores establecidos en la misión universitaria”. La frase, por sí sola, es correcta y legítima.

    A mi modo de ver, cabe una sola interpretación de esta última frase, pero podría oscurecerse si se acepta que sea correcto que la UM se disculpe en el primer párrafo. Y eso no es correcto.

    La última frase, por sí sola, se entiende fácil y cualquiera con dos dedos de frente la compartirá, siempre que esté dispuesto a respetar el orden jurídico. Significa que el docente no dispuesto a compartir los valores de la institución, no viene. O, en palabras de Rovira, el profesor que “… tuviera una visión contraria a esa visión, pues no vendría aquí, o cuando se da cuenta que no coincide se tendría que ir”. Con lo que se demuestra que Rovira no estaba “echando” a nadie, ni anunciando que “echaría” o que “discriminaría al ingreso”, y no cabe ninguna denuncia ni siquiera agravio de nadie, por lo que Rovira dijo. La rectora solo le pedía al docente imaginario que le presentaron los cronistas, co-he-ren-cia. La misma coherencia con la que ella estaba dispuesta a conducir la UM; la misma coherencia que es parte esencial del ideario de la institución, de cualquier institución, pública o privada, y de cualquier persona. La misma coherencia que me lleva a mí, a “ponerme pesado” con este comunicado y sus contradicciones. Yo no me disculpo por ejercer mi derecho.

    Finalmente, llegamos a la decisión de suspender el acto de asunción de la nueva rectora, comunicada el viernes 14 de julio. ¡Pero qué pena! ¡Y justo el día de la libertad, igualdad y fraternidad de la revolución francesa! Valores que los cristianos compartimos, aunque modificando su orden. Me duele, ¿qué quieren que les diga? Por mi parte, conservaré la invitación que ya había recibido, como si fuera una reliquia, porque para mí siempre tendrá significado, y así se lo enseñaré a mis hijos, para que no la tiren cuando me vaya, pensando que es solo una invitación social más. En fin, que entiendo que la suspensión del acto de asunción fue inconveniente. Disculpen, es que últimamente, no me caen bien demasiadas cosas; cada vez me siento más cerca de la actitud mental del columnista Tomás Linn, a quien mucho respeto.

    Tan inconveniente fue la suspensión, que puede que también haya contribuido a ambientar la renuncia al cargo que a posteriori presentó la rectora Rovira.

    Si la suspensión del acto fue para evitar agresiones, me parece mal, porque para evitar las agresiones, justas o injustas, en un Estado de derecho, están los controles de seguridad y las fuerzas del orden. Claro, parto de la base de que el Estado no toma partido por nadie (creyente o no creyente, heterosexual, homosexual, transexual, bisexual y todos los “sexual” de última generación que ustedes quieran agregar). Es que le compete al Estado velar por la seguridad pública, es parte del servicio que debe brindarnos. Tan grave es esto, que los funcionarios que no cumplen el servicio estatal comprometen la responsabilidad del Estado y deben ser destituidos por ineptitud, omisión o delito. Que para algo está la Constitución. Y los ciudadanos, las personas y sus asociaciones, todos tienen el mismo derecho a que el Estado garantice esa seguridad y el ejercicio ordenado de los derechos de todos. Y que lo haga sin vacilar, sin miedos ni concesiones electoralistas a los lobbies. Más de una vez hemos tenido que recordar esto, con motivo de la malhadada práctica del “escrache”, venga de donde venga, cualquiera sea el motivo que se alegue.

    Unas últimas palabras, y ya termino. Bueno, si se cansan, léanme por partes.

    Estas palabras son para “los que cobran al grito”, para los que utilizan las denuncias ante la justicia penal para amordazar la libertad de expresión y los medios no para comunicarse sino como patíbulo de “linchamientos mediáticos”. Sin ningún derecho, igual que hicieron —pero secuestrando y asesinando— algunos de nuestros actuales gobernantes en el pasado; a ellos se los perdonó, pero estos que no abusen de la paciencia del pueblo. Reitero, con libertad, no ofendo ni temo.

    Pues a la turba de los linchadores, y a sus instigadores, que Dios los juzgue. Pero mientras, que el Estado le ponga coto a su malsano entusiasmo. Porque no se trata de “tirar denuncias” a ver si se acierta con un procesamiento, que estaría muy equivocado, pero que en el Uruguay equivale a una sentencia de condena que sería especialmente injusta e infamante en el caso que nos ocupa. ¿Es que no vemos lo grave de la actuación de ciertos “lobbyistas” que se ponen hasta un cuellito clerical, igual que lo hacía el ex presidente Lugo en Paraguay? Así terminó el ex obispo, aunque algunos en nuestro gobierno, pasando el derecho por encima, quieran reponerlo en el cargo.

    Está claro que un lobbyista, como tal, no es ni bueno ni malo, ya que también puede buscar que avance un interés legítimo. Pero eso siempre debería hacerlo respetando los principios y normas. De otro modo, ese lobbyista no sería más que un inmoral y/o un delincuente. Pero volviendo al caso, me parece que los lobbyistas gay están gravemente errados. Tanto ellos como los que les prestan más atención de la elemental que se le debe prestar a un ciudadano que inicia una gestión. (O sea, no debería ser más que la que se presta al particular que solicita servicio de agua corriente en la OSE, que el único derecho que tiene es a que lo ubiquen, que lo orienten). A estos lobbyistas el Poder Judicial debería decirles que no esperen, que no sueñen, con que vaya a salir ninguna citación de un Juzgado Penal de la República, con motivo de las declaraciones de Mercedes Rovira. Es que si no, van a tener que salir más tarde citaciones a los denunciantes, por abuso de derechos, por calumnias, por simulación de delito; y también deberán recibir demandas contra el Estado, por responsabilidad del Poder Judicial.

    Las denuncias de los lobbyistas más o menos organizados, deberían archivarse. Por dos motivos. Primero, porque una vez presentadas, son instrumentos públicos y entonces es obligación archivarlas (si no, es destrucción de instrumentos públicos, lo que es un delito). Segundo, por conservación. Para que la historia juzgue del extravío al que se ha llegado por la histeria de personas que deberían saber mejor de la malicia de organizaciones internacionales públicas y privadas que los apoyan —vaya a saber uno por qué— quienes harían mucho mejor en comprender, como quieren que se los comprenda, en respetar, como tienen ellos derecho a que se los respete.

    Sr. Director: yo formulo votos para que la renuncia de Mercedes Rovira, que mucho me duele, y que motiva estas líneas un tanto extensas, haya sido un acto personal y libre, en la medida que lo permite la indudable presión de los lobbies. Pero que no sea un anuncio, un anticipo, de otras renuncias. Me refiero a las renuncias personales e institucionales a la dejación de derechos. Estas invariablemente comprometen la libertad para vivir como cada uno quiere, la libertad para asociarse con quienes uno quiere y la libertad de expresarse como uno quiere, con respeto a los derechos de verdad —no los “caprichitos”— que tiene el prójimo. Formulo votos, pero quiero recordar que eso depende de usted, de mí, de todos nosotros, porque para que el mal triunfe en este mundo solo hace falta que “los buenos” no hagan nada.

    Pedro Gari Iruretagoyena

    CI 1.280.297-9

    Profesor de Derecho del Trabajo y de la Seguridad Social, y de Mensaje Social de la Iglesia

    Universidad de Montevideo

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