Nº 2203 - 8 al 14 de Diciembre de 2022
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáAl comienzo del llamado caso Astesiano, la Policía hizo saber que se iba a recuperar una ínfima cantidad de información del celular del excustodio presidencial, algo poco creíble en este mundo de tecnologías avanzadas donde parece que nada se pierde. Pasaron tres semanas hasta que se supo que se había conseguido toda la información del celular. En esos días, circularon rumores, se instaló la suspicacia.
Luego, una supuesta exigencia del gobierno para que la fiscal no accediera a los chats personales del presidente Luis Lacalle Pou, fue transmitida por el jefe de Inteligencia en una llamada que la propia fiscal calificaría luego de confusa. Después, pero mucho después, se supo que ese reclamo había sido transmitido por el propio presidente al fiscal de Corte, Juan Gómez, y que finalmente el gobierno entregaría todas las comunicaciones. Surgieron preguntas: ¿por qué no dejaron que fuera la fiscal la que decidiera qué chats dejar afuera de la investigación? Y en medio de ambas versiones, circularon rumores, se instaló la suspicacia.
Posteriormente, dos integrantes de la cúpula policial, bajo cuya égida están todas las reparticiones investigativas involucradas en el caso, quedaron en calidad de indagados. En la misma situación sigue hoy el jefe de Inteligencia, una de las unidades policiales más comprometidas en la indagatoria. Y por semanas, estos jerarcas policiales siguieron en sus cargos, cuando la lógica y las buenas prácticas de transparencia exigían que hubiesen sido separados transitoriamente y alejados de la investigación. Hoy se sospecha si alguno de ellos operó contra la investigación, generando rumores, afianzando la suspicacia.
Uno de los chats menciona que Astesiano tenía tres celulares, pero la fiscalía está trabajando solo sobre uno. Preguntas, suspicacias.
En medio de todo, desacreditados legisladores oficialistas saliendo a minimizar el asunto y haciendo foco en el inicial asunto de los pasaportes, tratando de involucrar al anterior gobierno en el escándalo cuando el principal protagonista es el jefe de la custodia presidencial de Lacalle Pou. No hay peor ataque que una mala defensa.
“La gente que entra (a la casa de gobierno) queda registrada, así que se puede saber quién vino a reunirse”, declaró el presidente Lacalle Pou cuando comenzó a saberse de ciertos encuentros que Astesiano mantenía en Torre Ejecutiva. A los pocos días, el diario El Observador tituló una nota: “Presidencia no tiene registro de las entradas a Torre Ejecutiva”. Preguntas, suspicacias.
El bendito pescado. Durante días y días lo único que se supo a través de los chats de Astesiano fue que se habían enviado desde Dubái, en calidad de valija diplomática, 454 kilos de pescado congelado. Puede ser un dato de color en medio de otras situaciones graves, pero es de un color oscuro. ¿De verdad el gobierno no se da cuenta de que es un regalo extraño para la idiosincrasia local? Siete meses estuvo el pescado en un frigorífico hasta que al final se decidió donarlo a ollas populares. Pero en vez de aclarar cómo fue que se gestó el regalo de los árabes y la ruta que siguió el pescado, el presidente, cuando los periodistas le preguntaron para qué era el pescado, respondió con un “pa comerlo”. ¿Es así como espera el gobierno aventar las suspicacias?
Aunque nadie termine preso, una vez que el incendio Astesiano se apague y se haga un inventario de los daños, quizás haya algún calcinado en el altar de la política, aunque al decir del expresidente Julio Sanguinetti, en Uruguay no hay muertos políticos, sino apenas heridos de consideración.
Algunos gobernantes parecen no darse cuenta de que este partido se está jugando, sobre todo, en la cancha de la opinión pública. Y allí el gobierno luce como un boxeador groggy al que le pegan y recién unos segundos después levanta la guardia.
Aunque las frías estadísticas indiquen que la uruguaya es una de las democracias más perfectas del mundo, la cultura política imperante rezuma latinoamericanismo y tercermundismo por todos los poros. No hay que ser muy imaginativo para intuir cómo viviría esta misma situación un gobierno de un país sajón o nórdico. Aquí los ministros solo caen si se les hace una zancadilla y cualquier insinuación de renuncias o remociones suena exagerada. Mientras la Justicia no encuentre pruebas de ilícitos, parece que en el resto, todo vale. La ética y prolijidad en el manejo de la cosa pública, la transparencia, las garantías de que las investigaciones no se hagan con indagados en cargos de responsabilidad, parecen valores de segundo orden. Y esto no es un asunto privativo de este gobierno. En anteriores administraciones vimos funcionarios embarrados hasta la coronilla que seguían en sus cargos porque removerlos era hacerle una concesión a quienes reclamaban su renuncia.
Para quienes no vivimos de los votos ni nos alimentamos de los fracasos ajenos, el caso Astesiano no es un espectáculo agradable, entre otras cosas porque le da al decadente sistema político una oportunidad de mostrar su peor cara. Por su bien y el de todo el sistema republicano, ojalá que el gobierno reaccione y rectifique el rumbo de sus actos en medio de la hoguera. Si alguno se incinera, en fin, del polvo venimos. Pero hay ciertos valores —la transparencia, la ética, la rectitud en el accionar— a los que hay que salvar de las llamas por todos los medios. El presidente debería tomar más y mejor las riendas de esta crisis. Primero porque es el mejor de su equipo comunicando, y segundo porque es el principal responsable de esta crisis al haber elegido a Astesiano para que le cuidara las espaldas, sin haber previsto quién lo cuidaría a él de Astesiano.