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    La huella de “El Triste”

    N° 1838 - 22 al 28 de Octubre de 2015

    “El reloj da la doce, las doce de la noche;/ ¡y qué triste es, hermano, las horas escuchar/ cuando estás olvidado en el lecho frío,/ tan frío y tan triste que da el hospital…!”.

    Es el inicio del primer poema que escribió Héctor Gagliardi —Buenos Aires, 29 de noviembre de 1909-Mar del Plata, 19 de enero de 1988—, convertido en tango cuando un compositor luego admirado le puso música y fue, también para él, el primero: Medianoche.

    Gagliardi nació en un hogar pobre y la temprana muerte de su padre, siendo Héctor un niño, obligó a la madre a mudarse del natal barrio Constitución a San Telmo, y al hijo a abordar los más duros trabajos para subsistir. Por esas cosas de la vida, jovencito, vivió un tiempo en casa de Celedonio Flores, quien lo trató como un hijo —“tenía veinte años más que yo y fue también mi mentor”— y lo impulsó a escribir poesía al descubrir la pasión que despertaba en aquel chiquilín tan sensible. Medianoche surgió de ese apoyo que, paradójicamente, generó una errónea opinión sobre Gagliardi, vinculándolo con el lunfardo, cuando en realidad se apoyó solo excepcionalmente en ese habla marginal, que fue el motor esencial de los versos de Flores: “Yo simplemente soy un creador sincero que les canta a las cosas que conoce y ama”.

    Gagliardi, por sugerencia de Celedonio, también comenzó a recitar sus propias obras: el debut, con Noche de Reyes, fue en un bar de barrio donde lo vio un productor que, de inmediato, le ofreció una prueba en Radio Belgrano: “Cuando me paré frente a los directores estaba asustado; después me serené. Hice, de un tirón, El sapito, Cinco guitas y El almacén; cuando terminé estaban todos llorando”. Ahí nació el apodo de “El Triste”, que lo acompañaría hasta el final. Obvio resulta decir que su éxito radial lo proyectó a una notoriedad pública inmediata: “Al otro día me llamaron para que fuera a retirar correspondencia que había para mí. Al llegar… ¡me encontré con bolsas y bolsas llenas de cartas!”.

    A partir de ese momento, su popularidad fue inmensa: hizo y recitó centenares de poemas, trabajó con frecuencia en radio y televisión, publicó cinco libros, actuó en dos películas y grabó solo dos discos… pero de los cuales vendió más de un millón y medio de placas. Hincha confeso y entusiasta del club de fútbol Racing, le compuso varios versos celebrando diversos éxitos y fue distinguido calurosamente por sucesivas directivas de la institución.

    Aunque uno se lo proponga con cariño, es tarea muy ardua recordar todos los poemas escritos por Gagliardi. Sin embargo, hay un puñado de ellos, además de los mencionados antes, que ya vencieron al olvido: A Irineo Leguisamo, Adiós tranvía, Bolita de ojito, El jubilado, El padre, El rusito, La maestra, Varón, Compañera, La piba de quince, Calle Corrientes y Buenos Aires.

    Fue, por otra parte, autor de algunos tangos que merecen perdurar en la memoria de las gentes: Humillación (música de Pedro Vergez), Uruguay, yo te saludo (música de Donato Racciatti), Vencido (música de Orestes Cúfaro), Perdoname, hermano (música de Edgardo y Osvaldo Donato) y Claro de Luna (música de Aníbal Troilo), junto a la milonga Alergia (música de Enrique Francini) y el vals Primer beso (música de los cantantes Carlos Dante y Pedro Noda).

    Para cerrar, hay un par de apuntes inolvidables.

    Medianoche, poema iniciático de Gagliardi, fue musicalizado por Aníbal Troilo —en su debut como compositor—, quien sin embargo jamás grabó este tango con su orquesta. Sí lo hicieron Francisco Canaro, con la voz de Charlo, y Ricardo Malerba, con Roberto Maida. Pichuco —una rareza— llevó al disco, en cambio, un tema homónimo —Media noche— de un par de autores sin significación para la historia de la música ciudadana más representativa: Escaris Méndez y Tavarozzi.

    Y algunas líneas de Noche de Reyes, que nos ha hecho llorar a tantos: “¡Si vos no te portás bien/ les digo a los Reyes Magos/ que te dejen sin regalo/ y te quedarás sin el tren!/ Es que mi vieja también,/ un poco se aprovechaba…/ porque esa noche llegaban/ los tres Reyes de Belén (…) Al que dejaron sin nada/ fue al pibe de al lado…/ ¡Cómo se habían olvidado!/ Siempre “muy bueno” sacaba…/ Con nosotros no jugaba/ porque enseguida tosía/ y los Reyes no sabían/ que el padre no trabajaba…/ Yo comprendí su dolor/ cuando me vio con el tren./ Me acerqué a verlo bien/ y después lo acaricié…/ A mí me daba calor/ de que me viera jugar/ y a casa lo invité a entrar…/ y él también se divirtió…”.