Nº 2099 - 26 de Noviembre al 2 de Diciembre de 2020
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEn un apartado especialmente interesante de los Cuadernos negros. Reflexiones XII-XV (Editorial Trotta, que distribuye Gussi), Heidegger se muestra turbado por el estado de la realidad y las jerarquías del conocimiento, por el lugar arrinconado de la filosofía en la época abismal en la que, como todo el mundo, quedó prisionero. Advirtió entonces que esas circunstancias crean condiciones propicias para la distracción o desvío de la actividad filosófica, a la que se interpreta y confina como mera reflexión. Por eso advierte: reflexionar y ser un pensador son cosas diferentes; la diferencia se le oculta a la reflexión que solo conoce al pensador como pensante como alguien que realiza la tarea del pensar; cree que el pensador es el que piensa, pero no ve, no tiene constancia de que es algo más que eso; que es el que funda en el sentido de cimentar, de poner el suelo; el que abre. Es una maniobra intelectual que puede llegar a ser muy fina, muy profunda, pero está atada fatalmente a lo que “se ha definido ya desde hace tiempo como representar aquello que lo dado tiene de representable”.
La reflexión es el manejarse en este ámbito que se ha establecido de forma meramente representativa. Pensar es siempre pensar acerca de algo: qué es la flor, qué es el perro, qué el libro, qué el destino. Aparentemente, y en un cierto sentido, eso es pensar; pero Heidegger nos va a decir que pensar es un acto originario; que hay algo anterior a eso que es pensar para ser. Por eso nos propone claramente el contraste, la cualidad distinta, que no es simplemente grado, sino actitud y propósito: la reflexión es manejarse en este ámbito que se ha establecido de forma meramente representativa y una vez que se discurre en una versión historiográfica de lo pensado, pasa a ser como una adenda, un suplemento de lo real, algo que siempre necesita primero la aplicación y la realización para estar legitimado siquiera como lo que en puridad pretende ser, es decir, justificarse como pensamiento. Dice Heidegger que ser un pensador ni consiste en reflexionar ni es algo que surge de allí, porque lo que el pensador hace es, con mucho, fundamentar las posibilidades de un reflexionar con la fundamentación de la verdad de la diferencia en el ser, esto es, como el tema madre de la filosofía: la diferencia entre el ente y el ser, la determinante búsqueda del ser.
Nos explica en la página 25 que “el pensador niega lo ente en su conjunto a favor de la diferencia del ser, y hace eso para averiguar un ámbito clareado para tal diferencia, un ámbito clareado que en cada caso se expresa con una interpretación”. La noción de lo clareado me parece gloriosa en este contexto, porque al negar lo ente en su conjunto, al desbrozar el espacio de lo que distrae en la búsqueda, queda la apertura de la pregunta, la intencionalidad del camino que se orienta (orientar es ir hacia el este, hacia el lugar de donde proviene la luz), hacia el discernimiento del ser; clareado significa “abierto al significado”. Lo que surge de esa claridad que suscita lo clareado no es algo que esté allí esperando una definición o una teoría, sino lo que tendrá realidad a condición de que entre en juego con la existencia, lo clareado es lo que permite dar sentido, conferir ser.
En una de sus conferencias de esa década Heidegger evoca la iglesia Messkirch, a la que frecuentaba diariamente cuando era chico como alumno del colegio anexo. Y se pregunta —no reflexivamente, sino como acto del pensar que buscar el ser— qué es ese edificio; y lo primero que se dice es que se trata de la iglesia en la que jugaba y se escondía cuando era niño; que es el lugar donde los fieles van a orar, que es la sede de la administración eclesiástica comunal y el centro de comunicación de los acontecimientos de aquellas gentes sencillas, atentas al campanario que anuncia bautismos, fiestas, memoriales, noticias dolorosas. El pensador en el sentido en que lo propone Heidegger no responde superficialmente que esa construcción tan característica de Messkirch es la sede eclesiástica de tal comunidad. Y no lo hace porque sabe que ese no es el ser; sabe que el ser siempre está vinculado a la existencia, y por eso es un ámbito clareado que en cada caso se expresa con una interpretación; la iglesia para el niño, para la alcaldía, para los vecinos, para el fiel que desnuda su alma en su interior representa realidades, verdades diferentes.