N° 1754 - 27 de Febrero al 05 de Marzo de 2014
N° 1754 - 27 de Febrero al 05 de Marzo de 2014
Accedé a una selección de artículos gratuitos, alertas de noticias y boletines exclusivos de Búsqueda y Galería.
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáCon esta entrega culmino la presentación del libro de Niall Ferguson titulado La gran degeneración. Cómo decaen las instituciones y mueren las economías (Editorial Debate, Buenos Aires, 2013), cuya lectura encomiendo a los que todavía no se resignaron a vivir en la miseria de un horizonte poblado de expectativas mediocres y tampoco nada quieren saber de las terribles fantasías con que el discurso de la izquierda ha conseguido aletargar a generaciones enteras al cabo del siglo XX, algunas de las cuales —como consta no demasiado lejos— todavía no se despertaron y quizá no lo hagan nunca.
En el último capítulo de la obra (“Sociedades civiles e inciviles”) Ferguson traza una consistente defensa de las escuelas privadas y demuestra que también en este tema opera el prejuicio, la fantasía ideológica y la molesta necesidad de salvar los errores del Estado como males menores de un bien mayor. Para el historiador, cuya nota es la precisión con que expresa sus observaciones, es peligrosa y además cándida la creencia en la supuesta igualdad que define la escuela pública; por el contrario: considera que el monopolio de la enseñanza por parte del Estado es una perfectísima fuente de desigualdad, que condena a los jóvenes a recibir un producto no sometido al mejor de los controles de calidad, como lo es la competencia.
En la página 154 escribe Ferguson: “En mi opinión, hoy las mejores instituciones de las Islas Británicas son las escuelas independientes. Si hay una política educativa que me gustaría ver adoptada en todo el Reino Unido, sería una política que aspirara a incrementar de manera significativa el número de instituciones educativas privadas y, paralelamente, a establecer programas de becas que permitieran asistir a ellas a un sustancial número de niños de familia de rentas bajas”. Reconoce, sin embargo, que la universalización de la educación, como ocurrió por ejemplo en la segunda mitad del siglo XIX en los Estados Unidos, reclama al principio el apoyo del Estado, pero dice que ahí debería detenerse: una vez que se sabe que todos son alfabetos, hay que trabajar en dirección a la mejor calidad, y no hacia la rutina de repetir lo que hace sin los estímulos necesarios para obtener mejores resultados. Por eso su postura dista de ser radical: “La revolución educativa del siglo XX fue que en las democracias la educación básica estuviera al alcance de la mayoría de la gente. La revolución educativa del siglo XXI será que la educación de calidad esté al alcance de una creciente proporción de niños”. Eso reclama versatilidad, apertura mental, disposición para buscar nuevas respuestas en cada caso; pues no se trata de que una ideología tenga razón, sino de que los jóvenes sean más libres, es decir, tengan acceso al conocimiento y auspicios para crear y buscar con audacia; y ello no se consigue en los lugares comunes, en los moldes que sirvieron a otros en otras circunstancias, sino en caminos inteligentes y no constreñidos por los complejos del pasado.
El imperativo moral en materia de cultura y crecimiento es el mismo que rige todos los quehaceres sociales; consiste principalmente en ser eficientes, y eso se alcanza con la competencia, no con el monopolio. “No estoy abogando —dice Ferguson— por las escuelas privadas en contra de las escuelas públicas. Estoy abogando por ambas, puesto que la “biodiversidad” es preferible al monopolio. Una mezcla de instituciones públicas y privadas con una competencia significativa favorece la excelencia. De ahí que las universidades estadounidenses (que actúan en el marco de un sistema competitivo cada vez más global) sean las mejores del mundo —22 de las 30 mejores según la clasificación de la Universidad Jiao Tong de Shanghai— mientras que los institutos de secundaria de Estados Unidos (enmarcados en un sistema de monopolio localizado) son generalmente bastante malos, tal como atestiguan los resultados de 2009 del Programa Internacional para Evaluación de Estudiantes (PISA) en cuanto al rendimiento en matemáticas entre alumnos de quince años. ¿Acaso Harvard sería Harvard si en algún momento el estado de Massachusetts o el gobierno federal la hubieran nacionalizado? El lector sabe la respuesta”.
Recomiendo tratar con este libro antes que las autoridades legítimamente constituidas lo secuestren y asesinen de a uno o en grupo a sus lectores; y pido también seguir la pista de su autor. Es interesante y está bien cerca de discernir muchas de las soluciones a los males que nos abruman desde hace ya mucho tiempo.