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    La importancia de la ciencia

    Sr. Director:

    Las relaciones entre las cosas son con frecuencia tan extrañas y absurdas que parecen obra de un Dios que no estuviera en sus cabales, o que fuera un bromista consumado e incorregible.

    Hace unos días vi en History Channel un programa sobre la famosa fiebre del oro sucedida en California, y a continuación otro sobre el origen y desarrollo del universo. De repente se me ocurrió que ambos fenómenos podían tener una profunda conexión.

    ¿Dónde y cuándo se originó la fiebre del oro de California? Una primera y obvia respuesta que podemos encontrar fácilmente en Internet nos dice que en un pueblito llamado Coloma, en las cercanías de San Francisco, y en 1848.

    Sin embargo, desde otro punto de vista puede pensarse que el verdadero y último origen de este fenómeno se dio a una distancia de muchos años luz de la tierra y hace cientos de millones de años. En algún lugar del universo en ese entonces dos estrellas de neutrones chocaron, produciéndose una enorme explosión que arrojó muy lejos casi toda la materia que las componía. Estas estrellas tienen la particularidad de que los megatrillones de neutrones que las forman están totalmente pegados entre sí sin que los separe distancia alguna, y eso hace que una cucharadita de esa estrella pese 1.000 millones de toneladas (sí, leyó bien). Pues bien, ese tipo de choques es lo único que produce en todo el universo elementos más pesados que el hierro, como el oro, la plata, el uranio, etc., que se dispersan luego por todo el cosmos y llegan a formar parte de los planetas transportados por meteoritos, etc.

    Si no hubiera habido choques y explosiones como estos, nunca hubiese existido el oro y por consiguiente tampoco hubiera habido fiebres del oro y puestos a discurrir tampoco hubiera sucedido la conquista de América, ni habría anillos de compromiso (de oro, podría haber de madera u otros materiales) o medallas de oro olímpicas, por solo citar algunos ejemplos.

    Nos enteramos de estas cosas a través de la ciencia, la forma superior del conocimiento humano y en realidad la única verdaderamente confiable.

    La batalla fundamental que se da en la sociedad mundial tiene lugar entre la ciencia y sus enemigos, contándose entre ellos la astrología, la creencia en fenómenos paranormales, el creacionismo (corriente que se opone a la teoría de la evolución), entre otros que sostienen que es posible conocer la realidad sin tener en cuenta la razón, y sin pruebas empíricas de lo que se afirma.

    Este conflicto está oculto por fenómenos cotidianos, tales como guerras, discusiones políticas y filosóficas, programas de televisión sobre fútbol y otros, gravísimos o relevantes unos, intrascendentes los otros, aunque a veces puedan resultar entretenidos.

    La ciencia ha ido invadiendo y enriqueciendo toda la actividad humana. Hay innumerables ejemplos, como la derrota de terribles enfermedades, el progreso tecnológico, la disminución del hambre y la pobreza producida en los últimos 300 años, la biotecnología y muchas cosas más, pero aún su influencia en terrenos como la política es muy poca. La gran mayoría de las personas se mueve en este resbaladizo terreno por sus emociones y no por la racionalidad. En consecuencia, son muy exitosos fenómenos como el populismo, que se basan en una serie de mentiras dirigidas a la parte emocional más negativa de la gente, al resentimiento, al odio al diferente, a la envidia y a las frustraciones.

    Por consiguiente resulta imprescindible educar a los niños y jóvenes en ciencia, para que luego puedan tomar decisiones racionales guiados por un pensamiento entrenado. Las distintas reformas educativas que se han planteado en nuestro país resultan muy pobres al respecto. Los educadores y dirigentes de la educación suelen dar una importancia exagerada a la organización de la educación; si horario simple o doble, si más o menos repetición, si  notas puestas de tal o cual manera, o si más o menos autonomía de los centros, y cosas por el estilo.  No creo que esos sean los problemas de fondo.

    Parafraseando al expresidente Mujica, yo diría que la solución es ciencia, ciencia y más ciencia, dicho esto sin desmedro de las artes y las disciplinas llamadas “blandas” que tienen un gran mérito humanista, pero mucha menos influencia en cómo será nuestro futuro. Las generaciones educadas en esta forma ya se encargarían de resolver los problemas de mejor forma que nosotros.

    Los seres humanos son lanzados al mundo como cometas sin rumbo, y deben encontrar su camino a tropezones. La ciencia, como nos enseñó el inolvidable Carl Sagan, representa en ese tránsito angustioso una luz en la oscuridad. No podemos despreciar semejante don de nuestra razón, conseguido no sin un arduo y largo trabajo.

    Alberto Magnone