N° 1875 - 14 al 20 de Julio de 2016
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLa integración comercial al mundo, o la apertura económica del país, es una necesidad imperiosa que ha sido ideológica y torpemente paralizada en la última década. En este tipo de problemas, los sectores más interesados en progresos son los exportadores; porque la apertura económica implica una mejora en las condiciones de acceso a los mercados de destino de nuestras exportaciones y, consecuentemente, una mejora en los precios recibidos, para el caso de países chicos tomadores de precios, como Uruguay.
Pero no es solo la mejora en los precios de los productos sino también la mejora en los precios de las materias primas e insumos importados utilizados en el proceso productivo, en que la medida en que la reciprocidad obliga al país a abatir también sus barreras de ingreso a las importaciones. La apertura determina —aparte de una mayor competitividad— más justicia dentro del país, porque amplía la cantidad de gente que vive expuesta al mercado internacional. Cuando un país se cierra, los exportadores sufren la protección del país comprador cuando venden y la protección de su propio país cuando compran. En tanto que los que no están en actividades vinculadas a los sectores exportadores viven en una burbuja donde se practican precios más altos que el mercado internacional, estableciendo un doble estándar en las condiciones de los distintos sectores que en nada habla de justicia.
En Uruguay, como en todos los países, quienes lideran las reivindicaciones aperturistas son los sectores exportadores, que en nuestra realidad significa esencialmente el sector agropecuario. La Secretaría de Estado que entiende de la problemática del sector mencionado es el Ministerio de Ganadería, Agricultura y Pesca (MGAP). Pero lo sorprendente es que las últimas administraciones de esta Secretaría han demostrado una inaceptable indiferencia ante esta área de las políticas públicas. Prácticamente no han hecho definiciones, ni se conocen acciones que graviten en el seno del equipo de gobierno promoviendo posturas hacia una mayor apertura. Más bien todo lo contrario; en general, las acciones han ido “restaurando” barreras no arancelarias y paraarancelarias. Y cuando el MGAP presenta definiciones ante la opinión pública, se escuchan planteos no solo proteccionistas sino ultraobsoletos, proponiendo mecanismos superados por la práctica, en muchos casos, desde hace siglos.
Desde esta columna ya hemos hecho referencia al tema, cuando se han publicado definiciones de esta Secretaría respecto al área de la política comercial. Pero hoy se vuelve sobre el asunto dado que en la prensa (1) aparecieron nuevas declaraciones del director de la Unidad de Asuntos Internacionales (DAI) del MGAP, donde se vuelve a poner en evidencia la debilidad de las concepciones de esta Secretaría en este como en otras ocasiones en otros temas.
De la lectura del reportaje surge la dolorosa constatación del retroceso que hemos sufrido en estos años en las concepciones y en las capacidades que el país había ido creando y desarrollando durante las décadas pasadas.
Con el inicio de la Ronda Uruguay del GATT primero, y luego con la creación del Mercosur, entre otras iniciativas, nuestro país fue creando y desarrollando equipos de negociación de respetable potencia. Desde un trípode encabezado por el Ministerio de Relaciones Exteriores y completado por el Ministerio de Economía y Finanzas y el MGAP desde la misma DAI, fueron encaradas exitosamente instancias de negociación de extrema complejidad, más para un país que venía de muchas décadas de cerramiento.
En muchos momentos, estos equipos tuvieron desempeños que se destacaron tanto en el concierto regional como aun en el multilateral, que hicieron al país enorgullecerse de este capital.
En el reportaje mencionado, el director de la DAI admitió un rezago importante “en entrenamiento que tienen los técnicos uruguayos que hoy están negociando acuerdos comerciales, producto de la falta de gimnasia que tiene el país en esa materia”. En otro momento expresa: “Los equipos de negociación que tiene Uruguay —debido a que no tenemos experiencia— dan enormes ventajas cuando nos enfrentamos con equipos negociadores fuertes porque tienen varios acuerdos en sus espaldas”. A confesión de parte, relevo de pruebas.
La equivocada política exterior seguida por el Uruguay en la última década no solo perjudicó al país en relación con los progresos que nuestros competidores hicieron en todo ese tiempo, sino que además destruyó el capital humano creado en décadas anteriores con mucho esfuerzo, dedicación y talento, en función del desplazamiento y persecución de los especialistas por cuestiones políticas. Cuando —en un escenario de proliferación de iniciativas de acuerdos comerciales, en ausencia de la multilateralidad— desde la DAI se insiste en que un camino relevante es un acuerdo con Angola “en base al trueque de petróleo por pescado y otros alimentos”, no se hace otra cosa que poner en evidencia que nuestro país ha retrocedido mucho en el tema y que va a costar —recursos y escasos provechos, al menos iniciales—mucho tiempo reconstruir el capital perdido.
Esta situación de falta de visión, si bien pone en evidencia la incapacidad de las administraciones del MGAP en la última década, corresponde referirla a todo el gobierno en las últimas administraciones, incluyendo la triste gestión de la Cancillería y la ausencia y falta de gravitación del Ministerio de Economía en el tema, además de la defección del MGAP.
Se atraviesan etapas muy duras desde el punto de vista de la economía mundial que imponen al país condiciones difíciles, agravadas por la falta de apertura comercial. Pero lo triste y desalentador es que este problema lo tendremos que soportar durante muchos años más, en la medida en que no solo no hay disposición política decidida en avanzar en esta dirección (más allá de los esfuerzos del actual ministro de Relaciones Exteriores), sino que cuando se decida hacerlo, nos vamos a encontrar con la falta de equipo y de experiencia negociadora, que supimos tener y destruimos.
(*) El autor es ingeniero agrónomo y consultor privado