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    La inseguridad

    Antonio Banderas, marihuana y otras humoradas. Leyendo las medidas anunciadas por el Poder Ejecutivo para solucionar el problema de la inseguridad no encontré ningún mecanismo efectivo de “prevención”.

    Es más: no encontré nada que merezca calificarlas como “plan de medidas”.

    ¿Tienen algún plan? ¿Alguna estrategia? ¿O solo están trabajando sobre hipótesis fallidas? Que la culpa es de Batlle, de Antonio Banderas, de Tinelli, del neoliberalismo, de la CIA, de la TV.

    Es un hecho irrefutable que muchos setentones que hoy pontifican sobre todo, nacieron y crecieron antes que la televisión mostrara series como Combate o Daniel Boone. Que Antonio Banderas usaba pañales cuando aquí había gente manejando armas, fabricando bombas y secuestrando.

    No se necesita ser un genio para advertir que cuando quien debe tomar medidas se dedica a buscar culpables, nada se logra.

    Señores, ha llegado la hora de ponerse a trabajar en serio. El país está en situación de emergencia y anunciar medidas cosmetológicas es, por lo menos, una banalidad.

    Nuestros gobernantes conforman una elite selecta y privilegiada. Han olvidado que los ciudadanos de a pie debemos salir a las calles por nuestra cuenta y carecemos de guardaespaldas o coches oficiales.

    Dejen de reclamar más recursos, cargos y emolumentos. Terminen con la cantinela patética de pasarle la culpa a otro. Honren los puestos que la ciudadanía les confirió.

    Cuando hablamos de violencia, hablamos de la necesidad de reprimirla.

    Es hora de decirlo: hay que reprimir las conductas antisociales como único medio de salvaguardar a quienes cumplimos las normas de convivencia.

    Es un desatino pretender que un Estado notoriamente incapaz para controlar la reventa de entradas en un partido de fútbol, las bocas de pasta base, el contrabando y venta de cigarrillos en pleno 18 de Julio, el robo y reventa de medicamentos en Salud Pública, las clínicas abortivas clandestinas y tantas otras cosas, sume a la lista de “descontroles” el cultivo, distribución y consumo de marihuana.

    No es gastando en plazas, toboganes y hamacas que podremos volver a salir a las calles. Tampoco inventando nuevos institutos dirigidos por burócratas con sueldos astronómicos, en tanto el ciudadano sigue pagando impuestos y procurándose seguridad privada.

    Ya tenemos infraestructura, espacios de convivencia y demasiados institutos.

    Este no es un problema de metros cuadrados, de agorafobia, de la televisión o de mandinga. Esta es la consecuencia del discurso permisivo que hace años justifica la violencia y le endilga la responsabilidad al otro, a la sociedad o a cualquiera que no sea el que gobierna.

    Necesitamos funcionarios capaces de actuar con firmeza, de reconocer sus responsabilidades y marcar límites. Hace años que se priorizan los derechos del victimario y no de las víctimas. Hay que desempolvar el principio de causa-efecto, archivado por ciertos demagogos permisivos al extremo.

    Lamento decir que estoy convencida que en unos meses estaremos más inseguros, con políticos vacilantes y ciegos ante lo que es el verdadero compromiso social. Porque el compromiso social no es disculpar al que delinque y mantener al holgazán. El compromiso social es, antes que nada, proteger al ciudadano honesto y premiar al que cumple con las leyes, trabaja y paga sus impuestos.

    En resumen, creo que este conjunto de “desmedidas” tiene un hilo conductor claro: coartar la libertad y distraer la atención.

    La idea es maquiavélica: no podemos con el problema, evitemos que se difunda.

    Lo único de toda esta monserga que se pondrá en práctica ha de ser la regulación de contenidos en los medios de comunicación y en las redes sociales.

    Mercedes Vigil

    Escritora