Nº 2188 - 24 al 30 de Agosto de 2022
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLas explicaciones de los ministros del Interior, Luis Alberto Heber, y de Relaciones Exteriores, Francisco Bustillo, fueron “absolutamente satisfactorias” para los legisladores de la coalición de gobierno. Así terminó en la madrugada del martes 23 la interpelación que les hizo el senador del Frente Amplio Mario Bergara en la Cámara Alta. Un final predecible, como todos los anteriores.
Tampoco causó ninguna sorpresa el desarrollo del debate. Duró horas, como siempre. Hablaron casi todos los senadores presentes, como siempre. Hubo reproches y acusaciones cruzadas, como siempre. Algunos hicieron largos alegatos, otros gritaron, otros interrumpieron o gesticularon con pasión, como siempre.
Las preguntas del miembro interpelante no fueron respondidas en su totalidad por los ministros interpelados pero algunas de ellas estaban hechas con el objetivo de sembrar dudas más que de buscar respuestas. Esa escena también es repetida, no cambió la estrategia con respecto a interpelaciones pasadas, que se han hecho muy frecuentes en los últimos años.
Por supuesto que todos los legisladores de los distintos partidos se manifestaron en guerra con el narcotráfico y oficialismo y oposición se acusaron de haber tenido más o menos éxito en esa cruzada al estar a cargo del gobierno. Durante la instancia parlamentaria, hubo episodios pasados traídos como ejemplos, de los positivos y de los negativos, y asuntos actuales puestos arriba de la mesa con un manto de dudas por encima. Eso tampoco se salió del guion previsto.
Pero hay algo en lo que esta interpelación se diferencia bastante de las anteriores. Es como si fuera una sombra que oscurece a todos sus protagonistas, sean del oficialismo o de la oposición. No porque algunos sean más responsables que otros o que tengan más o menos razón. Es probable que ambas partes cuenten con claroscuros en sus planteos. El problema es otro. Son los hechos en cuestión los que deberían funcionar como un gran llamado de atención.
Algunos episodios antes no pasaban en Uruguay o, si ocurrían, eran a otra escala. A eso es a lo que debería destinar una parte importante de su tiempo el sistema político, en lugar de destinarlo a discutir quién tiene más o menos capacidad como para gobernar o responsabilidad en el avance local de los negocios del narcotráfico.
Lo realmente preocupante, que debería ocupar horas y horas de intercambios entre los distintos líderes de opinión para buscar una forma de revertirlo, es que haya un narcotraficante uruguayo de la escala de Sebastián Marset operando en el país y en el mundo. Lo que asusta es hacer un recorrido por el prontuario de Marset y saber que se inicia en el Cerrito de la Victoria y que ahora juega en las grandes ligas criminales, con varios vínculos activos en Uruguay.
Hace más de cinco meses que Búsqueda publicó sus primeras notas sobre el caso Marset. Es más, la primicia sobre que había obtenido el pasaporte uruguayo cuando estaba preso en Dubái fue difundida en exclusiva por el semanario el 10 de marzo. En ese momento se generó un poco de revuelo pero unos días después pasó, como casi siempre ocurre. Además de eso, Búsqueda publicó una semana antes un largo perfil de Marset, en donde se daba cuenta de la importancia de la organización criminal que encabeza y amenazas que ya había realizado a fiscales y periodistas uruguayos.
Pasaron meses sin que el sistema político tomara la debida nota del asunto. Recién cuando el presidente colombiano, Gustavo Petro, escribió la semana pasada en la red social Twitter sobre Marset se produjo la tormenta política a escala local. Y entonces lo que salió a flote fue la división interna, las interpelaciones, las pasadas de facturas y algunas destituciones de segundo orden. No está mal que eso ocurra, pero no es suficiente.
Se debe atacar el problema de fondo cuanto antes. Ese es el asunto central. Que un narcotraficante de la importancia de Marset esté operando dentro de Uruguay es una gigantesca luz roja. Lo que hay que hacer ya, antes que discutir y discutir sin un rumbo claro, es preparar a todo el sistema político, al judicial y a los periodistas para que no estén en una situación de vulnerabilidad ante una embestida narco. Países para poner como ejemplos negativos sobran en América Latina. Y mañana puede ser demasiado tarde.