N° 1671 - 19 al 25 de Julio de 2012
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLa decencia y la política son condiciones que no siempre coinciden bajo el mismo cielo y a la misma hora. No son raras las ocasiones en las que se producen quiebres insalvables entre la honra de la conducta y el ejercicio de los deberes públicos. Quienes padecemos la patética suerte de estos oscuros años que nos han caído encima poseemos autorizado conocimiento del tema y sabemos que las combinaciones entre la candidez y la inmoralidad, en los temas sociales y políticos, defraudan cualquier intento de reducción estadística.
Así, tenemos un espectro que si no resultara trágico, porque impacta en el centro de la realidad, aparecería también como divertido a cualquiera que lo observara. Por ejemplo es el perfecto caso —puramente teórico, absolutamente imaginado, en todo punto ausente de las coordenadas que definen la historia contemporánea— de sociedades virtuosas que eligen gobiernos virtuosos. Por fuera de esa ficción positivamente tenemos casos empíricos y cercanos; a saber: sociedades virtuosas que, engañadas por facciones indecentes y pintorescas, terminan depositando su confianza en una bien organizada banda de delincuentes; o también sociedades encanalladas por la indiferencia, por la ignorancia, por la molicie y por la glotonería sin límite que eligen ora gobiernos virtuosos ora gobiernos corruptos con total falta de atención y de conciencia; sociedades a las que ya nada les duele, nada les asombra y nada les incumbe salvo la satisfacción viciosa de sus demandas infinitas que los gobiernos, moralmente miserables pero extremadamente astutos para el mal, nunca dejan de corresponder con amable premura y sincera dedicación.
Por último, tenemos la prosperidad de empeñosos delincuentes arriba, delincuentes abajo, delincuentes en los costados, en las calles, en los salones, en las cárceles, en las oficinas, en los árboles, en los comités, en los bancos de las plazas, en los charcos, en las esquinas, en las encrucijadas, en los sillones oficiales, en las cocinas reales y en las cocinas metafóricas haciendo sus negocios a la vista de un conjunto de impávidos que pagan impuestos para que todo ello sea posible, se reproduzca, se incremente, se amplíe, resulte cada vez más rendidor, se santifique.
El tema de la paradoja IV de los filósofos de Atenas que comenta Cicerón tiene que ver con este tipo de depravación que llegó a conocer tan bien como nosotros, aunque la soportó con mayor dignidad y, claro está, con un costo un poco más alto: la denuncia de estas infamias en poco tiempo le mereció el degüello por orden de Marco Antonio. El texto de este comentario lo destina el romano a Clodio, un gobernante corrupto, especie que no era exótica entonces y que hoy es una moneda barata y desgastada por tanto uso y abuso de circulación. La tesis de su crítica reside en que aquella República que se envilece, que no observa los principios sobre los que se funda la libertad y el respeto por el derecho de todos, no es una República sino una sombra sin más poder que el de la fuerza bruta. Dice de aquella Roma: “No era ciudad la nuestra cuando nada valían en ella las leyes, cuando estaban por tierra los juicios, cuando las costumbres de los mayores estaban aniquiladas, cuando arrojados con armas los magistrados no había en la República nombre de Senado. No era aquello ciudad, era un concurso de piratas, un latrocinio establecido en el Foro”.
La idea es interesante y creo que también es dramáticamente actual. Los peligros que acecharon a los romanos no son muy diferentes de los que enferman tristemente a naciones más cercanas en el tiempo y en la geografía. No necesita el lector ir hacia la historia antigua y hasta el Mediterráneo para encontrar que si un país pone el Gran Cañón de El Colorado entre los valores de su tradición y la conducta de sus dirigentes, nada bueno ni exótico puede esperarse: la denominación de los billetes mal habidos, las tierras estafadas, los beneficios indecorosos a empresas indecorosas son más o menos los mismos de un año a otro, de una ciudad a otra, de un ministro a otro; la corrupción es ecuménica por definición. Lo que sí varía es la naturaleza moral y por lo tanto la calidad jurídica de la realidad: no se trata ya más de una República, entendida como bien, sino de otra entidad que es el mal, que representa el mal, que se sustenta en el mal y que, en nombre del bien y del Derecho, hay que querer intensamente que desaparezca.
Cicerón, quien sufrió persecuciones y desprecios, dice que nunca estuvo encausado por la República, sino por la perversión de un hatajo de malvivientes que ante la mirada atónita e incauta del pueblo de Roma tomó por asalto la Republica, y decidió mandarlo al exilio. No conviene confundir entonces la legalidad entendida como patente para el asalto con la legalidad asumida con sentido moral, esto es, como bien que se funda en el Derecho. Mientras la última nos tiene incondicionalmente como sustento, para la otra somos sus irreconciliables enemigos.