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    La ley del movimiento

    Columnista de Búsqueda

    Nº 2133 - 29 de Julio al 4 de Agosto de 2021

    En el último capítulo de Los orígenes del totalitarismo (Ediciones Tauro) nos encontramos con el eje de toda la teoría de Hannah Arendt sobre este fenómeno que generalmente es encerrado en el campo de la política pero que por sus connotaciones debería entenderse desde las exigencias de la filosofía. Según esta pensadora el totalitarismo se funda en la eficacia de dos factores que confluyen no meramente para asegurar dominio intenso o absoluto sobre las personas, sino que hunden sus más graves connotaciones en las regiones profundas de operación intelectiva.

    Arendt distingue las sociedades del consenso jurídico, aquellas que están basadas en leyes acordadas y que configuran un límite para la acción de los gobiernos y de las personas, de las experiencias que en sentido contrario desconocen ese espacio. La distinción en verdad corresponde a Carl Schmidt, autor que la autora revisa y a veces utiliza, con el que seguramente controvierte en algunos puntos, pero que tiene la precaución de citar pocas veces, y sobre el que no disimula reconocerle la originalidad de más de un enfoque de los que se sirve para desarrollar su teoría. El avance de Arendt sobre la premisa inicial de Schmidt consiste en declarar la razón instrumental última de esa abismal diferencia entre el reino de la norma jurídica y la realidad de las situaciones de hecho que necesariamente ocurren o deben ocurrir al margen de la norma: para Schmidt —lo expone en su excelente trabajo Teología política y en su estudio pionero sobre La dictadura— la salida del campo normativo obedece a la superior razón de Estado que obliga al soberano a tomar decisiones en lo que podríamos llamar la frontera ontológica, esto es, cuando lo que está en riesgo es la propia existencia y la naturaleza de la entidad pública y de sus funciones y deberes.

    Lo interesante de la tesis desarrollada en Los orígenes del totalitarismo descansa en poner el acento en el desencuadre: aquello que en Schmidt podríamos decir que es un deslizamiento (forzado y ante la emergencia, deseable) desde la normatividad a la excepción, lo que Arendt observa del totalitarismo es algo más turbador y ya de naturaleza estructural, dado que se trata del punto de partida de la ideología; la autora lo llama la ley del movimiento. Esta ley no es antitética al consenso jurídico, sino que pertenece a una índole radicalmente sustantiva, acaso irresistible. Por ejemplo: afirmar que la raza aria es superior es una verdad que se pretende universal, del mismo modo que postular la lucha de clases como motor de la historia; en ambos relatos está presupuesto que si acabara por imponerse la raza aria por sobre todo el resto de los pueblos el orden del mundo y la especie humana se verían beneficiados o por asaltar el Palacio de Invierno, ajusticiar a los opositores, encarcelar y atormentar a los sospechosos, humillar la libertad de pensamiento, confiscar la propiedad y consagrar plenamente el socialismo el universo alcanzaría su mejor sonrisa. Hanna Arendt pregunta: en la hipótesis de que los objetivos de la historia se realicen, ¿acaso reinará la paz?

    A su interpelación retórica previsiblemente encuentra una respuesta negativa porque los totalitarismos, dice, tienen una característica singular, que es el movimiento. Esto quiere significar que la legitimidad de su misión la derivan no meramente de la teoría de la naturaleza para sustentar la preeminencia redentora de la raza superior o de las supuestas leyes de la historia que solo es comprensible según la lucha entre explotadores y explotados, sino de la propia dinámica del ejercicio del poder; es una suerte de círculo tautológico en el que las condiciones de la acción se justifican por la propia acción que ellas auspician. Lo que realmente impera en el totalitarismo no es la verdad de una teoría, no es siquiera la hipótesis de una realidad victoriosa, sino la cotidianeidad de la violencia y del aislamiento, un movimiento incesante que tiene vida propia y que no necesita nada para solventarse como moral única y excluyente y como instrumento desvelado y continuo, sino su propio ejercicio.

    Nos revela Arendt que hay una ley que es superior a la ley de la naturaleza en el caso del racismo o superior a la ley de la historia en el caso del marxismo, que es la ley del movimiento: las cosas se mueven por sí mismas todo el tiempo. Esto es el elemento central que explica la continua opresión que caracteriza al totalitarismo.

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