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    La luz del día y Fedra

    Columnista de Búsqueda

    N° 1889 - 20 al 26 de Octubre de 2016

    El narrador de En busca del tiempo perdido es solicitado en varias ocasiones por la evocación cercana, íntima de Fedra, de Racine. Sus recuerdos más antiguos, según leemos Chez Swan, remiten a la admiración que había cultivado por la performance de la Berma, en la vida real Gabrielle Réjane, la actriz que podríamos decir compartía el linaje de célebres trágicas junto con Sarah Bernhardt. En dos o tres ocasiones, la cena en su casa del pelmazo M. Norpois, luego con Gilberte jugando en los jardines de los Champs Elysées y más tarde, ya casi al final de su obra, cuando reflexiona acerca de lo que es el arte, cuál es su función y cómo se vincula con eso que vulgarmente llamamos la vida, vuelve a aparecer la herida de amor que Racine libertó del fatalismo de Eurípides para dotarla de una delicadeza ingrávida y exquisita en versos que son como estrellitas de un cuento de hadas, como luces que delicadamente tocan y titilian, y lo dicen todo.

    Marcel recuerda con insistencia la escena de la famosa declaración, cuando Fedra, en la quinta escena del segundo acto, asume frente al hijo de su esposo la terrible y culpable pasión que la incendia: “Conoce, pues, a Fedra y sus furores. Amo. Pero no creas que mientras te amo me siento delante de mí misma inocente, ni que mi cobarde complacencia haya nutrido el veneno de este loco amor que perturba mi ánimo. Desgraciado blanco de las venganzas celestes, me aborrezco más aún de lo que tú me detestas. Los Dioses son mis testigos, esos Dioses que han encendido la sangre en mi seno con fatídica llama; esos Dioses que se han cubierto de cruel gloria extraviando el corazón de una débil mortal”.

    Este fuego, esta victoria de la verdad del cuerpo por sobre las parciales conquistas de la razón, esta derrota de la conciencia que ya nunca podrá redimirse porque no es posible albergar tanta pasión y tanta locura, entrará en diálogo con la última aparición en escena de Fedra, donde también hace una declaración, pero en este caso será una despedida. Marcel no cita, no remite explícitamente a ella, pero la deja en el ambiente de sus pensamientos de dolor y de culpa y de tristeza durante el luto que le sobreviene a partir del golpe que recibe con la despedida y consecuente muerte de Albertine.

    Las últimas palabras de Fedra, cuando enfrenta a Teseo, tras haber ingerido un veneno más piadoso que el amor, revelan la verdad y también el tamaño, la dimensión última de la culpa. Sobre la verdad dice: “Los momentos me son preciosos; escuchadme, Teseo. Fui yo quien sobre ese hijo, casto y respetuoso, me atreví arrojar incestuosas e impías miradas. El cielo puso en mi corazón una pasión funesta”. En el mismo plano le cuenta que su sirvienta pretendió corregir la fatalidad e hizo patente lo que nunca debió haber sido pronunciado, razón por la cual, con buen criterio, prefirió suicidarse: “la detestable Enone hizo lo demás. Temió ella que Hipólito, conociendo mis furores, descubriera un fuego que lo horrorizaba, y abusando de mi debilidad extrema, se apresuró la pérfida a acusarlo a él mismo ante vos. Ya ha encontrado su propio castigo, y huyendo de mi enojo, ha buscado en las olas un suplicio demasiado suave”.

    Finalmente le cuenta que una muerte similar no hubiera sido digna para ella, que el golpe de la espada o el filo del puñal hubieran resultado insuficientes por cuanto habrían dejado de pie el error casi imposible de demostrar, de una virtud que nunca dejó de ser tal por más que se estuviera incendiando: “El hierro hubiera cortado ya mi suerte, pero yo dejaba gemir a la sospechada virtud, y he querido, exponiendo ante vos mis remordimientos, descender a la muerte por más largo camino. He tomado y he hecho correr en mis ardientes venas un veneno que Medea trajo de Atenas. Llegando ya a mi corazón, en mi corazón moribundo pone ese veneno un frío desconocido”. Sus últimas palabras han de ser los versos más cercanos a Homero, a Virgilio, a Dante que he leído en mi vida: “ya solo a través de una nube veo el cielo y el esposo a quien mi presencia ultraja; y la muerte, que despoja de claridad a mis ojos, restituye su pureza a la luz del día que manchaban”.

    Terminada esta obra y alcanzado con escándalo un gran éxito, Racine regresó a la abadía de Port-Royal, a la vida pura que había conocido en su infancia. Allí murió y allí pidió ser enterrado.

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