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    miércoles 05 de junio de 2024

    La mala cultura

    Nº 2277 - 23 al 29 de Mayo de 2024

    La cultura no es para cualquiera. Por más feo que suene, parece ser que quienes asisten a las distintas formas de arte son una minoría de la población. Tampoco está hecha por cualquiera: “Para tener éxito en una profesión cultural, necesitas tener acceso a una serie de recursos económicos, sociales y culturales que no están disponibles para toda la sociedad de una forma horizontal o equitativa”, explican Orian Brook, Dave O’Brien y Mark Taylor en su libro La cultura es mala para ti, publicado en 2023. A partir de una profunda investigación sobre las industrias culturales en Gran Bretaña, el libro afirma que tanto la producción como el consumo de cultura están atravesados por fuertes desigualdades.

    La investigación muestra que son las propias desigualdades sociales las que determinan quién produce la cultura y quién la consume. A su vez, la cultura que se produce y se consume determina las representaciones de las comunidades: “Estas representaciones excluyen las perspectivas de aquellos que no están presentes en las profesiones culturales”, explican Brook, O’Brien y Taylor. El estudio concluye que en estas profesiones se puede identificar una “norma somática”, que refleja un predominio de “los hombres blancos y de clase media” en todos los subsectores culturales, y esto determina básicamente “qué historias se cuentan y cuáles no”.

    En líneas generales, observan que las profesiones culturales no son diversas y que hay grandes grupos subrepresentados, especialmente las personas provenientes de la clase trabajadora, las personas racializadas (personas afro y otras minorías étnicas) y las mujeres y disidencias. Observan incluso que “los grupos que faltan en las profesiones culturales son a menudo distorsionados y caricaturizados” cuando se los representa.

    Por eso, afirman, en un contexto de profundas desigualdades de producción y consumo, la cultura “nunca va a ser buena para todas las personas”.

    Es importante comprender esta afirmación, porque no se están juzgando acá los contenidos de tales o cuales producciones culturales específicas. Lo que se está diciendo, lisa y llanamente, es que la abrumadora mayoría de las producciones culturales están hechas por hombres, blancos y privilegiados. Es decir, que incluso cuando se cree que una pieza artística está “rompiendo el statu quo”, probablemente no lo está rompiendo tanto, porque para eso debería poder primero romper el propio sistema cultural masculino y blanco en el que se inserta.

    Imaginen, por ejemplo, el estreno mundial de la película Último tango en París, allá por 1972. Qué transgresión, qué obra maestra, repetía la crítica y la academia cinematográfica. En París y Nueva York el público hacía varias cuadras de cola para verla, con entradas que llegaron a costar casi 100 dólares. Un director de izquierdas, como el mismo Bertolucci se definía, al que poco le importó abusar de la protagonista adolescente, María Schneider, en el rodaje de su película.

    Más allá de que veo muy poca transgresión en la historia de un señor mayor teniendo sexo con una adolescente (otra historia más sobre lo mismo), lo realmente problemático de la película fue haber mostrado al mundo entero un abuso real. Cuando la actriz fue capaz de decir públicamente lo que había vivido en el rodaje, 35 años después, a nadie le importó. Tampoco le importó mucho a nadie cuando el propio Bertolucci confirmó los hechos, dos años después de la muerte de la actriz.

    “¡La cultura es mala para ti!”, nos recuerdan con un susurro al oído Brook, O’Brien y Taylor. Porque lo cierto es que nos hemos pasado décadas consumiendo “buen arte” sin preguntarnos: ¿bueno para quién? ¿Para el statu quo masculino, blanco y privilegiado que se ha regodeado con el sufrimiento ajeno la vida entera? Este martes 21 de mayo se estrenó en Cannes la película María, de la directora francesa Jessica Palud, que cuenta el tormento vivido por María Schneider durante y después del rodaje de Último tango en París. Quizás a muchas personas la película les resulte “mala”, pero tal vez hace más falta empezar a preguntarse con qué criterios se han evaluado hasta ahora las obras de arte, y si no sería momento de empezar a cambiar el canon.