N° 1919 - 25 al 31 de Mayo de 2017
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEn 1984 cuando Luis Puenzo comenzó a filmar “La historia oficial”, Hebe de Bonafini tenía 55 años. Esa película que en 1986 ganó un Oscar con Norma Aleandro como protagonista, tenía como uno de sus ejes el trabajo de Madres de Plaza de Mayo (Mdepm) que lideraba Bonafini, una de las creadoras de los pañuelos blancos. ¡Quién no se conmovía al verlas desfilar silenciosamente con la carga de su dolor!
Bonafini estaba en el cenit de la popularidad. Había luchado a brazo partido contra la impunidad y reivindicaba la aparición de los detenidos-desaparecidos durante la dictadura argentina. A ella le habían arrebatado a dos hijos y a su nuera.
Se enfrentó a los gobiernos de los presidentes Raúl Alfonsin, Carlos Menem, Adolfo Rodríguez de Saa, Eduardo Duhalde y Fernando de la Rúa.
Ganó notoriedad local e internacional. Con el paso de los años amplió su prédica sobre los desaparecidos a cuestiones sindicales, el medioambiente y la política local e internacional.
Compartió el escenario con Sting, U2 y artistas locales; fue distinguida por varios gobiernos. Recibió el premio Unesco por la Educación para la Paz. En 2006 estuvo en Uruguay para una charla en la Feria del Libro en el Latu.
Pero de a poco fue perdiendo el monopolio. Había, crecido Abuelas de Plaza de Mayo, que lidera Estela de Carlotto y el Mdepm se había partido en dos. En 2003 buscó refugio en el poder del nuevo gobierno de Néstor Kirchner, que reforzó durante la presidencia de Cristina Kirchner. Se retroalimentaron.
Quizá la pérdida de protagonismo influyó para que se mostrara agresiva, violenta y soezmente insultante. Cuando le convenía. Porque en Argentina, tan afecta a las luces de colores y al olvido rápido, denostó al ambiguo papa Francisco, luego lo abrazó y en una carta lo trató de “Querido”. El papa, que cariñosamente la llamaba “la gorda”, le expresó por escrito “solidaridad”. Su procesamiento estaba cerca.
El diario “Clarín” reveló que cuando la investigación judicial avanzaba, buscó desesperado apoyo en el jefe de inteligencia del Ejército, César Milano, con quien se reunió. Poco después, Milano terminó encarcelado por violaciones a los derechos humanos.
Tuvo como asesores y administradores de la Fundación Madres de Plaza de Mayo a los hermanos Sergio y Pablo Schoklender que en mayo de 1981 asesinaron a golpes a sus padres. Cuando se unieron a Bonafini ya habían cumplido su deuda con la Justicia. Sus crímenes fueron igual de salvajes que los de la dictadura. Cada uno elige con quién se une.
Luego de una investigación de varios años, el juez federal Marcelo Martínez de Giorgi ordenó los procesamientos de Bonafini y de los hermanos Schoklender.
Les imputó fraude al Estado por haber desviado fondos “de manera bastarda”. Era dinero para construir viviendas sociales —un proyecto llamado “Sueños compartidos”—que se contrataron sin licitación. Los hermanos desviaron parte para la compra de propiedades, autos, motos y yates. El juez destaca que Bonafini firmó todos los balances. Sergio Schoklender la acusa de desviar fondos para financiar una radio y una Universidad (ahora estatizada) dependientes de “Madres” y de financiar la campaña de políticos kirchneristas.
Para el juez, la maniobra se concretó basada en el prestigio de Mdepm: “Ella conocía los desmanejos financieros que realizaban los apoderados de la Fundación Madres de Plaza de Mayo, que ella misma había instituido y que, en tal sentido, al menos participó en esos quehaceres aprobando los irregulares balances de la institución y autorizando indebidamente la tercerización a la empresa Meldorek de los servicios que habían sido contratados directamente a la Fundación”.
Entre 2005 y 2011 el proyecto recibió dinero para construir 4.751 viviendas. Solo se entregaron 822 y dejaron de pagar los salarios de los obreros. La defraudación se estimó en 200 millones de pesos argentinos, casi 13 millones de dólares.
Cuando el juez ordenó su detención, Bonafini lo resistió. Martínez de Giorgi hizo notar: “Ordené la detención de la Bonafini constructora de viviendas y no de la defensora de los derechos humanos”. Finalmente compareció.
En marzo, Bonafini se sacó la careta: “Las Madres no somos más un organismo de derechos humanos (…) somos una organización política y nuestro partido es el kirchnerismo, somos de Cristina a muerte”.
Luego de su procesamiento le atribuyó al juez connivencia con el gobierno de Mauricio Macri, a quien calificó como un “hijo de remilputa”. Por ahora no hay dudas de que metió la mano en la lata, para ella o para terceros. Quizá pueda demostrar su inocencia. No parece probable.
Un proverbio chino dice que “es fácil esquivar la lanza pero no el puñal oculto”: la traición. Bonafini, que de boba no tiene un pelo, traicionó los principios sociales y morales que dijo defender; traicionó a quienes la respaldaron; traicionó a los jóvenes románticos e ignorantes; traicionó a la comunidad internacional que la tenía como una referencia; traicionó a quienes la premiaron por su lucha y, está claro, traicionó a los destinatarios de las viviendas.
La traición tiene como sinónimos la deslealtad, la infidelidad, el engaño, la felonía, la vileza, el complot, la maquinación y la conjura. Es lo de Bonafini. Gravísimo, pero no menos que el silencio cómplice de los traicionados que antes la apoyaron.
El diario “Página 12”, uno de sus soportes, tras su procesamiento publicó un pequeño recuadro en primera página: “Hebe Bonafini acusó al gobierno por su procesamiento…”. Y reprodujo una frase suya: “Es el precio por decir lo que decimos”. Cada uno tiene derecho a decidir cómo jerarquiza las noticias. O cómo desviar la atención.
Víctor Hugo Morales, un correligionario de Bonafini en el kirchnerismo, se pronunció en el canal C5N en contra del procesamiento. Sostuvo que ella fue la estafada por Sergio Schoklender y que “da mucha pena que un juez no sepa ver esto”.
Lo honesto sería admitirlo. Pero es difícil apearse de un discurso demagógico aunque los hechos les vomiten la cara. Cuando actos como este van a contramano de una ideología prefieren defender sin fundamentos, hacerse los distraídos o confiar en el olvido que genera el tiempo.
De repente especulan con que Bonafini, que en diciembre cumplirá 89 años, muera para entonces convertirla en mártir.
Una mártir de papel maché.