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    La más pura, la más mía

    Nº 2103 - 23 al 29 de Diciembre de 2020

    Es habitual que obras mayores de la música popular nazcan de una bronca o rebeldía de boliche con aires de reivindicación.

    En el tango, cuando se piensa en creadores fundacionales —músico y letrista— suele ser frecuente que el honor caiga sobre los hombros de Aníbal Troilo y Homero Manzi. No deja de ser verdad, pero hay algo que no todos recuerdan: el poeta con quien más veces compuso Pichuco temas memorables fue Cátulo Castillo: Una canción, Patio mío, La cantina, La última curda, A Homero, Desencuentro, Y a mí qué, El último farol, La patraña, Testamento tanguero, Fujiyama, Vuelve la serenata, Vals del Carnaval, Milonga del Mayoral, Milonga que manda truco, Milonga de la Parda y La retrechera.

    Lo escrito hasta ahora, a partir de esa bronca o rebeldía aludida, no es gratuito.

    Jóvenes ambos, Cátulo y Troilo habían decidido escribir su primera creación juntos. Su origen se refleja en este diálogo que se hizo público:

    —Mirá, Gordo, tengo la letra de ese tango que queremos escribir. Quiero que sea para una mujer, pero, empezando por el nombre, para una mujer de acá… Un nombre con que bautizaban a una madre, una novia, una hermana… De tangos para francesas estamos hasta la coronilla… ¡Madame Ivonne, Claudinette, Mimí Pinzón…! Que se llame María…

    A Troilo le gustó la idea, rodeó al poema de una melodía exquisita y estrenó el que hoy es un clásico en Radio El Mundo, donde trabajaba, con la voz de Alberto Marino, en febrero de 1940. La presentación ante público fue recién en setiembre de 1945 y la grabación, con los mismos intérpretes, un año más tarde en discos de Víctor. Enseguida vino el primer aluvión de grabaciones de otros artistas: Fiorentino con su orquesta, dirigida por Astor Piazzolla, Libertad Lamarque, Francisco Canaro con Alberto Arenas y —esto no deja de sorprender, pues el cantante ya era famoso en Argentina y había sido elogiado por Gardel— Óscar Alonso, con guitarras, aquí, en nuestra querida Montevideo.

    Al paso de los años se agregaron Jorge Vidal, Néstor Fabián, Astor Piazzolla con Nelly Vázquez, Floreal Ruiz, Edmundo Rivero, Alberto Marino como solista, Roberto Rufino, Goyeneche, Julio Sosa —en la que hay consenso ha sido hasta hoy la mejor versión, con Leopoldo Federico y un recitado inicial creado por el propio hijo de Las Piedras—, Susana Rinaldi, Plácido Domingo, Johnny Albino en ritmo de bolero, el grupo vocal Gotán y, de modo instrumental, el maestro uruguayo Agustín Carlevaro.

    Y ahora… usted dirá, lector… ¡otra vez! Sí, otra vez hay una curiosidad que merece recordarse.

    Cuando Cátulo y Troilo crean María, ya circulaban en el reportorio de los tangueros, desde años antes, varios temas que llevaban el mismo nombre: un estilo de Carlos Hernani, una habanera de Antonio Polito, un vals criollo de Juan de Dios Filiberto y Juan Velich y una polca hecha en el exterior por un ignoto compositor llamado Will Gross, traducida por Enrique Cadícamo y musicalizada por Enrique Rodríguez, que la grabó con la voz de Armando Moreno. Y para cerrar la fila, casi una década después, apareció María, un poema de Héctor Gagliardi, el Triste, que alcanzó inmediata popularidad.

    Tampoco debe olvidarse que María aparece, cantando Goyeneche, en una bella escena de la película Sur, de Pino Solanas.

    El vuelo poético alcanzado por Cátulo Castillo, envuelto en la soberbia melodía de Troilo, es uno de los grandes clásicos del tango de todos los tiempos:

    —Acaso te llamaras solamente María… / No sé si eras el eco de una vieja canción, / pero hace mucho, mucho, fuiste hondamente mía / sobre un paisaje triste, desmayado de amor. / El otoño te trajo mojando de agonía / tu sombrerito pobre y tu tapado marrón… / Eras como la calle de la melancolía / que llovía, llovía, sobre mi corazón (…) María… / La más mía, la lejana… / ¡Si volviera otra mañana / por las calles del adiós!

    Según Óscar del Priore, la heroína de este tango inspiró a Juan Gelman un bello poema que tituló Cierto, en su elogiado libro Partes:

    —La encontraron un día en un gotán, / se llamaba María, la pura, la más mía, / y por debajo de ala / o de porción de útero muy fino, / ella acababa su mujer / ante el aplauso ciudadano. / Si habrá movido otoños con su voz, / pasiones con su tez, / pañuelos con su tos. / La más mía era pura en ese entonces / y le hicieron mal como sucede / entre el rímel, los hombres, los años, el banlón / y esta vida tan llena de ansiedad…

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