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    La mesa está servida

    N° 1993 - 01 al 07 de Noviembre de 2018

    La reciente elección presidencial en Brasil ha dejado en evidencia, nuevamente, el poco respeto democrático que tienen y sienten, por la opinión mayoritaria de otras personas y por los legítimos pronunciamientos electorales que ocurren en otros países, los jerarcas del gobierno nacional y del Frente Amplio en general.

    Ya habían existido, varios días antes de las elecciones, insólitas y tristes declaraciones de dos ministros de Estado (nada menos que el canciller Rodolfo Nin Novoa y la ministra de Turismo Liliam Kechichian) y de hasta el propio presidente de la República, pero también se sumó después, al abanico de disparates, un audio de José Mujica que difundió poco antes de las elecciones el diario brasilero Folha de São Paulo (donde el popular Pepe sentencia que los seres humanos nos equivocamos muchas veces y recuerda que Adolfo Hitler llegó también al gobierno de Alemania por el voto popular) y una célebre referencia en twitter de la senadora Constanza Moreira, que ignorando aparentemente que el candidato triunfador logro más de 60 millones de votos, dijo que “nadie que esté en sus cabales democráticos puede estar festejando esto”. Hubo otros muchos pronunciamientos de otros dirigentes frentistas en la misma línea, pero la frutilla de la torta, como no podía ser menos, la pusieron los siempre demócratas amigos del PIT-CNT, que hicieron constar, con relación al resultado electoral, que “los demócratas estamos viviendo un día de luto”.

    Tanta coincidencia no es casualidad. Todos los opinantes están hermanados, sin duda, por una visión totalitaria de la realidad política, considerando que ellos son los dueños de todas las verdades y que tienen derecho a opinar, aun cuando se trate de situaciones resueltas en otros países por sus propios y soberanos ciudadanos, dictando cátedra y dando soberbios sermones, demostrando un enorme desprecio por decisiones que les son ajenas y que fueron tomadas, además, en el marco de legítimos procesos electorales. El tema no es ya Bolsonaro, quien, por otra parte en su primer discurso se obligó a respetar la ley y la Constitución y a gobernar para todos los brasileños sin excepciones, sino el valor incontrastable que tiene y merece la opinión mayoritaria y demócrata del pueblo brasileño, que resolvió con autoridad y por amplio margen, en ejercicio de sus derechos soberanos. Se puede coincidir con ellos o no y se puede pensar lo que se quiera sobre Bolsonaro, pero no puede nadie pretender darles lecciones a 60 millones de personas sobre cómo decidir sobre su país y su futuro. Menos, por cierto, para quienes nunca hablaron de luto o cosas parecidas cuando en nuestro país llegó a la presidencia un terrorista que se había alzado para derrocar las instituciones democráticas, o cuando en Venezuela se sufre una tiranía sangrienta y corrupta sobre la cual sugestivamente no se animan a hablar, invocando el principio de no injerencia en asuntos de otros países. Ni que hablar, por supuesto, de la vergüenza que genera —en serio— que Maduro haya sido de los primeros en saludar a Bolsonaro por su triunfo y Vázquez de los últimos.

    Es claro que están perdiendo la brújula y cunde el desconcierto. Se siguen abrazando de una absurda hermandad ideológica que ya está en franca retirada, desconociendo todos los cánones de la diplomacia y del respeto necesario entre países hermanos y socios (ahora están debajo de hasta Venezuela en el buen uso de criterios diplomáticos), no solo quedando mal en lo personal y generando lógicas reacciones (Bolsonaro llamó a todos los presidentes de la región antes de las elecciones pero no llamó a Vázquez), sino comprometiendo la necesaria buena relación que Uruguay debe mantener con un vecino de las dimensiones y de la importancia de Brasil.

    El gobierno y los dirigentes del Frente Amplio demuestran, con sus errores y un posicionamiento cada vez más radical, que día a día están más aislados y alejados de la realidad. El ciudadano de a pie no los interpreta ni los entiende y ellos siguen abrazándose a los hermanos ideológicos, por más que estos sean corruptos y hayan generado inseguridad, violencia y pobreza en sus países, sin asumir que en toda la región se proclama un enorme BASTA y que esa torpe identificación los condena irremediablemente. Se ven venir el cambio y quieren parar la rueda, temerosos ciertamente de que esta oleada se los lleve puestos también a ellos, pero están del lado equivocado.

    La realidad parece señalar y las encuestas así lo ratifican, que están dadas las condiciones para que, en las próximas elecciones, se verifique una saludable y necesaria alternancia en el poder. Hoy, la opción del Frente Amplio viene casi 10 puntos debajo de las preferencias que recibía en las encuestas a octubre de 2013 y los blancos están casi a la par de ellos, con diferencias que quedan dentro del margen de error de toda muestra estadística. Los colorados vienen terceros, pero sumando casi un 10% adicional que puede ayudar —y mucho— de cara a la segunda vuelta. Otros partidos de oposición suman otros puntos que, seguramente, pueden ser desequilibrantes para la definición final. Las matemáticas dan para esperanzarse, pero sin duda falta algo más.

    Más allá de lo que digan los números y de que todo estaría indicando que la mesa está servida para que la oposición llegue al gobierno, es necesario que los partidos que la integran, más allá de sus lógicos y naturales matices, pueden mostrar fortaleza y unidad para impulsar juntos, de la forma que con más respaldo institucional se pueda implementar, los cambios necesarios que el país requiere. Es hora de que en la oposición entienda que ahora la cosa no es todos contra todos y que, para ser realmente opción de gobierno, deben mostrar coincidencias esenciales en los grandes temas y, a su vez, la determinación necesaria para acordar, antes de las elecciones, las acciones conjuntas que hay que promover. El votante quiere, hoy, no solo votar a un candidato que le guste, sino a un candidato que pueda mostrar una base amplia de sustento y respaldo político, de cara a una definición en la que nadie, por sí, tendrá mayorías absolutas.

    Tampoco ayuda, obviamente, que en vez de unidad y sentido solidario, surjan cada tanto diferencias y rencillas inexplicables. Es hora de que los blancos abandonen su reconocida tendencia, casi suicida, a discrepar entre ellos y a salir en forma permanente a pelear a las cuchillas. Tampoco es sano que la renovación colorada, para afirmar su legítima aspiración de consolidación propia, utilice mensajes excluyentes poco simpáticos —y hasta agraviantes— hacia otros sectores del partido. Si no somos capaces de construir, en los grandes partidos de la oposición, más allá de diferencias y de posicionamientos propios que son naturales y legítimos, un sentido de unidad y causa común, estaremos comprometiendo el éxito que hoy parece estar al alcance de la mano.

    No es la hora de protagonismos o personalismos inconducentes. Es la hora de tener grandeza y buscar saludables alianzas, entre todos los que nos identificamos por resaltar y jerarquizar los mismos valores y principios esenciales de democracia, república y libertad, asumiendo que el pueblo quiere unidad, certezas, proyectos claros y sustentables y políticos comprometidos con un programa conocido y confiable, que actúen con respeto y una sentida y clara fraternidad.

    La mesa está servida, pero, para llegar a probar los manjares, será necesario que todos asuman, por el bien del país, que es tiempo de unidad y no de peleas.