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    La ministra Azucena Arbeleche

    Sr. Director:

    Viendo en alguna prensa las injustificables críticas al impecable informe de la ministra Azucena Arbeleche, me aparecen en la memoria algunas de las trabas que aún tenemos, en lo cultural y en lo mental, para ser la sociedad desarrollada que merecemos ser.

    Cuando a los 11 años ingresé a la escuela República Dominicana, descubrí que aún no tenía abanderados. Yo amaba la bandera de la patria con el sol, era el cielo azul, las nubes y la gloria de Dios brillando en su esplendor.

    Durante ocho meses luché peleando cada día para merecer ser abanderado.

    Preparaba los fines de semana las lecciones del lunes, leía en la biblioteca las historias, buscaba en el mapa las ciudades, me anotaba en todos los llamados a voluntarios: cuidar la puerta en los recreos, comité de la Cruz Roja, seguridad en el tránsito para las entradas y salidas, atendía el sistema de parlantes para poner música en las entradas y salidas, y en los actos. Hasta disc jockey, para poner la Marcha de Tres Árboles que sabía le gustaba a la directora.

    No peleaba por nada, cuando el guaso de Fernando me dio una patada e insultó en la fila, me tragué las lágrimas hasta quedar como cobarde, pero no le di la piña que se merecía.

    Cuando la maestra dijo que para la fiesta de fin de año se nombrarían abanderados en la clase, me senté derecho, hasta ser escolta de la de los Treinta y Tres sería un honor para acordarme siempre. O la bandera de República Dominicana, que es la única en el mundo en que está la Biblia.

    Fueron nombrados todos, la penúltima, Graciela, que era la mejor alumna, fue nombrada para Artigas.

    Me preparé para pararme, era mi turno, y en un segundo que no olvidaré nunca, quedé casi parado y congelado en el tiempo. No era yo, era otro. Había quedado fuera.

    Desde el último asiento por la Z, vi como toda la clase se daba vuelta y me miraba a mí, no a la maestra, con ojos grandes de asombro. Ya habían visto mi esfuerzo, y entendían lo que me pasaba por la cabeza.

    Pero no dije nada, quedé mudo.

    El padre de otro niño, dirigente del fútbol, le había hablado a la maestra y la convenció de que sería buena idea darle una sorpresa al pobrecito, que había estado deprimido.

    Recién ahora, tantos años después, puedo entender la lección, y comprendí que esta forma de pensar debe cambiarse para que no nos pase más y seamos desde ahora cada vez más honrados para seguir creciendo hacia un país modelo y desarrollado.

    La lección es: no confíes en nadie, solamente en Dios. Y nunca mientas, para ser honrado, y elige para tu representante, no importa lo que opines, a personas que sean honradas, que no roben y que no mientan. Y no se dejen engañar o comprar. Y que por lástima hacia alguien no terminen lastimando a otros.

    La ministra Arbeleche ha sido un ejemplo para el mundo, incluso Astori la llamó en el 2005 para el manejo de la deuda. Y antes, Alfie, en el 2001.

    Si Uruguay fuera ya el país desarrollado que soñamos, con mejores oportunidades aún de las que los inmigrantes vienen a buscar, sería un pedido común de todos los partidos que fuera ella quien aceptara ser la cabeza del Estado. Como fue Angela Merkel en Alemania por dieciséis años.

    Ing. José M. Zorrilla