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    La moderación no vende

    Columnista de Búsqueda

    Nº 2123 - 20 al 26 de Mayo de 2021

    Una de las cosas que siempre me ha impactado del Mensaje al siglo XXI de Isaiah Berlin es su convencida modestia. Lejos de los manifiestos políticos incendiarios, esos que confían ciegamente en las virtudes de sus ideas y consideran al resto una especie que debe ser extinguida, en su mensaje escrito en 1994 Berlin propone moderación, negociación y humildad. El problema es que esos conceptos, que son el opuesto de cualquier gesto belicoso, suelen ser valorados solo de la boca para afuera. O, mejor dicho, suelen valorarse solo cuando se habla de ellos en abstracto o de manera genérica, pero casi nunca son practicados en los hechos, cuando efectivamente hay que negociar, cuerpo a cuerpo, cara a cara.

    Para Berlin, “la idea de que a todas las preguntas genuinas corresponde solo una respuesta verdadera” es falsa y no solo porque “las soluciones que ofrecen las distintas escuelas de pensamiento social difieren, y ninguna de ellas puede demostrarse a través de métodos racionales, sino por una razón más profunda”. También porque los valores por los que se han regido y se rigen los hombres no siempre armonizan entre sí. “El hombre siempre ha añorado libertad, seguridad, igualdad, felicidad, justicia, conocimiento, etcétera. Pero la libertad absoluta no es compatible con la igualdad absoluta: si el hombre fuera libre en su totalidad, los lobos estarían en libertad de comerse a las ovejas. La igualdad perfecta significa que las libertades humanas deben ser restringidas para que a los más diestros y a los más dotados no se les permita avanzar más allá de quienes inevitablemente perderían si hubiese competencia… La justicia siempre ha sido un ideal de la humanidad, pero no es del todo compatible con la misericordia. La imaginación creativa y la espontaneidad —espléndidas en sí mismas— no pueden reconciliarse del todo con la necesidad de planear y organizar, con el cálculo cuidadoso y responsable”, dice en su texto el pensador, nacido en Riga en 1909 y fallecido en el Reino Unido en 1997.

    La clave, dice Berlin, “es establecer compromisos, compensaciones, medidas para evitar que ocurra lo peor. Te doy tanta libertad a cambio de tanta equidad; tanta expresión individual a cambio de tanta seguridad; tanta justicia a cambio de tanta conmiseración. Lo que quiero decir es que algunos valores chocan entre sí. Los fines que perseguimos los seres humanos están generados por nuestra naturaleza común, pero su exploración tiene que controlarse hasta cierto grado: la libertad y la búsqueda de la felicidad, repito, pueden no ser del todo compatibles una con otra, así como tampoco lo son la libertad, la igualdad y la fraternidad”.

    Las citas previas son extensas, pero creo que resumen bien la clase de moderación que señalaba al comienzo. No hay nada encendido ni glorioso en la idea de construir una vida política común con base en compromisos modestos y negociados. En un mundo en donde la política es un objeto de consumo más, en donde se vende el coche más rápido, el yogur más sano, el viaje más exótico, en donde lo central es la realización sin límites de la utopía personal, la contención, la limitación, suenan increíblemente poco atractivas. En un mundo en donde el consumismo terminó siendo primo hermano del narcisismo, difícilmente alguien votaría a quien le dijera: “Mirá, es evidente que no va a salir el 100% de lo que propongo, viste cómo es, vivimos en un mundo diverso de verdad, la gente tiene distintas aspiraciones y quiere distintas cosas. Yo a lo que me comprometo es a llevar las ideas a los ámbitos de discusión adecuados e intentar que salgan adelante en la medida de lo posible”. ¿Quién te va a votar si lo que proponés no se parece en nada a la gloria brillante y absoluta que ofrecen los otros candidatos, a la tecnología lustrosa que modela nuestros días, al consumo como destino de vida?

    El gran problema que tienen las ideas modestas o moderadas es que no venden en la arena política de nuestras democracias de mercado, en donde los candidatos se promocionan y consumen como si fueran el más fresco enjuague bucal o el mejor desodorante. Es más, muchas veces la moderación es llamada “tibieza”, como si ser “tibio” fuera algo negativo, un insulto. Como si buscar las zonas de conexión con los otros, los que de verdad piensan distinto, fuera un problema, uno que debe ser solucionado prendiendo fuego la pradera y eliminando a quien piensa distinto. O reeducándolo, que es otra forma de eliminarlo. Irónicamente, quienes suelen pararse en posiciones más duras, más “calientes”, muchas veces son personas que a lo largo de su vida no han tenido que atravesar situaciones de violencia social extrema, como una guerra o una dictadura. Gente que goza, parada en medio del paisaje, de todas las ventajas que tiene la vida en democracias consolidadas como la nuestra. Y desde ese lugar al sol se pone a desgranar el detalle de todas las sombras que logra identificar con la cámara de su iPhone.

    ¿Es todo este argumento un llamado a no hacer nada? No. ¿Estoy diciendo que vivimos en el mejor de los mundos posibles? Para nada, vivimos apenas en el mundo que nos tocó, uno que es mejorable en todos los sentidos que se quieran imaginar. Pero la única forma de hacerlo efectivamente mejor es asumiendo que nuestras ideas son apenas una parte de las ideas existentes. Que sin negociación lo que hay es conflicto descarnado y, muchas veces, violencia. Claro, esta idea, moderada, choca de frente con la lógica del consumo que nos seduce (¿impone?), con una realidad en donde el paraíso de los objetos de consumo está al alcance de una tarjeta de crédito. O de débito, si es que hay teca en la cuenta. En donde los políticos suelen comportarse como el más burdo vendedor de crecepelo y no como los representantes que se supone son. Ojo, los políticos no crecen en los árboles, salen de la misma ciudadanía que los vota y no suelen alejarse demasiado de las ideas que, de manera brumosa o no, tiene esa ciudadanía. En todo caso, no es un tema de culpas: nos metimos juntos en esta ratonera y aquí estamos.

    En el final de su excelente texto, Berlin señala su convicción de que el siglo XXI será mejor que el XX e incluso cree detectar trazos de racionalidad crecientes en la realidad, un progreso de las democracias liberales y un declive de las tiranías. Pobre, incluso anuncia que a China no le falta tanto para entender de moderación. ¿Qué pensaría Berlin hoy cuando el modelo totalitario, de control absoluto y brutal (con campos de reeducación incluidos) de China es usado como ejemplo de lo bien que se pueden hacer las cosas cuando uno se propone ser de verdad caliente y no tibio?

    “Somos los hijos del hormigón y el acero. / Este es el lugar donde se esconde la verdad. / Este es el momento en que se revela la mentira. / Todo es posible, pero nada es real”, cantaban los Living Coloür en su tema Type, escrito en los mismos años 90 en que Berlin escribió su mensaje. Tristemente, los metaleros parecen haber acertado más que el sabio.

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