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    La muerte y los libros

    Columnista de Búsqueda

    N° 1855 - 18 al 24 de Febrero de 2016

    La ucronia es el vano ejercicio que pretende conjeturar qué hubiera ocurrido en el mundo si un acontecimiento del pasado —persona, situación o fenómeno— no hubiera tenido lugar; que habría pasado si Marco Antonio y no Octavio ganaba la batalla de Actium, cuál hubiera sido la suerte de la civilización sin la palabra de Elena en el alma de Constantino, qué habría sido del orden europeo sin el descubrimiento de América; en fin: de qué modo sería calamitoso nuestro destino si nunca hubieran aparecido en la escuela de traductores de Toledo, en tiempos de la reconquista, los escritos de Aristóteles.

    Ciertas coincidencias de dos convenciones, el calendario y el sistema métrico decimal, nos indican que este año tenemos tres aniversarios importantes —nada menos que los 400 años de la muerte de Shakespeare y de Cervantes, y 30 años de la muerte de Borges— que nos invitan, casi nos obligan al juego de la ucronía, es decir, nos proponen pensar con vértigo en lo terrible que habría sido nuestra existencia si esas personas no hubieran existido. Por eso recordamos su muerte casi con agradecimiento, no porque nos alegre que se murieran, sino porque el hecho de la muerte nos da noticia de su vida, nos informa que estuvieron entre nosotros y se hicieron tiempo para prodigarnos la variedad infinita de su espíritu.

    Cervantes, Shakespeare y Borges comparten la misma estrella, y tal vez ardieron con fuegos análogos. Las combinaciones son curiosas; por ejemplo: Cervantes, como Borges, es del linaje de los poetas a los que la lectura transfiguró; sus alientos iniciales empezaron por la admiración de textos, por el estudio aplicado y pasional de ciertos autores, por la imitación sin culpa de estilos y modelos. Dante, Bocaccio, Petrarca (solamente en la juventud) y abiertamente Ariosto se hicieron con el alma de Cervantes en muy poco tiempo; los pocos años de vida italiana que tuvo fueron suficientes como para que nunca pudiera abandonar esa geografía de las cosas del querer. En la guerra, en la cárcel, en el destierro que significó el duro trajín de la nostalgia y de la incertidumbre, escribiendo de a ratos y deambulando por trabajos sin emoción ni dignidad, llevó Cervantes el peso de ese primer amor que fue la literatura de Italia. Cuando se encontró con Quijote, que, como él, estaba estrechado en un territorio pero no sabía de fronteras, venció la soledad y pudo discurrir sin límites por entre los textos que tanto amaba; los dejó entrar en las páginas que estaba escribiendo con ardor y alegría, los dejó reverberar en voces distintas y en giros intencionados, siempre reflexivos, de su novela interminable.

    No es muy diferente el destino que marcó a Borges, también devoto y tributario de sus lecturas; también expatriado en cualquier parte. Alguna vez dijo que se figuraba el paraíso bajo la forma de una biblioteca; y, como Montaigne, reconoció en el trato con los libros el principio y posiblemente toda la experiencia de la felicidad. Berkeley, Stevenson, Emerson, Mark Twain, Schopenhauer, Spengler, entre cientos o miles, le fueron trazando el camino hacia el centro de sí mismo, hacia el álgebra recóndito de un discurso que nunca quiso disimular su reverencia, sus influencias. Leer a Borges es leer su ilimitada biblioteca, visitar los rincones de una memoria tumultuosa y agradecida que, como el Quijote, permanentemente tiene a la vista una evocación, un signo, una pista de algo que viene de otro lado más querido, más leal que la propia realidad; que viene de otro libro.

    Lo de Shakespeare, lector desparejo de Montaigne y tal vez de Séneca, va por otro rumbo. No es la cultura, no es la memoria, sino el misterio de la totalidad, del absoluto. La escritura de Shakespeare ni siquiera es escritura, es parlamento, libreto para una ocasión de dos o tres noches de tensión y de gloria, y poca cosa más; pero es un parlamento que como la ínfima esfera del decimonono escalón del sótano de la casa de la calle Garay, lo dice todo. Lo que hizo Italia en Cervantes, lo que Borges trabajosamente encontró en los pacientes anaqueles, Shakespeare lo capturó en un solo trazo de asombro, en la frase exacta, en la escena que es una rosa universal donde la vida se abre, se despliega y se vuelve hacia sí misma con asombro, con desprecio, con ternura. Shakespeare vio en los libros tan solo un punto de partida para ver la vida, apenas se quedó en ellos, guardó poco de lo que tenían para decirle, porque su voz sonaba más fuerte; para Cervantes los libros fueron la cuarta dimensión de la vida al principio trepidante y luego anodina que le tocó en este avatar; no como para Borges, que no conoció, que no quiso conocer otra vida que no estuviera contenida en las muchas páginas que santificaron sus vigilias.

    Los tres se fueron de este mundo y nos dejaron palabras con las que en cada generación, con esperanza y porfía, intentamos construir el mundo; hacerlo posible. Este año dedicaré casi todas mis intervenciones a celebrar la dicha de haberlos conocido.

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