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Nadie duda de la capacidad técnica de los cuatro músicos que tocaron el viernes 16 en el Metro, y mucho menos de la estatura de Herbie Hancock como compositor y pianista, uno de los más destacados del jazz contemporáneo. Pero el recital tuvo de todo, de lo bueno y eficaz y de lo transitado y malo.
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Para empezar, es una completa ridiculez, una total imbecilidad que ni un solo cartel, ni el más pequeño afiche, ni la más miserable de las hojas escritas con lapicera anunciara que esa noche estaría allí, en ese escenario de la calle Michelini y San José, el señor Hancock. Las marquesinas exhibían hipnotizadores, programas infantiles, comedias ligeras, fiestas de la nostalgia, pero de Hancock, nada.
Cuando Vinnie Colaiuta se sentó a la batería y comenzó a darle a los parches, ya se intuía lo que vendría después: un toque poderoso, una propuesta con varias vertientes musicales donde el funky, la fusión, el jazz y la electrónica estarían presentes.
Lo bueno consistió en que cada instrumentista demostró su condición de capo. Los dedos de James Genus se movían con asombrosa facilidad, aunque casi siempre buscando un sonido a lo Jaco Pastorius, el hombre que revolucionó el bajo eléctrico y estableció un listón que casi ningún bajista puede superar. Con excepción de Steve Swallow y Stanley Clarke, y tal vez de Marcus Miller, da la impresión de que los bajistas eléctricos de jazz están condenados a ser hijos de Pastorius por los siglos de los siglos.
El percusionista Zakir Hussain fue el responsable de uno de los grandes momentos del concierto: su solo de tablas y voz fue sencillamente magistral. Hancock no paraba de elogiarlo.
“Cantalope Island” también destacó por su hipnótico ritmo y swing, con Hancock comandando las cosas desde el piano acústico. Es uno de los tantos y tan buenos temas que ha escrito el pianista, como “Speak like a Child” y “Maiden Voyage”, que ejecutó desde un piano intimista, concediendo el pasaje más delicado del recital.
En cambio, no fue particularmente creativa su versión de “Watermelon Man”, tal vez la canción que más veces ha interpretado y que mayores regalías le ha dado en su carrera musical.
Y ahora lo malo: cada vez que Hancock se sentaba a jugar con sus juguetes electrónicos. Entendámonos: no estoy hablando del Hancock que usa los enchufes para hacer música en serio sino el que apela a 220 (o 110) para configurar panoramas cósmicos y experimentar boludeces. Cuando empleó el recurso vocal sintetizado, el resultado fue un sonido de reminiscencias disco y frontal mal gusto, una berretada. Y otro tanto ocurrió cuando se largó a desgranar climas ambientales —y ambientados— con su aparataje de programaciones. Insufrible. Para levantarse e irse a fumar un cigarro hasta que el tipo la cortase con los chiches.
Nuestro hombre tiene 73 años pero parece mucho menos. En particular cuando lo vemos colgarse el teclado y salir al palo y palo con los otros músicos. Admirable, de acuerdo. Pero cuando se sienta a jugar con la electrónica, allí le sale el niño. Y se puede poner insistente.