N° 1969 - 17 al 23 de Mayo de 2018
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáComo millones de alemanes de su generación, Martin Heidegger acompañó la promesa redentora que por entonces y por resignación significaba el nacionalsocialismo, minoría mayor del imposible cuadro de crisis material, política y moral que atravesaba Alemania y que últimamente se había agudizado con el crecimiento extraordinario de las fuerzas comunistas.
El 30 de enero, luego de una compleja negociación de facciones políticas, Hitler asume como canciller de Alemania; a los pocos días, su partido empezó a tomar eficaz control de todos los mecanismos y flancos de poder y se propuso llevar adelante cambios revolucionarios en el sentido trágico que más tarde quedaría en evidencia.
La Universidad de Friburg no escapó a esos empujes y debió soportar que el candidato a rector propuesto por los docentes fuera vetado por las nuevas autoridades; este profesor, que era colega y amigo de Heidegger, propuso al filósofo para ocupar el cargo que le habían asignado y no le permitían asumir. El cuerpo docente estuvo unánimemente de acuerdo con que fuera Heidegger el rector y no cualquiera que los nazis decidieran. Es así como el pensador termina asociado a la estructura de poder del nazismo, siendo que fue impulsado por sus pares sabiéndolo leal a los principios universales y humanistas de la universidad. Apenas asumió, Heidegger advirtió que no podría inducir ningún cambio y también que no aceptaría jamás privar a nadie de enseñar o de aprender en razón de su condición étnica o de sus ideas; que jamás prohibiría la lectura de un libro, cualquiera fuera su contenido. Comprensiblemente, a los ocho o nueve meses renunció al rectorado.
Ese período y el que le sigue le han merecido unos cuantos comentarios y enojados apuntes en sus Cuadernos negros 1931-1938. Copio de la página 134: “28 de abril de 1934. He puesto mi cargo a disposición, porque ya no me era posible asumir la responsabilidad. ¡Viva la mediocridad y el ruido!”. Considera Heidegger que lejos de implicar un cambio hacia una categoría superior, como muchos esperanzadamente creyeron, el nacionalsocialismo le venía pareciendo un ejercicio superfluo y ruidoso en poco diferenciado del discurso con el que supuestamente se antagonizaba: “La degradación socialista, que ahora se ha vuelto usual, de todo lo superior y lo único: lo que no sirve a la comunidad del pueblo no vale nada. ¿Pero cómo? ¿Por qué vías se establece y en general se concibe este servicio? ¿No significa solapadamente: lo que cualquier oveja no puede tragarse enseguida y sin esfuerzo, y sobre todo lo que no quiere tragarse —en función de su hocico y de su estómago—, justamente eso no está al servicio del pueblo?” (pág. 148).
En la misma línea de indignación escribía en secreto un poco antes que constituía una ofensa y un peligro el desborde de lo estatal sobre todas las áreas de la vida, en especial sobre la creación y el pensamiento: “Arrastrar todo a lo público significa aniquilar toda existencia real. Al fin y al cabo, todo esto no es más que un marxismo invertido” (pág. 131). Ve con perplejidad y alarma el curso que van tomando los acontecimientos por parte de un partido en el que confió como posible liberación de las precedentes tiranías de la miseria, de la humillación y de la desnaturalización nacional y colectiva; advierte que la dirección adoptada choca contra las sagradas columnas de la libertad y de la dignidad de la cultura y de las personas: “En una época en la que al boxeador se le considera el gran hombre, honrándosele con los honores habituales, en la que la hombría puramente corporal en toda su brutalidad se considera heroísmo, en que al paroxismo de las masas se lo hace pasar por comunidad, y a esto en fundamento de todo… ¿qué espacio queda entonces para la metafísica?” (pág. 150). La pregunta no espera respuesta; le consta a Heidegger que ya no hay lugar para el pensamiento esencial porque la política lo absorbe todo, incluso, y principalmente, el pensamiento. En la página 248 escribe algo que afortunadamente nunca llegó a los ojos de los amos del juego, a Goebbels y su banda de servidores: “Una ‘política cultural’, suponiendo que la ‘cultura’ pueda considerarse en general criterio de la existencia histórica, es un indicio de cultura desvirtuada. La ‘política cultural’ es el último tapujo de la barbarie.”
Estas últimas palabras tienen una dolorosa y verificable supervivencia.