N° 1988 - 27 de Setiembre al 03 de Octubre de 2018
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLa construcción que el Otro hace de nosotros es una celda cuya puerta siempre está abierta. Por distracción, por vanidad, por obediencia pasiva, por falta de reflejos libertarios y por tantos otros motivos que escapan a la comprensión enumerativa a menudo creemos que esa puerta está tapiada y que es imposible escapar, que nada podemos hacer sino servir al personaje cuya máscara coincide con nuestro rostro. Somos, de esa manera, los que discurren sin finalidad ni causa, los que van en fila a todas partes, los que aceptan y repiten y conceden y no se atreven a preguntar; los que engrosan la lista de los que faltan a la cita del destino.
Lo peor de esa subyugación estriba en su poder embriagante. Creemos que haber engendrado una opinión en Otro, haber despertado su admiración o su atención o su curiosidad, haber acomodado el cuerpo al molde que torpemente el Otro ideó es una forma de estar en el mundo, de justificar y hacer notar nuestra presencia. La fama es eso; la fama es esa parte que enajenamos para sentir que somos. Una variante de la huida, de la pobreza, de la inautenticidad. Fama y persona no son la misma cosa; no solo no lo son, sino que además entran fatalmente en discrepancia. Fama es habilitación del fantasma producido por Otro sobre retazos recogidos al azar o al capricho; persona es lo que elegimos ser a cada paso. La fama nos hace visibles para el mundo, previsibles para los cercanos, suavemente manejables. La persona, en cambio, es misteriosa, recóndita, inaccesible. En la elección entre persona y fama, persona se lleva la parte de la libertad y de la identidad; fama se lleva los lazos que el Otro tiende sobre nuestros cuello, brazos y pies.
Sobre este asunto medita Orlando, la criatura de Virginia Woolf, en un pasaje revelador de su propia existencia. Esta novela es fascinante por muchas razones, siendo la primera tal vez la escritura; pero le sigue muy de cerca en jerarquía su carácter reflexivo, esa rara y natural capacidad que tiene para integrar en lo dramático el relato interpelante sin por eso afectar el clima de la narración.
Veamos el tratamiento de la señalada dicotomía entre fama y persona; veamos de qué manera la plantea. La situación es la siguiente: Orlando, una vez que se hubo desengañado de la hipotética coincidencia entre el artista, la fama y la obra se encerró con sus pensamientos y tomó conciencia de que hasta el momento había sido guiado no por el vértigo de crear, sino por el afán de conducir su nombre al camino que lleva al Olimpo y al aplauso. La experiencia finalmente desagradable con un escritor (Greene, personaje de ficción) le demostró que la relación entre la pluma y el papel es diferente a la relación entre el escritor y el mundo cotidiano que habita. La palabra desacralización se aproxima bastante a la revelación que entonces tuvo Orlando.
“Pero Orlando seguía pensando. Tenía mucho en que pensar. Pues al hacer pedazos el pergamino, había desgarrado de un tirón el rollo rubricado y sellado que había expedido a su favor, en la soledad de su alcoba, nombrándose —como Rey que designa Embajadores— el primer poeta de su linaje, el primer escritor de su tiempo, confiriendo a su alma eterna inmortalidad y a su cuerpo un sepulcro entre laureles y las banderas intangibles de la perpetua reverencia de un pueblo. Por elocuente que todo eso fuera, lo hizo pedazos y lo arrojó al canasto. ‘La fama —dijo— es como (y desde que no lo atajaba Nick Greene se desató en imágenes, de las que apenas elegimos un par de las más tranquilas) una chaqueta recamada que entorpece los miembros, una cota de plata que oprime el corazón, un escudo pintado que cubre un espantapájaros’, etc., etc. Esas comparaciones querían insinuar que si la fama estorba y aprieta, la oscuridad teje una bruma alrededor del hombre; la oscuridad es amplia, sombría y libre; la oscuridad deja que el alma siga su camino. Sobre el hombre ignorado se derrama la piadosa efusión de la oscuridad. Nadie sabe de dónde viene ni a dónde va. Puede buscar la verdad y decirla; solo él es libre, solo él es verídico, solo él está en paz. Así se apaciguaron sus pensamientos, bajo la encina, cuyas duras raíces sobresalientes le parecían más bien cómodas”.
La controversia, como se advierte, se resuelve inteligentemente sin interrumpir el discurso. Y todo queda dicho y sellado sin lugar a segundas interpretaciones. Virginia Adelina es sencillamente única en el arte de la exactitud conceptual y expresiva.