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    La otra Última copa

    Nº 2114 - 11 al 17 de Marzo de 2021

    Descreo de que haya algún uruguayo gustador del tango que no recuerde, con admiración y cariño, a Luis Caruso, apodado Carusito, y a su orquesta típica.

    Caruso nació en Buenos Aires, en Villa Crespo, el barrio de Pugliese, en 1916, y murió en Montevideo en 1981. Su tío Luis Servidio, músico experimentado, le enseñó a tocar el bandoneón de niño y lo integró a una orquesta infantil que patrocinaba. Sin embargo, al llegar a superar la adolescencia, Caruso intentó otras posibilidades sin tener la repercusión que buscaba. Entonces, al cumplir veinte años, se radicó en nuestro país hasta su fallecimiento.

    El historiador Néstor Pinsón lo pintó con sencillez y realismo: “El suyo fue un caso inverso a lo habitual. Durante las primeras décadas del siglo XX eran los jóvenes uruguayos dedicados al tango los que se mudaban a Buenos Aires, suponiendo hallar más lugares de trabajo y mayor repercusión. Luis Caruso hizo al revés. Y no le fue mal, pese a que la muerte cortó su trayectoria cuando aún estaba en plenitud”.

    Al año de su llegada a Montevideo, Carusito integró el Cuarteto Típico Pirincho, orientado por Juan Esteban Martínez —sin relación alguna con Canaro, pese al nombre del grupo, homónimo del apodo del famoso director, circunstancia tal vez debida a que ambos nacieron en San José—, que contaba con la voz de la joven Maruja Toledo. En 1938 se separó de Martínez y formó un trío con el pianista Juan Cao y el violinista Mario Orrico para acompañar a esa cancionista en Radio Carve. Luego tuvo un breve pasaje por la orquesta de Carlos Warren y a mediados de la década de 1940 formó su propia orquesta, donde figuró en el piano nada menos que Jorés Lamarque Pons, quien tenía una notoria formación en música clásica, y con la que hizo sus primeras giras a Argentina y Brasil.

    Fue en 1948 que se produjo el gran encuentro.

    Julio Sosa, cantor de Las Piedras, con el nombre artístico de Alberto Ríos ganó un concurso que le permitió ingresar a la agrupación de Hugo Di Carlo, pero, paralelamente, grabar para Sondor con Luis Caruso.

    Ahí nació, para muchos, el real despegue de Sosa que le abrió las puertas de Buenos Aires.

    Con Carusito, Julio grabó solo cinco temas. Suficientes, sobre todo porque entre ellos hay uno que más tarde se consideró “objeto de culto”. Repasemos: el candombe San Domingo, los tangos Una y mil noches, Sur y Mascarita y la joya del famosísimo La última copa, de 1926, pero en ritmo de vals. Hoy puede decirse que esa grabación es invaluable tanto por su audacia como, pese a todo, por el respeto logrado por la melodía y el sentimiento originales de la obra.

    Y surgen algunos entrelazamientos. Como siempre en el tango.

    La última copa fue armado con música de Francisco Canaro y letra de Juan Caruso —que no tenía lazos familiares con Carusito—, dupla que creó más de una veintena de clásicos. Acerca de este tema, el maragato dejó escrito:

    “Corría 1925. Yo estaba en París y Caruso me escribió pidiéndome música para una letra que había escrito para una obra teatral de Julio Escobar titulada La última copa. Era mi colaborador y amigo y cumplí, aclarándole que le dejara al tema el mismo nombre de la obra. Lo estrenó, con gran éxito, Agustín Irusta. Caruso fue un poeta nato, que podía poner versos adecuados, ingeniosos, hasta sobre creaciones más dramáticas, porque hay que recordar que La última copa no es de champán sino de veneno”.

    Y brindemos, nomás la última copa / que tal vez también ella ahora estará / ofreciendo en algún brindis su boca / y otra boca feliz la besará. / Eche amigo, nomás, écheme y llene / hasta el borde la copa de champán / que mi vida se ha ido tras de aquella / que no supo mi amor nunca apreciar…

    Un conocido escritor hizo en El Diario de Buenos Aires esta interpretación: “El personaje no puede darle a la mujer las comodidades que pretende y ella lo abandona y vuelve con su antiguo ‘protector’. El hombre, consumido por el desengaño, cita a sus amigos a una fiesta macabra y luego que alguien canta un tango de Canaro… bebe un veneno y muere rodeado de sus afectos, que rezan una plegaria”.

    Y uno piensa ahora, con emoción, cuánto valor artístico y, al mismo tiempo, respeto por la historia tuvieron Carusito y el inolvidable Julio Sosa para lanzarse a una hermosa creación “valseada” de tamaño episodio.

    Un episodio que no es posible imaginar sin vínculo con los dramáticos últimos días del cantor.

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