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    La peor combinación posible

    N° 1987 - 20 al 26 de Setiembre de 2018

    No es novedad que los mercados emergentes han estado en el ojo de la tormenta desde hace varios meses, aquejados tanto por factores propios o “idiosincráticos” (Turquía, Sudáfrica, Argentina, Brasil, etc.), como por un contexto económico y financiero a escala global nada favorable.

    De hecho, el contexto global es el peor en el que se pueda pensar para los mercados emergentes. Es que un escenario en que se recalienta la economía norteamericana y al mismo tiempo se desa­celera la economía china es la peor combinación posible. Esto es porque, por un lado, se genera una tendencia a la apreciación del dólar en los mercados cambiarios internacionales, una suba de las tasas de interés en Estados Unidos (EE.UU.) y un retorno de los capitales hacia ese país ante la reversión de los carry trades y, por otro lado, una presión a la baja en los precios de las materias primas (ya que el menor crecimiento de la demanda china acentúa el impacto de la apreciación del dólar). Para colmo de males, las políticas proteccionistas que está intentado llevar adelante el presidente Trump tienden en el corto plazo a acentuar esas tendencias.

    Y todo parece indicar que al menos por varios trimestres más, esta particularmente negativa configuración de fuerzas externas continuará vigente, manteniendo la presión sobre los países emergentes, especialmente aquellos que muestran más vulnerabilidades internas (monedas más “atrasadas” y pérdida de competitividad, altos niveles de déficit fiscal y de cuenta corriente de la balanza de pagos, altos niveles de deuda global y especialmente en dólares, bajo crecimiento del PBI o directamente recesión, etc.).

    El hecho de que todo apunta a que la Reserva Federal tiene la intención de subir las tasas de interés en EE.UU. de manera muy gradual, de que las autoridades chinas ya comenzaron a tomar algunas medidas para intentar estabilizar la desaceleración de su economía, de que todavía mucha gente piensa que hay chances de que al final se logre algún tipo de acuerdo en la llamada “guerra comercial” que limite los daños de un proteccionismo abierto, y de que el propio presidente Trump ha manifestado que no quiere ni un dólar muy “fuerte” ni tasas de interés muy altas, es de poco consuelo en el corto plazo. En el mejor de los casos lo que asegura es un poco más de tiempo para que los países con vulnerabilidades puedan corregirlas.

    En definitiva, hay que olvidarse del contexto de precios de las materias primas altos y de tasas de interés cero con abundante ingreso de capitales, que fue la explicación básica del “milagro” económico de los gobiernos “progresistas” en la región. Ello implica que habrá que ajustar los niveles de gasto público y privado, así como los precios, costos y salarios domésticos medidos en dólares. La única diferencia entre los diversos países será si ese ajuste se dará de manera drástica vía una gran devaluación porque se acaba el financiamiento externo de manera súbita (como es el caso de Argentina y en alguna medida también Brasil), o si se dará de manera gradual en el tiempo vía una prolongada recesión y deflación de precios internos porque se continúa teniendo acceso al crédito del exterior.

    De una u otra manera, la ilusión de ser “ricos” en dólares se va a terminar, porque los precios de los productos que producimos y exportamos ya no son lo que solían ser, y porque además los inversores del exterior ya no tienen tanto interés en traer sus capitales a la región y además se los comienzan a llevar, ya que ahora pueden conseguir rendimientos más atractivos en EE.UU.

    Y lo importante a tener en cuenta es que mientras se quiera estirar la ilusión de que seguimos siendo “ricos” en dólares y de que el PBI de Uruguay está más cerca de US$ 60.000 millones en lugar de US$ 45.000 millones, mayores serán las presiones recesivas que se enfrentarán en los próximos meses, al estilo de lo que ocurrió en 1982 y en 2002. La realidad externa cambió para peor (y respecto a la región para mucho peor), y lo hizo de manera permanente, y es absurdo seguir pretendiendo lo contrario.

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