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    La política monetaria en una encrucijada

    N° 1680 - 20 al 26 de Setiembre de 2012

    La decisión de la Reserva Federal (Fed) de Estados Unidos del jueves 13 en el sentido de iniciar una nueva ronda de “quantitative easing” (QE), comprando en principio U$S 40.000 millones por mes de “mortgage backed securities” (MBS) de manera ilimitada, así como la resolución esta semana del Banco de Japón (BoJ) de aumentar su propio programa de QE en unos 10 billones de yenes (pasando de 45 a 55 billones), a lo que también se agregan los anuncios del jueves 6 del Banco Central Europeo (BCE) de iniciar un programa de compra de bonos de los países altamente endeudados del Viejo Continente (aunque bajo determinadas condiciones y, en principio, de manera “esterilizada”), muestran a las claras el deseo de los principales países desarrollados de “reflacionar” sus economías.

    En el contexto de “trampa de liquidez” en el que todos los países desarrollados están operando, la efectividad de estas medidas monetarias “heterodoxas” o “no convencionales” depende básicamente de que, por un lado, con ellas se genere un “efecto riqueza” positivo (por el aumento de los precios de los activos reales y sobre todo financieros que podrían generar) que lleve a los consumidores y a los empresarios a gastar eventualmente más, y por otro lado de que con las mismas se logre una depreciación de las monedas locales que mejore la competitividad de los respectivos sectores exportadores, en un esquema de “devaluaciones competitivas” o “guerra de monedas”, como hace un tiempo las calificó el ministro de Economía brasileño, Guido Mantega.

    De hecho, la reacción inmediata del dólar luego del anuncio de la Fed la semana pasada fue profundizar su caída hasta los niveles más bajos desde comienzos de mayo, mientras que la movida del BoJ aparece claramente dirigida a debilitar al yen o, al menos, impedir que se aprecie más.

    En un contexto de demanda global deprimido por las consecuencias de la crisis financiera de 2008 y el incompleto proceso de “deleveraging” o “desapalancamiento” que todavía se debe procesar en Estados Unidos y en Europa, las “devaluaciones competitivas” aparecen como una forma de mejorar a corto plazo las perspectivas de crecimiento de aquellos países que son capaces de efectivamente devaluar sus monedas, más allá de que es obvio que todos al mismo tiempo no pueden hacerlo y por lo tanto a mediano y largo plazo es un “juego de suma cero”.

    En la región, Brasil ha sido el país que ha actuado de manera más fuerte para tratar de minimizar la pérdida de nivel de actividad y de empleo que potencialmente genera el deseo de los países desarrollados de devaluar sus monedas para, por esa vía, ganar competitividad, tomando una serie de medidas fiscales y monetarias con el objetivo de aumentar la cotización del dólar y mejorar a su vez, vía reducción de costos, la competitividad de las empresas locales. Nuevamente, a fines de la semana pasada y en la que corre, cuando el dólar amenazaba con bajar del nivel de dos reales, las autoridades intervinieron nuevamente en el mercado de cambios a través del uso de “swaps” para frenar la tendencia a la apreciación de la moneda brasileña e intentar mantener la cotización en la “zona de confort”, que parece estar en una banda entre 2 y 2,10 reales por dólar.

    La actitud proactiva de Brasil, y las tendencias que se generan a nivel de las nuevas medidas monetarias implementadas en el mundo desarrollado, ponen a Uruguay en una situación crecientemente complicada, dada la actual combinación de políticas económicas en aplicación, en un contexto en que el nivel de actividad se desacelera y al mismo tiempo la inflación se mantiene por encima de las metas oficiales (en buena medida por la inconsistencia entre la política fiscal y salarial con el objetivo de inflación establecido por las propias autoridades).

    Lo más lógico sería cambiar la política económica y seguir lo que ha estado haciendo Brasil; ajustar la ejecución del gasto público para generar un mucho mayor nivel de superávit primario que permita una mayor intervención en el mercado de cambios y reducir las presiones de demanda domésticas, y aplicar una política monetaria más expansiva; a la vez, habría que desindexar totalmente la política salarial, pero ni una cosa ni la otra aparece como posible a la luz de la actitud del gobierno.

    Ello deja a la política monetaria en una encrucijada delicada. Si el Banco Central del Uruguay (BCU) decide concentrarse en la inflación, el QE de la Fed seguramente acentuará la tendencia a la apreciación del peso, deteriorando todavía más la capacidad de competencia de la economía. Si el BCU decide seguir a Brasil para evitar seguir perdiendo competitividad, un dólar más alto repercutirá negativamente en la dinámica de los precios internos, en ausencia de medidas compensatorias desde el punto de vista fiscal y salarial. El actual dilema es lo suficientemente delicado como para que el gobierno por fin decida cambiar la actual combinación de políticas económicas, que cada vez hace menos sentido, tanto por motivos internos como por el cambio en el contexto externo.

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