Nº 2130 - 7 al 13 de Julio de 2021
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáTodo el trabajo de la filosofía es pensar y hacerlo desde su fuente primigenia, esencialmente. Ello supone, según Martin Heidegger, que debemos aprender a experimentar puramente la esencia del pensar, lo que equivale a llevarla a cabo; por eso establece que tenemos que liberarnos de la versión subalterna del pensar, de la interpretación técnica del pensar. Para que el pensamiento sea puramente pensamiento y se encuentre en la esencialidad del ser, lo primero que hay que hacer es aligerar cuanto antes la inclinación de la modernidad a reducir el acto de pensar a su equívoca razón técnica. Para Heidegger el verbo pensar tiene una gravitación mayestática y no puede ser banalizado en usos que lo alejan de su raíz y destino. Por ejemplo, le agraviaría una frase del tipo “no pienso tomar el té” debido a que el verbo es trivializado, arrastrado a un uso obediente, como si hubiera un pensar y por otro lado hubiera un algo como el acto de tomar el té o la declaración del propósito de no hacerlo. Pensar, para Heidegger, es un acto unitario del vivir.?Algo es cierto, sin embargo, en sentido contrario: analíticamente el vivir se puede dividir en muchas partes y ello contribuye a encontrar ciertos mecanismos lógicos que las relacionan. Pero Heidegger no cae en la trampa de la tradición, no quiere más encierro del que ya reina; si nos convoca a libertarnos de la interpretación técnica del pensar es precisamente para abrir el espacio adecuado en el que se pueda entrar en lo esencial, verbigracia, pensar; para que la filosofía cultive su propio jardín sin ver con ánimo emulador o inferiorizado cómo se trata a las rosas en el cantero del vecino. El filósofo siente respeto por la ciencia, pero exige que no se la confunda con la filosofía ni mucho menos que se trate de adecuar la filosofía a los dominios y protocolos del método científico.?El propio giro de la ciencia reconoce lo extraño de la faena filosófica, pues la misión que tiene no está en responder a la pregunta por el ser sino en entender cómo y tal vez por qué las cosas son. El ser del hombre no es conocido por la biología ni por la medicina; se conoce cómo funciona el cuerpo, y aún se conoce cada vez más cómo funciona el cerebro; y aunque se conociera completamente el cerebro todavía no se estaría respondiendo a la crucial pregunta sobre qué es, en tanto ser, el hombre. Tal ventura no está en su horizonte porque el hombre en su condición de dasein, de existente, es un haz de posibilidades que necesariamente se eyecta hacia el porvenir, porque el ser siempre está por ocurrir, porque la asignación del sentido es algo recóndito e inesperado que se aloja detrás del velo del devenir y que solo el denuedo de la libertad puede rasgar, hacer patente, convertir en realidad. La filosofía lidia con el misterio, trabaja con lo que puede llegar a ser, con las posibilidades. El pensar es una apertura, no una legitimación, no una convalidación o una verificación o comprobación.
A Heidegger le resulta desolador encontrarse con que la filosofía se encuentra en la permanente necesidad de justificar su existencia frente a las ciencias, se opone a la creencia de que la mejor manera de lograrlo sería elevarse a sí misma al rango de ciencia; le fastidia especialmente esa manía impuesta por la modernidad de pretender que la única legitimidad que tiene la filosofía es intentar parecerse a la ciencia; esa es la reducción de la que padece el mundo contemporáneo. Todo lo que le espera a la filosofía en este cuadro es querer parecerse a la ciencia. La filosofía es literalmente el abandono de la esencia del pensar, que no es parecerse a la ciencia en cuanto a que no busca que el conocimiento sea generalizable, transmisible, verificable en toda circunstancia conforme a determinados requisitos, no trabaja con la regularidad de los fenómenos y no se apoya en leyes universales.
Por esas imaginarias carencias es que la filosofía hoy se siente atenazada por el temor de perder su valor si no es una ciencia; su celo por estar en la raíz de todo se lo considera una privación. En la interpretación técnica del pensar se abandona al ser como elemento del pensar y únicamente lo que se busca es formular una teoría acerca de algo. La pregunta por el ser queda expatriada; solo se busca la universalidad de lo general, no la singularidad de lo único, de lo santo, de lo irrepetible, de lo que existe en un solo lugar y un tiempo único y como producto de una sola ilusión; nada de esto último importa en la cruzada del vaciamiento.