Nº 2188 - 24 al 30 de Agosto de 2022
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEnseñó Mises que no hay civilización sin propiedad, que la historia no registra un solo caso en el que el socialismo real muestre una forma de vida superior a la que ya realiza el capitalismo.
Desde el campo del pensamiento socialista no se advierte esto, sino que reina la obstinación de ir contra la base del sistema de libertad que es la consagración y protección de la propiedad privada. El desprecio a la propiedad implica necesariamente el rechazo al principio de libertad. De acuerdo con este principio, a veces también llamado principio de autopropiedad, en el mundo terrenal cada persona es, en última instancia, la única autoridad competente para tomar decisiones que determinan su destino. Independientemente de la fe en el mundo celestial y en ideas específicas sobre el más allá, en este mundo, el hombre no está relevado de la responsabilidad de sus actos y, por tanto, es reconocido como dueño soberano de sí mismo. En la realidad histórica (empírica) real, la propiedad del individuo sobre sí mismo puede ser usurpada, las personas pueden ser mantenidas por la fuerza o la persuasión en la posición de esclavos o ser engranajes en la máquina estatal, pero la naturaleza lógica de la soberanía humana no cambia.
La propiedad, la extensión de la voluntad de una persona a los objetos del mundo material, se deriva de la propiedad de uno mismo (libertad). La constitución de la propiedad es posible bien por transformación de aquellos objetos naturales sobre los que nadie reclama sus derechos (apropiación inicial), bien por donación, permuta, herencia, etc. A veces se dice que la propiedad es legítima solo cuando se adquiere sin uso de la violencia. Esto es cierto, sin embargo, la protección de la propiedad legítima también puede ser considerada como violencia —en este caso, es necesario distinguir entre violencia legítima e ilegítima: la primera está asociada a la protección o restauración de los derechos de propiedad, la segunda viola estos derechos—.
Contrariamente a la opinión de los opositores al principio de propiedad, las afirmaciones sobre el carácter estatal, público o nacional de la propiedad no cambian las cosas; desde el punto de vista de los derechos de la persona, la propiedad permanece inquebrantable. Todos los ladrones, desde los más primitivos, incapaces de justificar sus acciones con referencia al bien común, hasta los despreciables servidores del Estado de bienestar moderno recurriendo a argumentos artificiosos para justificar gigantescos programas de redistribución, pueden tomar de los demás solo lo que les pertenece. Por eso es relevante la legitimación como base del ordenamiento social; pues para que un derecho de propiedad sea violado debe estar claramente definido; toda sociedad que se permita distraerse en este punto camina hacia la opresión.
Quiero decir: la cuestión de la propiedad está en el centro de toda la legalidad necesaria. No hay posibilidad ontológica del Estado de derecho sin protección efectiva de la propiedad. Y eso tiene que ver con la dignidad y la libertad del individuo, porque el concepto principal siempre es el sujeto, una persona cuyo estatus especial en relación con los objetos de propiedad es reconocido por todas las demás personas. Este estatus implica la plena autoridad legal de la persona sobre la propiedad o, más ampliamente, el objeto de la propiedad. El poder exclusivo de una persona sobre un objeto de propiedad (el derecho de posesión), la capacidad de usarlo a su discreción (el derecho de uso), la capacidad de realizar diversas acciones para enajenar el objeto de la propiedad, como vender, la donación, el arrendamiento (derecho de disposición), forman la tríada clásica de los derechos de propiedad. Esas dos categorías principales, esto lo invoca Mises como un eje radical del derecho (el sujeto y el poder total del sujeto sobre el objeto de la propiedad), deben considerarse el principio de igualdad jurídica de las personas. Junto con esto, ninguna ley respetuosa de la libertad puede desdeñar la declaración de derechos sucesorios, que debe asegurar la posibilidad de la transmisión del objeto de propiedad tras la desaparición de su sujeto a otro propietario y, por tanto, la existencia eterna de la propiedad.
Las democracias modernas le vienen facilitando el trabajo a la demolición que perpetrará el socialismo raspando un poco todos los días el derecho de propiedad. Los políticos democráticos creen que gracias a esa traición ciudadanos ingenuos o resignados los seguirán votando.