Nº 2168 - 31 de Marzo al 6 de Abril de 2022
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáA principios del siglo XIV, Guillermo de Ockham definió los derechos naturales como “el poder de la razón correcta”, el poder de tomar decisiones morales propias, libres de la intrusión de otros. Es lo que corresponde a la persona. Hobbes y Locke entendieron profundamente el tema, por eso hablaron de los primeros derechos que por definición pertenecen al hombre y que no son disponibles por nadie. La propiedad es uno de ellos, tan ontológicamente principalísimo como el derecho a la vida; la propiedad es inherente a la persona.
La cuestión de la propiedad es central y por definición debería estar al margen del debate político, e incluso de cualquier consideración de tipo jurídico, como no sea para salvaguardarla; es como ponerse a conjeturar y a legislar y a sentenciar acerca de si las personas pueden vivir o deben ser eliminadas. Viene a cuento lo que estoy planteando porque engarza con los conceptos de Von Mises acerca de la solución socialista y la necesidad de demostrar su error de base, su tan esencial desprecio por la identidad y derechos de las personas. Los socialistas creen, en efecto, que el problema social por excelencia no es la postración del trabajo y la falta de estímulos para producir y crecer, sino la desigualdad. Acusan al sistema capitalista de fundarse en una insostenible injusticia desde el momento en que postula la libre concurrencia de los talentos, de las oportunidades, de los esfuerzos en una situación de continua apertura donde los mayores beneficios resultan de las acciones más eficientes. Entre personas que por naturaleza son diferentes sin duda que habrá disparidades; la cuestión estriba en determinar si esas distinciones resultan de abusos indebidos o si, en cambio, pertenecen al campo de lo posible en un universo no cerrado para nadie. La desigualdad natural emerge en muchas desigualdades según sean las funciones, oportunidades, circunstancias, empeños, variables en juego, inteligencias, cálculos, energías aplicadas.
Para remediar este dato natural y para nada extraño a las verdades de la física, de la biología, de la metafísica y desde luego de la vida cultural y económica, el socialismo busca crear artificialmente la igualdad confiscando la propiedad privada de los medios de producción para transferirla a una economía estatal y centralizada. El socialismo, ilustra claramente Von Mises, reclama quedarse nada más que con tres derechos, a saber:
• El derecho a la totalidad del producto del trabajo: para producir un bien económico, normalmente se necesita una cierta cantidad de tierra, capital y mano de obra. Estos factores de producción están vinculados entre sí y finalmente dan como resultado el bien producido. En el mercado, el valor del bien se compensa con el precio de mercado. Entre otras cosas, la parte del trabajador se paga con los ingresos, es decir, con los salarios que recibe por su trabajo. Pero los socialistas exigen nada menos que el pago exclusivo del trabajador, niegan el papel que juegan la tierra y el capital en la producción.
• El derecho a producir: no se trata de la demanda de ayudar a los pobres y desamparados que crea toda comunidad que funcione razonablemente. Más bien, el excedente debe tomarse de los ricos para distribuirlo entre los pobres. Así que se trata de la redistribución como principio: mientras alguien siga muriendo de hambre, nadie debería vivir en la abundancia. Sin embargo, esto presupone que hay suficiente para que todos puedan vivir bien. Para que el socialismo destruya la riqueza, se necesita que el capitalismo la produzca. Pero se le prohíbe.
• El derecho al trabajo es al mismo tiempo un deber de trabajar. Detrás de esto se encuentra la afirmación de los socialistas de que el sistema en el que viven asigna trabajo a todos para que todos puedan mantenerse. Se usa una y otra vez el ejemplo de la naturaleza, que supuestamente otorga ciertos derechos a todos. Pero la naturaleza no otorga ningún derecho, sino que exige hacer negocios, combatir la escasez, que es todo lo que ofrece el socialismo.
La pérdida de estos derechos puede ocurrir de manera violenta tomando por asalto el Palacio de Invierno o de manera indolora, distraída por efecto de los opacos juegos de los políticos dispuestos siempre a ceder en lo que sea para seguir estando donde están.