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    domingo 23 de junio de 2024

    La prueba en los delitos sexuales

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    Las acertadas disquisiciones que formula el profesor Alejandro Abal en la edición de Búsqueda del día 13 de abril pasado son muy precisas y valientes (“La prueba en delitos sexuales”).

    Precisas, porque le asiste plena razón en todo su desarrollo (o casi todo). Y valientes porque no se arredra de tener que enfrentar ese triste engendro que hoy denominamos corrección política. Una nefasta mescolanza de fanatismo y tontería, tan sarcásticamente descripta por el exuberante escritor español Javier Marías (su columna de El País Semanal de Madrid, titulada “Cuando los tontos mandan”, es fuente de regocijo continuo).

    Y es que ese tema del preciso significado del vocablo víctima en nuestra legislación procesal penal es, muy claramente, un caso típico de manipulación del lenguaje. Algo que no es novedad alguna, pues ya se hacía en tiempos de los sofistas, y fue insuperablemente descripto por Orwell en su novela 1984. Manipulación del lenguaje que se hace, en este caso, en función de la ideología de género, paradigma de la “corrección política”. Y permanente punto de referencia para los venenosos e hilarantes dardos de Javier Marías.

    Se discute, en forma un tanto engorrosa, sobre si la “víctima” lo es meramente por el hecho de haber presentado una denuncia penal. O si, para que haya “víctima”, es indispensable que se haya dictado una sentencia que declare la culpabilidad de alguna persona.

    Así planteada, la cuestión puede llegar a no ser clara. Y eso, porque en este tema hace su obra deletérea ese larvado enemigo de todos los pensantes, hablantes y escritores que en el mundo han sido: la polisemia. Y si no se la detecta de entrada, se corre el riesgo de eternizar razonamientos y argumentos sin llegar nunca a la certeza y precisión indispensables.

    Esta discusión sobre el significado del vocablo víctima encubre un caso paradigmático de polisemia: una misma palabra a la cual se atribuyen dos significados distintos. Y por eso, algunos la utilizan en un sentido, y otros, en uno diferente. La gravedad de la cuestión es que, en este caso, ese uso novedoso se hace en forma deliberada y para torcer principios esenciales de nuestro ordenamiento jurídico y de la cultura occidental.

    Para el profesor Abal, no puede haber “víctima” hasta el momento en que haya una persona que sea declarada culpable por decisión judicial irrevocable. Para los que se fundan en la ideología de género, hay una víctima desde el momento mismo en que una persona denuncia haber sufrido una agresión (siempre y cuando, claro está, la denuncia sea hecha por una mujer). Y todavía puede haber una tercera acepción, pues la agresión que causó algún daño a esa persona que denominamos víctima puede haber sido lícita (el caso del que hiere a otro en ejercicio del derecho a la legítima defensa).

    Así planteado el tema, resulta indudable el acierto del profesor Abal: no puede haber una víctima sin un victimario, como no puede haber anverso si no hay reverso. Y la acepción que él refuta llega al ridículo. Como lo acreditan los recientes casos de Juan Darthés y de la invocada violación grupal del Cordón. En ambos casos la Justicia llegó a la decisión de la inocencia de aquellos que fueron imputados de haber cometido un delito. Pero los defensores de la tesis que combate el profesor Abal afirmaban que ambas denunciantes eran “víctimas” desde que formularon sus denuncias. Teniendo, entonces, que admitir que eran víctimas cuando hizo la denuncia, pero dejaron de serlo cuando la Justicia dictó su fallo absolutorio.

    Y todavía, los partidarios de la tesis que tan justamente combate Abal, tienen que admitir que no hay delincuente hasta que no haya sentencia que lo declare. No pueden desconocer abiertamente la vigencia del principio de inocencia. Pero entonces tienen que admitir que había una víctima sin que hubiera un delincuente, y, todavía, que esa persona que se hizo víctima por su mera denuncia, lo fue durante todo el tiempo del proceso, para dejar de serlo cuando se dicta la sentencia absolutoria.

    Se comprende, así, mi entusiasmo por los certeros juicios de Javier Marías: eso no es más que una nefasta tontería. Generada deliberadamente para imponer, en forma subrepticia, un flagrante desconocimiento del principio de inocencia.

    Principio que proviene de una tradición milenaria y muy bien fundada. Y que se genera a partir de nuestra imposibilidad de tener certeza absoluta en todos los episodios de agresión. En algunos casos tenemos esa posibilidad de certeza, pero en muchos otros, esa posibilidad es muy débil (y los delitos de orden sexual son caso evidente de esta alternativa). Por esa carencia, y para salvaguardar la paz y el orden de la sociedad, fue que la humanidad creó el sistema judicial: atribuyendo a una persona el poder de decidir en forma irrevocable qué sea lo que debemos tener por acaecido, y las consecuencias jurídicas y éticas de tal decisión. E imponiendo a todos el deber de respetar tales decisiones. La alternativa era el recurso a la fuerza. Y para impedir el uso de los cuchillos, las flechas y las balas, se creó el sistema judicial. A partir de la inexistencia de un verdaderómetro que nos pudiera proporcionar total seguridad en cuanto a lo realmente sucedido.

    Pero esa carencia en cuanto al acceso a la verdad, y la conveniencia de crear un sistema que la supere, llevan a instaurar el principio de inocencia. Fundado esencialmente en la dignidad humana. Que solamente podrá ceder ante la decisión firme de aquellas personas que han sido designadas para llenar tan delicada función.

    Pero sucede que a los devotos de la ideología de género no les gusta ese principio de inocencia. Se rehúsan a admitir su jerarquía y su razonabilidad. Y entonces, sabiendo que no pueden ir de frente contra él, recurren al procedimiento disimulado de la manipulación del lenguaje.

    No por eso hay que creer que la tesis del profesor Abal, en cuanto al significado del vocablo víctima, sea la obligatoria. Y eso, porque en estos aspectos del lenguaje la única norma que hay es que no hay norma.

    En los Diccionarios de la Real Academia Española (al menos, en los que yo he leído, que no son todos, porque son unos cuantos), se incluye en el prefacio un bellísimo y certero pasaje del Ars poetica del vate latino Horacio:

    “Como el bosque muda de follaje al declinar del año y caen las hojas más viejas, de la misma manera perece la generación antigua de palabras y, al modo de los jóvenes, florecen y tienen brío las nacidas hace poco. Rebrotarán muchas palabras que ya habían caído y caerán las que ahora están de moda, si así lo quiere el uso, en cuyo poder residen el arbitrio, la autoridad y la norma del lenguaje” (cursiva en el original).

    Y, confirmando esta idea directriz básica, la RAE afirma en forma categórica que “el diccionario es una obra que recoge el uso que los hablantes les dan o les han dado a las palabras para que otros hablantes puedan entenderlas si se encuentran con ellas. Por tanto, el diccionario no inventa ni propone significados de las palabras, sino que se limita a registrarlos. Esto quiere decir que cuando un significado figura en el diccionario es porque se ha documentado en el uso y se ha considerado relevante su inclusión”.

    Bien lo expresa Horacio: en el uso reside el significado de las palabras; en ese aspecto, la única norma que hay es que no hay norma (no sucede así en otros aspectos).

    Por ahí hallan fundamento los partidarios de la tesis que combate el profesor Abal. Ya que es evidente que hay pasajes del actual Código del Proceso Penal que parecen avalar (y el uso de este vocablo no es en broma) sus afirmaciones. Esas normas organizan una serie de situaciones jurídicas activas (poderes y facultades) que son asignadas a la persona que ha formulado una denuncia. Y para indicar el titular de esas situaciones jurídicas se utiliza la palabra víctima. Muy generalizada, con esa acepción, en la actualidad.

    En lo cual no hay nada de objetable. Como lo decía Horacio. Claro está, a condición de que se tenga bien presente el diferente significado que se atribuye ahora a ese vocablo. Que no es el tradicional, ya que asimila la “víctima” al mero denunciante (o, más bien en este caso de aplicación de la ideología de género, a la denunciante, aunque, resulta obvio, si hay un denunciante de sexo masculino, también habrá que aplicarle ese estatuto normativo, aunque eso no guste a algunos).

    Si se quiere denominar víctima a quien —en la tesis de Abal— no es más que “denunciante”, nada hay que objetar. El uso manda en estos aspectos.

    A condición, claro está, de que se tenga bien en cuenta aquel asuntito de la polisemia. Porque es claro que, al modificar el significado prístino de esa palabra, estamos teniendo que admitir aquellas incoherencias, en cuanto a que hay víctima sin victimario, y que hay víctimas que dejan de serlo ante una decisión judicial que no les agrade.

    Y ahí es por donde el problema se genera. Porque la manipulación del lenguaje (es decir, su deliberada deformación) no es inocua. Genera problemas y dificultades. Crea sesgos interpretativos ilegítimos.

    En mis años juveniles tuve el privilegio de acceder a uno de los más importantes juristas del siglo pasado. Gracias a mi relación, al inicio como alumno y luego como amigo, con mi venerado maestro profesor José Pedro Sánchez Fontans. Quien pudo conectarme con su amigo, el profesor italiano Emilio Betti. Uno de los grandes del pensamiento jurídico del siglo pasado. Un Leonardo da Vinci del derecho, ya que fue excelso maestro en derecho civil, comercial, procesal y romano. Y todavía incursionó en la filosofía con enorme éxito, en lo que él denominó la teoría general de la interpretación. Temas en los cuales me dio algunas lecciones que me marcaron intelectualmente para toda la vida.

    El maestro Betti tenía casi como un mantra unos sabios consejos de un filósofo de esos que nuestra actual civilización occidental no frecuenta demasiado.

    “Nunca olviden, nos decía, cuando se enfrenten a la interpretación de un texto, los certeros consejos de aquel filósofo”:

    “Si el lenguaje no es correcto, entonces lo que se dice no es lo que se quiere decir;

    Si lo que se dice no es lo que se quiere decir, entonces lo que debe hacerse queda sin hacerse;

    Si eso queda sin hacerse, la moral y el arte se deteriorarán;

    Si la justicia se extravía, el pueblo se encontrará en una indefensa confusión.

    Por ello no debe haber ninguna arbitrariedad en lo que se dice.

    Esto es lo que importa por encima de todo”.

    Es un pasaje de las Analectas de Confucio.

    Y ciertamente, se puede usar la palabra víctima con el significado que se le atribuye a partir de la ideología de género. Pero ese no es el lenguaje correcto, como enseña Confucio, porque lo que se dice no es lo que se quiere decir. Porque, realmente, lo que se quiere decir es que no se acepta la vigencia del principio de inocencia para los casos en que talla la ideología de género. Por eso se sustituye el vocablo denunciante por el de víctima. Pues resulta evidente que esta palabra nos conduce a una presunción de culpabilidad. En forma inconsciente, pero no por ello menos efectiva.

    Bien nos enseña Confucio: “Si la justicia se extravía, el pueblo se encontrará en una indefensa confusión, por ello no debe haber ninguna arbitrariedad en lo que se dice. Eso es lo que importa por encima de todo”.

    El efecto de la manipulación del lenguaje es, en este caso, de altísima peligrosidad. Pues es cierto eso que cita el profesor Abal en cuanto a que “el papel de lo discursivo causa impactos en los procesos y las decisiones que se toman”.

    Siempre nos insistía el maestro Emilio Betti en la necesidad de mantenernos constantemente en guardia con respecto a los sesgos interpretativos. Muchas veces conscientes, lo que permite superarlos con metodología adecuada, y otras veces subconscientes, cualidad que los hace mucho más peligrosos.

    Es, mutatis mutandi, lo que satirizaba amargamente George Orwell: el Ministerio de Guerra denominado Ministerio de la Paz, el de Propaganda como Ministerio de la Verdad, y el Ministerio de la Abundancia, como designación de un sistema económico que, como bien decía Winston Churchill, en pocos años de gobierno en el lugar adecuado puede lograr que llegue a escasear la arena en el desierto del Sahara (o el petróleo en Venezuela).

    Y si a alguien le parece excesivo eso de la manipulación del lenguaje, recordemos a quien describió esas maniobras en forma insuperable:

    “Saber y no saber, hallarse consciente de lo que es realmente verdad mientras se dicen mentiras cuidadosamente elaboradas, sostener simultáneamente dos opiniones sabiendo que son contradictorias y creer sin embargo en ambas; emplear la lógica contra la lógica, repudiar la moralidad mientras se recurre a ella; olvidar cuanto fuere necesario olvidar y, no obstante, recurrir a ello, volver a traerlo a la memoria en cuanto se necesitara y luego olvidarlo de nuevo. Y, sobre todo, aplicar el mismo proceso al procedimiento mismo. Esta era la más refinada sutileza del sistema: inducir conscientemente a la inconsciencia, y luego hacerse inconsciente para no reconocer que se había realizado un acto de autosugestión” (de 1984, G. Orwell).

    ¿Será que alguien no reconoce en este párrafo la técnica de los partidarios de la tesis que refuta el profesor Abal?

    Imposible, entonces, no concordar con él. Con algunas apostillas. Y una sola discrepancia: a quien formula una denuncia no se lo puede calificar de víctima (sin alterar el significado prístino del vocablo), pero tampoco se lo puede denominar “presunta” víctima.

    Y eso, porque presunción significa que se le tiene por víctima hasta que no haya prueba en contrario. Eso es lo que implica una presunción. Y de acuerdo a los principios tradicionales y acertadísimos de nuestro sistema jurídico, tal presunción no existe. No hay víctima ni hay delincuente si no hay pruebas. Y decisión judicial. Siendo así, a la persona que formula una denuncia solamente se la puede tener por eventual víctima. Porque no sabemos con certeza si lo es o no lo es.

    Se trata de valores y principios que el mundo occidental ha generado y cultivado desde muchos siglos atrás. Y que no se puede permitir que sean tergiversados solamente porque, como dice bien Javier Marías, los tontos mandan.

    Y acompaño a Javier Marías en esa calificación, porque hay algo que olvidan los partidarios de eliminar el principio de inocencia (aunque no se animen a decir que ese es su propósito). En función de su fanatismo e insensatez.

    Me refiero a que la defensa de los derechos de los demás no debe ser realizada en función del interés ajeno o de motivos de solidaridad. Sino en función de los intereses propios. Porque la violación de los derechos de los demás suele no ser más que el prolegómeno de la violación de los nuestros. Algo que nunca hay que olvidar. Por razones tan egoístas como sanas y sabias. Y socialmente provechosas.

    Enrique Sayagués Areco

    CI 910.722-5

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    2023-05-31T23:16:00