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    La resurrección

    Nº 2101 - 10 al 16 de Diciembre de 2020

    Nació en Buenos Aires en 1904 y falleció allí en 1976. Al paso del tiempo, sufrió la otra muerte, la del olvido, el desconocimiento de la mayoría, ese que lo condujo a una oscuridad que impide hallarlo en la gran historia del tango.

    Fue músico de academia, violinista, compositor y cantor.

    Divertido y aventurero, usaba peluquín y tenía un tic bucal que, al hablar, confundía al interlocutor con la

    seña de un “bravo” del truco; tocó su violín siempre en filas de cuerdas, sin exigir, pese a la calidad de

    su sonido, un lugar de figura: pasó por las orquestas de Brignolo, Maffia, Lomuto, De Caro y Caló. Al

    cabo, logró formar una efímera agrupación propia.

    Todavía violinista de Caló, un amigo que lo había oído cantar lo persuadió de presentarse a un concurso

    en Radio Splendid, auspiciado por Puloil, polvo limpiador. Ganó entre más de dos mil participantes. El

    premio le permitió cantar un año en emisoras argentinas e incluso aquí, en Uruguay.

    Entre medio de tal vorágine, se las ingenió para viajar a Estados Unidos y actuar en un local llamado Un

    Rincón de Hollywood, la misma noche en que el Mono Gatica peleó con el campeón mundial de su

    categoría, Ike Williams.

    Llegó a ser presentado en Radio Mitre, a mediados de la década de 1930, como “un célebre artista, difusor

    del tango en el exterior, que dirigirá nuestra orquesta estable, tocará el violín y cantará su extenso

    repertorio”.

    Se llamó Hugo Gutiérrez y fue, por encima de todo, uno de los mejores melodistas del tango.

    Pero si yo preguntara a quienes leen esta columna porque gustan del tango y son conocedores, porque les interesan las historias o porque sencillamente descubren un mundo que no imaginaban… ¿cuántos saben de este hombre y su aporte a la música popular ciudadana?

    Las letras de los tangos —la poesía del tango— tienen una métrica especial porque deben fundirse como si fuesen una misma cosa con la música. Es verdad que la poesía, cumbre del arte literario, aunque solo se lea y no se cante, lleva consigo una forma melódica propia con mayor o menor virtud. Pero cuando recibe el oxígeno de la melodía musical, y esta se ajusta a la perfección para embellecerla, se logra lo que tantos intentaron y fracasaron, y apenas unos cuantos —poeta y músico—, entrelazados, alcanzaron: llegar al pico de la belleza estética.

    Vayamos, lector, a un ejemplo que muchos entendidos defienden y que, obviamente, mantiene vivo un encendido debate.

    Homero Manzi, el máximo poeta del tango, compuso junto con muchos músicos de primer nivel: Troilo, Demare, Piana, Cátulo Castillo. Hay quienes dicen, con énfasis, que fue Hugo Gutiérrez quien mejor se ajustó a las más elaboradas alegorías, metáforas y descripciones de Manzi.

    De este músico hoy ignorado es la melodía de Tapera, canción campera: Al fin, / un rancho más que se deja, / total, / porque no ha vuelto la prenda, / allí, / donde se muere la senda, / allí, / donde los pastos se quejan / y el viento se aleja silbando un dolor; / total, / una cocina sin brasas y un gaucho que pasa / sin rumbo ni amor…

    Y del tango Fruta amarga, cuya letra ha sido calificada por varios historiadores como una de las 10 más bellas de todas las épocas: Eras la luz del sol, / y la canción feliz / y la llovizna gris / en mi ventana. / Eras remanso fiel y duende soñador / y jazminero en flor / y eras mañana; / suave murmullo, / viento de loma, / cálido arrullo de la paloma. / Ya no serás jamás / aroma de rosal, / frescor de manantial en mi destino. / Solo serás / la voz que me haga recordar / que en un instante atroz te hice llorar…

    O de Torrente, que tiene una versión impresionante de Alberto Marino con Troilo: Fue mi desprecio, / mi desprecio necio, / fue tu amargura, / tu amargura oscura, / nuestro egoísmo nos lanzó al abismo / y nos vimos de repente / en el torrente más atroz…

    Y cierro añadiendo que Gutiérrez también musicalizó para Manzi el vals Llorarás, llorarás… y el tango Después, entre otros temas memorables.

    En vida, parece muy probable que a Hugo Gutiérrez no le haya importado demasiado el reconocimiento ajeno: vivió con intensidad, viajó, disfrutó su recorrido de violinista itinerante, su brevísimo pasaje de cantor —solo quedaron de él dos grabaciones— y a su manera inquieta fue feliz junto a Manzi y muchos otros amigos del tango y la noche.

    Nosotros, lector, ahora, intentaremos para el recuerdo que espera, para lo que viene, el milagro de su resurrección.

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