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    La sabiduría desparramada

    Nº 2108 - 28 de Enero al 3 de Febrero de 2021

    El saber está distribuido y la sabiduría está desparramada. Comprender esta sentencia es un desafío personal y político de primer orden. Lo es siempre, pero especialmente en el contexto de la pandemia, el alto número de contagios y la llegada de las ansiadas vacunas.

    Que el saber está distribuido tiene un nombre técnico: asimetría epistémica. Suena difícil, pero es algo evidente: los seres humanos no sabemos lo mismo, ni sabemos de lo mismo. Es una desigualdad en el campo del saber (de ahí la palabra episteme). Ejemplo simple: se me rompe la computadora y llamo a un técnico que la repara. Mientras lo hace, le cuento que estoy apurado porque entrego columna mensual a Búsqueda y se me vence la hora. Él me dice “no entiendo cómo hay gente que puede escribir así, dos páginas seguidas sobre algo...” Yo le digo: “no entiendo cómo hay gente que maneja los códigos que hacen andar a las computadoras”. Hay una asimetría: él sabe algo que yo no sé (programar), y yo sé más algo que él no sabe tanto (expresarme por escrito).

    Apliquemos esto a toda la vida social: hay personas que saben hacer buenos bizcochos; otras aprendieron a redactar leyes, otras desarrollan biología molecular; otras impermeabilizan azoteas y otras hacen planes de alimentación para balancear las comidas y dosificar los bizcochos. Dicho de modo general: el saber está distribuido entre los que saben más y los que saben menos, y entre los que saben de algo y los que no saben de ese algo.

    ¿Cómo se organiza esta distribución del conocimiento? Tenemos tres maneras: la institucionalidad, el reconocimiento social y la experiencia personal. Vayamos una a una, recordando que por ahora solo estamos hablando de saber, no de sabiduría.

    La distribución institucional es la que marca la trayectoria educativa: primaria, secundaria, técnico, licenciado, magister, doctor, grado 1, grado 5, emérito, especialista, investigador... Desde esta división, se organiza el saber de las distintas disciplinas: a más años de estudio, más reconocimiento institucional. Lo mismo aplica al que estudió restauración de muebles con un especialista francés durante años, y sabe más que quien no recibió esa formación (y por eso es muy probable que cobre más su trabajo, del mismo modo que tiene mejor salario el docente recibido que el que está estudiando).

    Por su parte el reconocimiento social valida y refuerza el institucional. Es lo que sucede por ejemplo con el GACH. Radi, Cohen y Paganini tienen, además del aval de sus estudios, el reconocimiento de pares y de la comunidad para ocupar el lugar que ocupan. Para decirlo de un modo gráfico: no solo tienen colgado el título en la pared, sino que demuestran con su trabajo personal y grupal que son dignos representantes de aquello que han estudiado.

    El reconocimiento social tiene una variante que funciona al margen de lo institucional. Sucede cuando una persona es reconocida como consejera, o creativa, o trabajadora, o emprendedora sin tener títulos institucionales que la respalden. El famoso “boca a boca” hace que alguien sea respetado en su saber sin que haya necesariamente una institucionalidad atrás. Y también puede ser que alguien, a pesar de tener el respaldo institucional, no sea reconocido por los demás en su conocimiento.

    Por último, la experiencia personal refiere a la puesta en práctica del saber, no solo el camino institucional formal de aprendizaje, sino también la cuestión vital de experimentar con ese saber. Cuando se afirma que los veteranos saben más que los jóvenes, se apunta a esta dimensión: han vivido más y han puesto más años a prueba aquello que aprendieron. Ya no es solo el saber lo que cuenta, sino también la experiencia que se vive con eso que se sabe. Es aquí que aparece el extraño puente que conecta el saber con la sabiduría.

    Mientras el saber se puede organizar y medir (con títulos, horas de estudio, reconocimiento social, experiencia personal), la sabiduría se nos escapa siempre. Está desparramada de un modo imposible de organizar. No pertenece a los expertos, ni a los doctores, ni a la política, ni a nadie. Aquellos que creen que el saber que tienen los convierte en sabios son, en el mejor de los casos, tontos, y en el peor de los casos pedantes insoportables.

    Ningún saber lleva directamente a la sabiduría, entre otras cosas porque esta no implica un solo saber sino una mezcla imposible de desmenuzar de experiencias, conocimientos, descubrimientos, derroteros, intuiciones, reflexiones, silencios, sentido del humor, simplezas... La sabiduría está desparramada entre las personas, entre las instituciones, entre los partidos, entre el presente y la historia, entre las generaciones.

    Cuando Rafael Radi declaró a El Observador el pasado lunes que hay que buscar una comunicación con los jóvenes que los haga partícipes, que los haga parte de la solución y no parte del problema, apunta directamente a este asunto. Es una declaración sabia porque reconoce saber que no sabe. Que no tiene la varita mágica porque no hay varita mágica. Hay que interactuar para que brote la solución, no es un saber técnico el que se necesita, ni una orden que se imponga, es algo más.

    La existencia misma del GACH es el reconocimiento sabio del gobierno de saber que no sabe. Y la insistencia del grupo asesor en recalcar que ellos solo sugieren es también la sabiduría de no creerse que su saber científico implica un saber político.

    ¿Cuál es la intersección entonces entre los saberes científicos, médicos y políticos? No se sabe, nadie la sabe, porque no está distribuida sino desparramada. Y en ese desparramo algo nos toca a cada uno. Vuelvo a un término técnico para terminar: empoderamiento ciudadano.

    El desparramo de la sabiduría nos salpica siempre de alguna manera. Por eso es importante ser ciudadanos activos, responsables y empoderados. Los gobernantes saben algo de convivencia, no todo. Los científicos saben algo del virus, no todo. Los laboratorios saben algo de la vacuna, no todo. ¿Y quién sabe de todo? Nadie, o mejor dicho, todos, pero un poco cada uno y de una manera que no se puede dilucidar de antemano sino que se pone en práctica cada vez. Por eso hay que empoderarse, dignificarse.

    Las personas mayores que son de alto riesgo no tienen que esperar pasivamente la vacuna, tienen que ser también ellas parte de la solución y no del problema. ¿Y cómo son parte? ¿Confiando o cuestionando? ¿Esperando la vacuna? ¿Negándose a vacunarse? ¿Convenciendo a otros? Con cualquiera de ellas. Basta con empoderarse y distinguir lo personal (decidir si vacunarse o no) de lo público (reconocer la validez de la vacunación general, aunque uno la desestime para sí). Dicho de otro modo, asumir, al igual que los jóvenes, que no son espectadores de la pandemia sino actores, y aunque no tengan un papel protagónico, un pequeño acto, un micropoder, puede cambiar la historia.

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