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    La salud de los enfermos

    Columnista de Búsqueda

    N° 2057 - 30 de Enero al 05 de Febrero de 2020

    La imagen circula por las redes y al principio parece trivial: un plato de sopa, caldo, fideítos o verduras, nada que llame la atención hasta que te das cuenta de que hay cabezas de murciélago flotando en el líquido. Impactante, ¿no? Sin embargo, esas fotos no tardaron en ser desplazadas por el video del niño chino, casi un bebé, al que una mano que maneja palitos le da cucarachas vivas en la boquita. Hay más imágenes inquietantes, aunque de distinto signo, fotos y filmaciones de ¿hombres, mujeres? vestidos con especies de trajes espaciales blancos, médicos o enfermeros, profesionales de la salud que atienden a los pacientes afectados con el coronavirus, conocido como “la neumonía de Wuhan” o 2019-nCoV en hospitales atestados. Las fotos y los videos que circulan, aunque no siempre de origen seguro, meten miedo.

    El martes 28 China ha confirmado 106 muertes y 4.515 casos de contagio por el flamante coronavirus. También se han detectado contagiados del virus en el exterior: Estados Unidos, Japón, Tailandia, Malasia, Perú, cuatro casos en Francia, los primeros de Europa, a los que ya se agregaron tres de Alemania. Ocioso dar cifras de los afectados, se multiplican cada día.

    Apuro el paso o me desvío cuando los veo venir. Los chinos, que acá en Europa lo invaden todo, andan con sus barbijos o mascarillas o respiradores cada vez más sofisticados, se acercan con sus dedos (probablemente) contaminados, con sus toses (posiblemente) infectadas, con sus secreciones (potencialmente) peligrosas. Y claro, temblamos, contenemos la respiración y el impulso de huir cuando aparece un asiático cualquiera, cuando se aproxima y se sienta a nuestro lado o simplemente se detiene cerca. En el metro, en el bar, en la cola del supermercado tememos por nuestra salud.

    Hagamos memoria: nuestros miedos a la enfermedad y a la muerte son atávicos, están en nosotros, en la memoria de nuestro ADN, son vestigios del terror de nuestros antepasados ante la peste bubónica, la viruela, el sarampión, la gripe española. Por algo la sola palabra “epidemia”, que es la aparición repentina de una enfermedad que afecta a gran parte de la población, remueve, asusta.

    Y no solo a nosotros, el miedo al impacto que pueda tener la epidemia en la economía contagió el lunes a las bolsas del mundo: el lunes cayó la de Nueva York, a las 17:00 del mismo día el Dow Jones y un poco más tarde el Nasdaq. Cayeron las bolsas de París, Frankfort, Madrid y Londres. Las de China no, porque el lunes no abrieron por el año nuevo.

    La historia reciente nos dice que en las primeras dos décadas de este siglo se produjeron varios alertas sanitarios internacionales graves: SARS, gripe aviar, ébola, virus Zika, todos podrían haber llegado a ser amenazas globales aunque ninguno terminó teniendo la elevada mortalidad que se temía. Sin embargo, sí tuvieron un fuerte impacto mediático, fueron tapa de medios de comunicación, y durante semanas o meses desencadenaron el terror, la alarma en el mundo. Tal vez el coronavirus no vaya a ser diferente en cuanto al exceso de difusión y alarma provocada por la prensa, pero ¿conocemos oficialmente la gravedad, el peligro potencial?

    Dicen que en el hospital de Wuhan las medidas de seguridad son severas, dicen que los vehículos que se acercan son obligados a dar la vuelta. De hecho, nadie sabe con certeza qué sucede en el interior del edificio, ni siquiera los familiares de los enfermos. Las imágenes compartidas en redes sociales muestran corredores invadidos, salas rebosantes de pacientes. La Organización Mundial de la Salud, que elevó a “alta” la amenaza del virus, ha pedido a China una mayor transparencia en la gestión de la crisis sanitaria.

    ¿Y qué dicen las autoridades chinas? Poco. El presidente Xi Jinping cataloga la situación como “grave” y dice que va a vencer al “diablo”. Casi un mes después de aparecido el virus se han cerrado 13 ciudades, más de 40 millones de personas de la provincia de Hubei permanecen confinadas en sus localidades, aisladas del mundo: cierre de sus estaciones de tren, suspensión de la circulación del transporte público, cierre de negocios y la cancelación de la mayoría de los eventos festivos por el Año Nuevo chino, que arrancó el 25 de enero. “El gobierno ha intentado monopolizar la información relacionada con la enfermedad desde el principio”, señala Yanzhong Huang, miembro del Comité de salud mundial del Consejo de Relaciones Exteriores de Estados Unidos. Por otro lado, la Comisión Central de Asuntos Políticos y Legales del Partido Comunista ha advertido en las redes sociales: “Cualquiera que retrase u oculte deliberadamente la notificación de casos por interés propio será motivo de vergüenza por toda la eternidad”. El alcalde de Wahu renunció tras conocerse que 5 millones de personas salieron de la ciudad antes de que se efectuara la cuarentena.

    Estados Unidos evacua a sus ciudadanos, como casi todos los países que pueden hacerlo, y Donald Trump ofrece ayuda a China por Twitter.

    Más videos: grabaciones en las que aparecen personas que caen al suelo o yacen inconscientes en las calles o en el interior de edificios, presuntamente de la ciudad de Wuhan. En uno se ve una carretera acordonada donde los médicos y los transeúntes ayudan a la gente enferma, en otro meten a los pacientes en ambulancias a los golpes. Algunos usuarios de las redes sociales ponen en duda el origen de las imágenes, otros confirman que los médicos llevan esos mismos trajes protectores que se usan en los hospitales que atienden a las personas que presentan los síntomas de coronavirus.

    Veo informativos, leo la prensa, pasan los días y ¿qué sabemos? No mucho, casi nada. Hasta los que no solemos ser alarmistas ni pusilánimes, hasta los que creemos no ser fácilmente influenciables por los titulares que vienen en letras tamaño catástrofe hemos empezado a mirar de reojo a los vecinos, a la gente que pasa, y a lavarnos las manos con una meticulosidad que nunca vimos ni en los cirujanos de ER.

    Las causas de este desastre podrían estar en alguno de estos factores: la relación entre humanos y animales, el crecimiento de la población, el cambio climático, lo permeable de las fronteras sanitarias o hasta el bioterrorismo, y entre los posibles efectos estarían la aparición de nuevas enfermedades, la reactivación de algunas olvidadas, la resistencia de los gérmenes a la actividad de los antimicrobianos.

    Sin embargo, más allá de todas las posibles catástrofes, de los turistas chinos y sus mascarillas, más allá de todos nuestros miedos, la posibilidad de una epidemia que se propague por el planeta parece tan cierta como invisibilizada, ignorada, y casi nunca mencionada por quienes sí deben mencionarla: los gobiernos de las sociedades desarrolladas. Habrá que pensar entonces qué es lo que hay realmente detrás de la salud de los enfermos. Y cruzar los dedos.

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