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    La sociedad “integrada” está desapareciendo porque hay sectores “desapegados” de los valores tradicionales e “ideales burgueses”

    La “democracia liberal” uruguaya se ve cuestionada por el crecimiento del “corporativismo” y porque el Frente Amplio se parece cada vez más al “peronismo autoritario de la primera hora”, dice Julio María Sanguinetti

    El 1º de marzo del 2015, cuando Tabaré Vázquez asuma la Presidencia, Julio María Sanguinetti dejará de ser el único uruguayo electo presidente dos veces después del retorno de la democracia en 1985. “La experiencia, como en todos los órdenes de la vida, es importante. Para un cirujano no es lo mismo su primer operación que la número 100 o para un futbolista tirar un penal como debutante”, dice el ex presidente colorado durante los períodos 1985-1990 y 1995-2000, al analizar la ventaja que supone repetir en ese cargo.

    A Sanguinetti le preocupa el “cuestionamiento” a la democracia liberal que proviene de la izquierda y advierte que “a la uruguaya” el Frente Amplio se parece cada vez más al “peronismo autoritario de la primera hora o al kirchnerismo actual”.

    Pero esa no es la única inquietud del ex presidente. Cree que hay un sector de la sociedad que maneja “una ética distinta a la del trabajo”, que es “vulnerable desde el punto de vista social” y “ha pasado a depender directamente” del Estado. “El Uruguay siempre fue una sociedad integrada. Era una sociedad muy homogénea, con los mismos valores, con ideales burgueses, hablando en términos marxistas, como el sueño de la casa propia”, sostiene, y agrega: “Uno lo ve muy cuestionado hoy en día”.

    Sanguinetti entiende que los partidos fundacionales deben hacer “oposición” y no seguir el “discurso ‘light” que “predomina” entre “comunicadores y politólogos”.

    A continuación un resumen de la entrevista que el ex mandatario concedió a Búsqueda.

    —¿A qué atribuye que el Frente Amplio lograra por tercera vez la mayoría parlamentaria? ¿Pesó mucho “el bolsillo” en la decisión de la gente?

    —Las razones son siempre complejas. No hay una sola. Al Frente le jugaba mal la seguridad, a la inversa le favorecía el crecimiento del país y su consecuencia natural, de mayor consumismo. Eso fue un factor de coyuntura importante, pero hay otros más de profundidad. En cualquier caso, la elección se define por 4% para un lado o para otro, que sale de 10 o 15% de ciudadanos indecisos o mutantes en el voto.

    —¿Qué pasa con los partidos fundacionales? ¿No logran sintonizar con la gente, como ha dicho algún dirigente del Partido Colorado en estas semanas?

    —No hay resultados ineluctables. Esta elección también la pudo ganar la oposición. Si el Frente no superaba el 43%, perdía, y eso era lo que veían las encuestas. Lo que no vieron es que había un porcentaje de voto silencioso, fundamentalmente de nacionalistas wilsonistas, votantes de Larrañaga, que cambiaron su opción. El Frente tiene una base sólida pero no necesariamente mayoritaria. Los dos candidatos opositores, siendo ambos muy buenos, tenían, en el imaginario popular, más allá de la realidad, un estereotipo similar.

    —¿Cómo cree que debería trabajar la oposición en estos cinco años que vienen?

    —Para la oposición es muy difícil enfrentar una mayoría absoluta, que obtura los clásicos procedimientos de contralor, como la interpelación o la comisión investigadora. No obstante, simplemente debe hacer oposición, una oposición inteligente desde ya, pero oposición. En más de un momento ese discurso “light” que predomina entre el mundo de los comunicadores y politólogos, le quitó brío y, como es natural, favoreció al gobierno. El Frente Amplio, en su tiempo, creció con una oposición sistemática, durísima, a lo largo de los años. Eso es un hecho. No se trata de insultar o difamar, pero sí cuestionar seriamente lo cuestionable. El caso Pluna fue una excepción, justamente, porque allí se ejerció una oposición real.

    —¿Usted dice que hay que ser más duro como oposición?

    —Ser opositor. Lo de dureza o blandura puede referir a los adjetivos. A mí me gusta hablar más de lo sustantivo. Pero creo que sí, la oposición está para controlar. No creo en las cosas “light”, más si tenemos diferencias.

    —¿Le parece que la estrategia “por la positiva” de Lacalle Pou fue light?

    —La positiva fue una muy buena actitud para la interna, pero no fue suficiente en la nacional. No lo estoy criticando; para Lacalle Pou fue una buena opción. En la interna lo singularizó, lo destacó, sintonizó con su juventud y sirvió. Desgraciadamente resultó insuficiente. Y digo desgraciadamente porque yo lo acompañé y lo voté.

    —El ministro del Interior, Eduardo Bonomi, dijo que los resultados de la elección marcan que la oposición no entiende al país. ¿Qué reflexión le merece?

    —No lo creo. Son miradas distintas en una sociedad muy fragmentada. El gran asunto de la sociedad uruguaya es ese: su fragmentación, no solo económica sino social y cultural. No poseen los mismos valores e ideales y ello hace que los discursos uniformes no encajen con todos. El Frente ha tenido electoralmente un doble discurso, con el equipo económico en una línea tradicional y en la otra punta mantiene vivo el imaginario revolucionario, asociándose simbólicamente a las dictaduras venezolana y cubana. Entre Danilo Astori y Constanza Moreira hay un enorme campo ideológico. Los partidos fundacionales no tienen hoy esa amplitud de espectro y por allí pasa una dificultad electoral importante.

    —¿Qué quiere decir con que los partidos fundacionales no tienen amplitud de espectro?

    –Diría que no hay tanta variedad de espectro. Es lo que los americanos llaman el partido catch all. Hoy el Frente es un partido catch all y nosotros no lo tenemos. Lo que tenemos son todas variaciones de un esquema de centro, más socialdemócrata, más liberal, pero con matices no demasiado sustantivos. Entonces, eso electoralmente es importante. Lo que ocurre es que el gobierno va centrando las cosas, le pasa al Frente también. Todavía hoy el Frente conserva un ala de izquierda, que está en la vieja izquierda, que recoge las banderas históricas del Frente, que ya no es mayoritaria, pero que ayuda a la hora electoral.

    —Usted dice que el país está dividido en dos mitades y que hay 4% o 5% de los votos que está en el medio. Pero en las últimas tres elecciones ese grupo se volcó hacia el mismo lado, al del Frente Amplio. ¿No hay algo más estructural?

    —Es verdad, pero el resultado de la segunda vuelta es casi igual al de los otros balotajes. Nadie llegó al 54% nunca en la segunda vuelta, del mismo modo que la oposición nunca bajó del 40% en las tres elecciones. ¿Será siempre así? Bueno, la democracia no se congela.

    —Bonomi dice que el Frente Amplio perdió pocos votos y los perdió “por izquierda”.

    —El país desde hace un siglo es prácticamente socialdemócrata, pero la construcción del Estado batllista fue asumida por todos. En el año 58, cuando ganó el Partido Nacional por primera vez, sus dirigentes decían que “hay que desbatllistizar al Estado”, pero a los dos años ya muchos decían “estamos todos batllistizados”. Lo otro son matices que se dan con la coyuntura. Y la historia también camina. Los tupamaros entraron repudiados a la cárcel y salieron bendecidos de ella. Ese quizás sea el peor legado de la dictadura: que transformó a los victimarios de la democracia en víctimas principales de la dictadura. La historia no la tiene comprada nadie, no la tuvimos nosotros que estuvimos tantos años en el gobierno ni creo que la tiene comprada el Frente tampoco.

    —Usted ha advertido que el Frente Amplio va camino a una peronización. ¿Por qué?

    —Yo veo dos cosas preocupantes. La democracia liberal tiene un cuestionamiento en los hechos muy fuerte hacia el corporativismo de raíz peronista autoritaria. Eso se ha visto en los últimos años claramente. Los sindicatos no son más grupos de presión de defensa de los intereses gremiales, sino que son un factor de poder que lo ejercitan conjuntamente con el poder civil del Frente Amplio e incluso lo sobrepasan. Lo ocurrido en la salud es clarísimo, lo ocurrido con el plan de vivienda es clarísimo, y las expresiones que han hecho públicamente algunos de los principales dirigentes son coherentes con esto. La senadora Topolansky dijo que no importaban las mayorías parlamentarias porque las leyes se sacan con la movilización y eso ya lo han ejercitado y lo han demostrado. El presidente dice que la Constitución parece escrita por estancieros. Yo diría que, imperceptiblemente, a la uruguaya, el Frente Amplio va dejando de ser cada día menos una coalición socialista para transformarse en algo más parecido al peronismo autoritario de la primera hora o al kirchnerismo actual. Todo esto es muy preocupante.

    La segunda cosa preocupante son las diversas escalas de valores en la sociedad. Siempre hubo gente más rica, siempre hubo gente pobre y siempre hubo gente en el medio, que felizmente fueron los más desde siempre. Hoy la cosa es distinta: uno puede tener una clase alta que es minoritaria desde el punto de vista cuantitativo, una clase media que es amplia pero que responde a conceptos muy distintos, y luego hay un sector que dejó de ser pobre cuantitativamente, pero que es muy vulnerable desde el punto de vista social, que a su vez ha pasado a depender directamente del Estado y que va criando hijos en una ética distinta a la del trabajo. Por otro lado, tenemos unos fenómenos de crimen organizado que van creciendo, tenemos una violencia en los centros de enseñanza que es la expresión de una sociedad distinta, que responde a valores diferentes.

    —Respecto de la primera preocupación, ¿le parece que hay espacio para una reforma constitucional?

    —No creo que haya una prioridad constitucional. Puede haber reformas legales. Por ejemplo, creo que la última reforma de la educación fue muy mala.

    —En cuanto a la segunda. ¿Hacia dónde desemboca este proceso de fragmentación?

    –El tema es que no caigamos en islas, en tribus urbanas, que no caigamos en esos fenómenos que vemos en otras sociedades. El Uruguay siempre fue una sociedad integrada. Era una sociedad muy homogénea, con los mismos valores, con ideales burgueses, hablando en términos marxistas, como el sueño de la casa propia. Uno lo ve muy cuestionado hoy en día. Y ve sectores desapegados de lo que es el natural desarrollo de ellos dentro de la sociedad: el esfuerzo, la búsqueda de ascenso social. Eso me parece lo más grave.

    — Hay analistas que advierten que habrá que hacer algún tipo de ajuste para equilibrar las cuentas. ¿Observa problemas en materia económica?

    —La palabra “ajuste” asusta. Instintivamente todo el mundo quiere separarse de ella. Lo que es claro que ya no habrá tanto ingreso de divisas por la exportación, aunque en parte se compensará con la baja del petróleo. No se vislumbra una crisis, aunque está claro que habrá que administrar más y mejor los recursos, lo que empieza por cerrar la brecha fiscal que se ha ido generando. Lo mismo con la inflación, que ronda el 10% aunque se hagan malabarismo para que esa cifra mágica no aparezca, con su carga psicológica.

    —Y en materia de relaciones internacionales, por ejemplo, ¿el Mercosur está acabado?

    —Acabado como idea no, estancado y tergiversado en su funcionamiento, indudablemente. Adolecemos de un Mercosur mediocre, con socios regresivos como Venezuela o estancados como Argentina y Brasil. El país precisa más libertad, más acuerdos como el que hicimos en su tiempo con México. Estamos viviendo la mayor transferencia de poder económico de la historia, de Occidente a Oriente, del Atlántico al Pacífico, y nosotros seguimos mirando en dirección contraria. Las últimas cumbres de Unasur han sido lamentables. Hundidos en discursos retóricos, demagógicos, cómplices de graves violaciones a los derechos humanos en países socios, ignoramos la velocidad del cambio. ¿Por qué Chile y Perú han crecido más que nuestra región, en todos los rubros? No es casualidad.

    La globalización continua su marcha, con nosotros o sin nosotros. En ella confluyen la sociedad del conocimiento, que ha transformado hasta la riqueza, a favor de la propiedad intelectual, y la de la comunicación, que es algo más profundo que “twitear” chistes sobre temas de actualidad. Su impacto en las finanzas, por ejemplo, cambió todos los parámetros; en la propia democracia se advierte, con algo de bueno, que no hay modo de monopolizar la información, pero algo de peligroso, que es la convocatoria irresponsable o la difusión perniciosa de falsedades. ¿Estamos conscientes de los cambios?