La soledad del macho

La soledad del macho

La columna de Gabriel Pereyra

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Nº 2191 - 15 al 21 de Setiembre de 2022

Una encuesta sobre comportamiento sexual realizada por la Facultad de Ciencias Sociales, la ONU y la Cátedra de Enfermedades Infecciosas entre varones montevideanos de entre 15 y 24 años arrojó resultados preocupantes.

Los datos inquietarían en cualquier país, pero llaman la atención en uno como Uruguay, que aprobó recientemente leyes de derechos (aborto, marihuana, casamiento igualitario, trans) propias de naciones desarrolladas. Sin embargo, la realidad confirma que no es con leyes que se terminan los prejuicios sobre la sexualidad ni las normas culturales que le imponen al “macho” un corset a su sensibilidad.

Según la encuesta, un 83% de los varones consultados recibieron “algo” o “muy poco” de educación sexual. ¿Cómo pretendemos que luego, con la carga cultural que tienen sobre sus hombros, asuman una sexualidad respetuosa para con el otro?

Entre los varones dispuestos a tener relaciones sexuales abiertas, más de uno de cada cinco declaró que alguna vez alguien lo forzó a tener relaciones sexuales, básicamente la pareja estable, ocasional o amigo/a. “Los hombres no pueden ser violados”, es el título de un famoso film que cobra dramática realidad en países como Inglaterra y Gales, donde, si una mujer fuerza a un hombre a tener sexo con penetración sin su aprobación, no se considera violación.

Si mencionamos los términos de violencia de género, acoso sexual o laboral, violencia doméstica o violación, ¿en quién pensamos como la víctima? Sin embargo, los hombres no solo pueden ser violados, sino que la psicología demuestra que el varón, por ser tal, sufre un estigma extra. Y la psicología, la sociología y la criminología prueban que un niño o un adolescente violentado o violado tiene enormes chances de ser un hombre violento y un potencial violador.

En la encuesta, entre los varones que se declararon gais, solo dos de cada 10 dijeron que “todos” en su entorno lo saben. El resto calla, avergonzado y atemorizado. Cómo no estarlo si la misma encuesta revela que un 30% dijo que sufrió algún tipo de abuso o maltrato debido a su orientación sexual o por practicar el sexo con varones.

Más aún: entre los varones que tuvieron relaciones sexuales solo con mujeres, un 63% dice que presenció algún tipo de abuso o maltrato a otro varón por ser o parecer gay. Por ser o tan solo parecer.

Ante los reclamos del movimiento feminista, aparecen invisibilizados algunos dramas íntimos de los varones que abrevan en los mismos vicios culturales que afectan a las mujeres: la decimonónica asignación de roles, la violencia ejercida sobre el más débil, la represión de una libre sexualidad.

Y esto, como lo muestra la encuesta, lo sufren especialmente las nuevas generaciones de varones que, sin comerla ni beberla, se ven por un lado sentados en el banquillo de los acusados ante el reclamo de los derechos femeninos y por otro siguen sometidos a los esquemas sobre el papel que deben asumir en la sociedad: obligados a proveer, no llorar, ser fuertes, liderar y, quizás por aquello de que son los que deben asumir riesgos, encabezan las listas de víctimas de homicidios, accidentes de tránsito, accidentes laborales, caídos en combate y condenados a sufrir en mayor medida diversas enfermedades y tener menos expectativa de vida que las mujeres. Incluso, si mueren a manos de una mujer, teniendo en cuenta definiciones establecidas por organismos internacionales, no se los considera víctimas de violencia de género.

Suelo poner este ejemplo sobre lo rotulados que están los varones ante la mirada ajena y lo limitados en expresar no solo su sexualidad sino su sensibilidad: una chica o una mujer que le acaricia con ternura el pelo a otra y le elogia su belleza, frente a la misma imagen protagonizada por dos adolescentes varones u hombres, ¿qué pensaría la mayoría? Temo no equivocarme: en el primer caso pueden ser amigas, en el segundo hay grandes chances de que se piense que son homosexuales.

Seguro que esta discriminación y preconceptos sufren también las mujeres homosexuales, pero en la cultura dominante la libre expresividad de la sensibilidad femenina juega a su favor. La imagen del macho se da de bruces con la homosexualidad con una potencia única.

La encuesta muestra la soledad de miles y miles de muchachos que, mientras viven en reserva el dolor de su condición sexual por el hecho de tener pene y testículos, la revolución feminista se los lleva puestos; y entonces son parte de la tribu de machos donde no se diferencia al pacífico del violento, al intolerante del que no lo es, al hombre que alienta el machismo del joven que solo es culpable por presunción.

Todas las revoluciones, dentro de su lucha por los derechos vulnerados, han dejado un tendal de víctimas inocentes, justificadas como daños colaterales en aras de un bien superior.

Ahora estamos a tiempo de separar a los varones que no solo son víctimas de una sociedad machista, sino de una cultura conservadora, intolerante, de un país que podrá llenarse de leyes “progresistas” pero que para los diferentes sigue siendo un infierno chico, mucho peor que uno grande, porque las víctimas están siempre a mano.

Esta encuesta, además, revela dos aspectos que las reivindicaciones feministas dejan en un segundo plano: los niños y adolescentes, sin importar el género, son más débiles que una mujer; y la pobreza es una mayor fuente de injusticia y segregación que el género.

La encuesta nos muestra a hombres que sufren las mismas injusticias y violencias que muchas mujeres y seguro expone una condición en la que viven los segregados, los diferentes, los tildados de débiles, ya por mujer, ya por no representar el rol de macho que la sociedad espera de los hombres: la soledad.

La soledad de esos niños, adolescentes e incluso hombres que se reconocen como gais, encerrados en la jaula de su propio cerebro porque, si se sabe quiénes son en verdad, serán objeto de burla cuando no de agresión de otros hombres y de, por supuesto, mujeres. La soledad del que sin formar parte de esa estructura de poder machista que define el feminismo sufre no solo de ese mismo machismo, sino de los señalamientos de quienes lo combaten. Y esa fragilidad extra que impone la soledad a los diferentes seguramente requiere de las mismas medicinas a las que el feminismo deberá apelar, entre otros tratamientos, si queremos lograr una sociedad igualitaria: empatía, piedad y comprensión.

La paleontóloga española María Martinón-Torres dijo en una entrevista que nuestra fortaleza como especie “no es individual, es siempre como grupo. Eso nos permite acoger y compensar y proteger debilidades o fragilidades individuales. El más débil no es el físicamente frágil o el que está enfermo, sino el que está solo”.