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    La sombra del rey bueno

    Columnista de Búsqueda

    N° 1836 - 08 al 14 de Octubre de 2015

    Hay escritores —como Virgilio, como Dante, como Borges— que deben su fama al solo ángel de su escritura; al prodigio de cada tropo, de cada combinatoria precisa o inesperada. Otros deben su fama a la vida que han llevado, que a veces opaca o promueve su obra; Baudelaire quiso pertenecer a esta estirpe pero felizmente no pudo, porque su obra acabó por soterrar su ruidosa vida; le ocurrió lo mismo a Rimbaud. Hay otros, en cambio, que crucificaron su nombre en su tiempo, en una época dada como emergentes de una cultura, como los novelistas rusos, o que derivaron su nombre de la compañía que les tocó en suerte. Tal es el caso de Joinville, poeta de la Corte, que tuvo el privilegio de acompañar a San Luis (Luis IX) durante unos cuantos años de su reinado; lo acompaña incluso a la séptima Cruzada, donde también tiene el privilegio de ser capturado en su compañía. A esas dos bendiciones se le sumó la de haber sobrevivido en más de una generación al rey, que murió en 1270, pues su legendaria longevidad (anduvo en el mundo hasta 1319, es decir, hasta los 95 años) lo llevó a promover y aun ver la canonización de este admirado santo, y todavía le dejó tiempo para contar y reinventar anécdotas que explicaran sus buenos y malos tratos con la suerte del monarca que llegó a ser árbitro y fuente de consulta de todas las cortes europeas.

    La historia de Joinville es encomiosa y abunda en milagros, pero también presenta lo que parece más valioso para quienes nos asomamos hoy a sus páginas, a saber: recoge, o pretende recoger, palabras e ideas del rey, salvar anécdotas que de otra manera habrían sido amortajadas por el olvido, rescatar valores de la gloriosa cultura de la caballería que luego los vientos de la modernidad de entonces borrarían para siempre y dejarían como un artículo de consumo para la nostalgia y para la imaginación de las poetas, como sucede siempre en el mejor de los casos. En el libro La vie de Saint Louis (Livre de Poche, 2002) se nos cuenta que este rey gobernó todo su tiempo según los dictados de Dios, que tenía horror del pecado, que fue valiente en la guerra y valiente en la paz, cuando se necesitaba habilidad para negociar, confianza para transmitir, destreza para doblegar sin quebrar, sensatez para no dejar que las ofensas pudieran más que el interés y el servicio.

    Si se quiere contrastar el fresco repertorio de alabanzas y el relato sin perspectiva pero apasionado de Joinville, recomiendo la semblanza que propone el libro que coordina Jacques Le Goff Hombres y mujeres de la Edad Media (Fondo de Cultura Económica, que distribuye Gussi), donde entre otros obligados personajes hay una mirada sobre la vida y la obra de este vasto rey que hizo de Francia un país más amable para los que aman los bienes del espíritu, sin por ello dejar de ser un estadista firme y resoluto. Copio lo que se escribe en la página 240: “Fue el rey de las tres funciones, definidas por el obispo Adalberón de Laon en el siglo XI, en la óptica del pensamiento indoeuropeo: rey de los oratores (los clérigos y fieles que oran), los bellatores (los guerreros) y los laboratores (los trabajadores) porque, a pesar de ser sobre todo célebre por su piedad, también era, según el ideal del siglo XIII, un brillante caballero y, en el marco de las instituciones monárquicas que ayudó a desarrollar, un burócrata muy activo. Mostró su primer gesto de independencia al poner fin, en 1229, a la huelga de los profesores y estudiantes de la joven Universidad de París, acosados por la política de Blanca de Castilla. Su reino fue dominado por tres ideas. La primera, tradicional, ya estaba en decadencia: el deseo de una Cruzada y la reconquista del sepulcro de Cristo en Jerusalén. La segunda era la protección de los pobres. En este sentido, era un verdadero rey del siglo X, época de la fundación y la actividad caritativa de las órdenes mendicantes. Las favoreció a tal punto que algunos críticos le reprocharon no haber sido sino el “rey de los hermanos”. Finalmente, buscó convertir al reino de Francia en el reino modelo e incluso el reino dominante de toda la cristiandad”.

    Encarezco la lectura del libro de Le Goff sin más explicación, porque notoriamente es un tesoro para los que aman la historia. La obra de Joinville, en tanto, está reservada para los que además de amar la historia gustan de tener el aire de la inmediatez, la frescura y la inocencia de aquellos protagonistas o testigos que ignoraban que el mundo estacionario en el que habitaban no era eterno.

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