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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáCotidianamente, en la prensa, los discursos y las tertulias se hace referencia al ranking de la Unidad de Inteligencia del Economist que abarca cinco áreas de análisis según 60 indicadores: proceso electoral y pluralismo, funcionamiento del gobierno, participación política, cultura política, libertades civiles. De ahí derivan cuatro categorías: democracias plenas, débiles, gobiernos híbridos, autoritarios.
Bien, podemos decir que es insuficiente, que no contempla tal o cual hito o críticas similares. En lugar de eso analicemos qué le falta o sobra, y veamos el caso Uruguay. Lo primero que rechina es lo de “plena”. Así llegamos al “we are fantastic”. De ahí a la falta de autocrítica, la autocomplacencia y asumirnos como un milagro de la región hay un paso. La responsabilidad no es del Economist, es nuestra. Si en vez de “plena” dijéramos —o pensáramos— que somos una democracia en desarrollo, con peligros y desvíos que acechan y hay que atender, la cosa cambiaría. Se ajusta a la realidad.
La democracia de la que nos vanagloriamos requiere varias cosas. Cada lector —si no cayó en la autocomplacencia acrítica— las podrá exponer. La lista es larga y compleja, pero atendible. Para comenzar, nos faltan datos. No los recabamos. Falta grave. Y si sumamos los fracasos en la educación, con paupérrimos logros efectivos para la juventud, tenemos el cartón lleno.
Nunca hemos hecho una auténtica introspección analítica institucional sistematizada (IAIS) de las actividades públicas y privadas nacionales. Que podríamos hacerla a partir de la vieja y querida IN (inteligencia natural), y no esperar que la IA nos lo indique. Por ejemplo, a través de solicitar información pública. Uruguay se jacta de transparencia. Puedo afirmar —documentos oficiales mediante— que la cosa es bastante más compleja. Hay ignorancias y hay opacidades. Daremos cuenta en un próximo ensayo pero comparto dos muestras gratis:
A pocos meses de iniciado este período se elevó una solicitud de información pública al MSP, y de forma casi simultánea la Autoridad Reguladora Nacional de Radioprotección (ARNR) del MIEM dejó claro que no tenía presupuesto adecuado, faltaba equipamiento tecnológico y RRHH capacitados. Luego vino una misión de OIEA (Organización Internacional de Energía Atómica) e hizo una auditoría. A fines del 2022 se recibió el informe que el ministro Salinas calificó de “catastrófico” y señaló que en breve se daría a conocer. Hasta el día de hoy sigue celosamente guardado. ¿Transparencia? Para dejarlo meridianamente claro a los políticos profesionales que se anotan para criticar sin reflexionar: La falla y la carencia viene de décadas, todos los gobiernos han sido corresponsables. Pero mal de muchos, consuelo de estultos.
El gobierno hace bien al reclamar, en el Mercosur y en el foro internacional con la UE, adecuar las políticas y quejarse de que hace más de 20 años que estamos en lo mismo. Como también tiene razón la ministra de Economía al solicitarle a Udelar que se haga una auditoría externa independiente. Ahora, para ser coherentes, ¿a nadie del actual y los pasados gobiernos se le ha ocurrido la pertinencia de hacer auditorías externas en ministerios y organismos públicos? ¿Una auténtica y radical introspección analítica institucional sistematizada? Parece que exigir a otros de afuera es fácil, pero hacerlo a uno mismo resulta difícil… Sin autocrítica nos condenamos a la mediocridad.
Comienza el cierre de otro quinquenio. Con peculiaridades, como todos los previos, salvo que en este predominó la pandemia. No es tiempo de análisis retrospectivo, pero sí debiéramos hacer un ejercicio prospectivo. La mayoría de los ciudadanos, del lugar que a cada uno le toca, decimos que hay que cambiar. Y habría temas con ciertos consensos. Pero llegado el momento nos vamos al mazo. La nada uruguaya. Educación, salud, seguridad, ciencia y tecnología, jubilaciones y una ristra de ajos nos interpelan. Somos expertos en naufragar intenciones. Minga del Vaz Ferreira que pide pensar, decir y hacer. ¿Será que en el fondo somos una manga de hipócritas que decimos querer hacer y luego nos evaporarnos?
¿Será que al ser una democracia plena sentimos que necesitamos unanimidades para proceder a los cambios? ¿Que para innovar hay que cubrir todo el territorio a modo Urbi et orbi? Lo cierto es que les tenemos alergia a los proyectos piloto que salen del carril burocrático y pueden dejar evidencia de que con pocos cambios se logran mejores resultados. Claro, pisando callos del funcionariado de turno del establishment…
Hoy si surge un proyecto piloto auditado a escala internacional que puede hacerse en Uruguay, la experiencia indica que más vale tener un plan B: Implementarlo en un país extranjero. En nuestro caso, en la UE, donde valoran la innovación, el análisis crítico, la mejora continua. En criollo, el desarrollo, el bien común y el interés general.
Debemos analizar nuestras actividades y resultados con la ecuación costo/beneficio/calidad/ética/coparticipación ciudadana. Ecuación que olímpicamente evitamos para seguir como vamos: El país del más o menos, de la mediocridad. José Ingenieros en 1913 sabía lo que decía cuando publicó El hombre mediocre. Sigue vigente.
Gonzalo Pou