N° 1786 - 16 al 22 de Octubre de 2014
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEl cambio de sexo que experimenta Orlando casi sobre el último tercio de la novela homónima es un anuncio de que hay un nuevo tiempo en la historia que necesariamente tendrá que contabilizarse según los principios de la mayor inclusión, un tiempo en el que la mujer saldrá del rincón al que fue confinada desde antiguo. Virginia Woolf viene a decirnos que la mujer consiguió indicar que ya no es el hombre defectuoso del que hablaba Aristóteles, y sí un actor social decisivo en la vida de la civilización moderna. Nos dice más: afirma que una cierta franja de la cultura es incomprensible sin ese protagonismo que necesariamente habrá de ser una significativa presencia también en el orden económico.
Sobre este último aspecto invito al lector a que trate con ese excelente par de conferencias que Virginia dio en llamar Un cuarto propio, donde plantea con serena lucidez y con la asistencia de elementos autobiográficos y poderosas lecturas clásicas lo que significa la liberación económica como principio de la independencia y de la dignidad social. Allí cuenta un episodio infausto y estimulante al propio tiempo; algo que le ocurrió unos años antes, cuando todavía era una joven que infructuosamente se esforzaba por ser diferente en un mundo de igualdades ficticias y de segregaciones irritantes. “Mi tía, Mary Beton, murió de una caída de caballo un día que salió a tomar el aire en Bombay. La noticia de mi herencia me llegó una noche, más o menos al mismo tiempo que se aprobaba una ley que les concedía el voto a las mujeres. Una carta de un notario cayó en mi buzón y al abrirla me encontré con que mi tía me había dejado quinientas libras al año hasta el resto de mis días. De las dos cosas —el voto y el dinero—, el dinero, lo confieso, me pareció de mucho la más importante”.
A simple vista no parece un texto moral de los que son dables esperar de alguien que sostiene una causa, no parece haber desprendimiento ni altruismo, sino más bien complacencia y distracción de los grandes asuntos colectivos, de la causa común por la que han venido luchando no sin riesgo varias generaciones de mujeres. Sin embargo, a poco que se fija la vista uno advierte enseguida la claridad de Virginia: no es que el voto no sea importante, que no valga como conquista decisiva para alcanzar nada menos que existencia política en un sistema donde elegir libremente es el instrumento natural de discernir y legitimar el poder. Pero detrás del voto, más allá de lo episódico de la política, está lo permanente de la realidad material, el decisivo, el indisimulable plano de lo económico, ámbito en el que se pierden o se ganan las verdaderas batallas de la inclusión y de la libertad. “Hasta entonces me había ganado la vida mendigando trabajitos en los periódicos, informando sobre una exposición de asnos o una boda; había ganado algunas libras escribiendo sobres, leyendo a ratos para viejas señoras, haciendo flores artificiales, enseñando el alfabeto a niños pequeños en un kindergarten. Estas eran las principales ocupaciones permitidas a las mujeres antes de 1918. No necesito, creo, describir en detalle la dureza de esta clase de trabajo. (...) Pero lo que sigo recordando como un yugo peor que estas dos cosas es el veneno del miedo y de la amargura que estos días me trajeron. Para empezar, estar siempre haciendo un trabajo que no se desea hacer y hacerlo como un esclavo, halagando y adulando (...); y luego el pensamiento de este don que era un martirio tener que esconder, un don pequeño, quizá, pero caro al poseedor, y que se iba marchitando, y con él mi ser, mi alma. (...) Pero, como decía, mi tía murió; y cada vez que cambio un billete de diez chelines, desaparece un poco de esta carcoma y de esta corrosión; se van el temor y la amargura. (...) Ninguna fuerza en el mundo puede quitarme mis quinientas libras. Tengo asegurados para siempre la comida, el cobijo y el vestir. Por tanto, no solo cesan el esforzarse y el luchar, sino también el odio y la amargura. No necesito odiar a ningún hombre; no puede herirme. No necesito halagar a ningún hombre; no tiene nada que darme. De modo que, imperceptiblemente, fui adoptando una nueva actitud hacia la otra mitad de la especie humana”.
Recomiendo la lectura de este libro. Las mezclas absurdas que vienen teniendo lugar, los extremismos de moda y la vacuidad reinante lo han dotado de inesperada actualidad.