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    La tradición elimina el azar

    Columnista de Búsqueda

    N° 1735 - 17 al 23 de Octubre de 2013

    Afirmar que la política es el arte de lo posible implica dotar de ilimitada confianza a una faena que solo puede despertar recelos. Contingencia no es igual a improvisación o timba; lo posible ha de entenderse como lo abierto, aquello que no está forzosamente sometido al objetivo dominio de las leyes generales, que es fuente de novedades y de creación. Resulta abrumadora la tropa de los que pretenden que lo posible puede ser cualquier cosa que no obedezca las leyes del mundo, que bajo el generoso manto de la contingencia se admite cualquier especie, aun lo que directamente niega la finalidad y la naturaleza de lo predicado por el adjetivo. Si la política se ha degradado hasta los infectos extremos que hoy sufrimos es, entre otras razones, porque el sentido lato e irresponsable del concepto de posibilidad fue absolutamente abusado en su forma y también en sus contenidos.

    La precisión acerca de este extremo la formula perfectamente Oswald Spengler, quien asimila la posibilidad a la noción de realidad que puede ser desarrollada, mejorada; esto es, todo lo contrario, el simétrico revés de lo que hacen los maestros contemporáneos de esa penuria moral en que se ha convertido la acción política. Nos dice el filósofo que la política es efectivamente el arte de lo posible; pero formula una distinción que no es menor: “Este viejo vocablo casi lo dice todo. El jardinero puede extraer una planta de la semilla o ennoblecer su tallo. Puede desenvolver o destruir en ella disposiciones ocultas, el tronco y el aspecto, las flores y los fruto. De la percepción que el hortelano tenga de lo posible, y por lo tanto, necesario, depende la perfección, la fuerza, el sino todo de la planta. Pero la figura fundamental y la dirección de su existencia, los períodos, la rapidez y duración de su desarrollo, la ‘ley según la cual se suceden’, no están en poder del hortelano. Tiene que cumplirlos ella misma o perecer. Y otro tanto les sucede a esas plantas enormes llamadas ‘culturas’ y a los torrentes de generaciones humanas incluso en su mundo de formas políticas. El gran hombre de Estado es el hortelano de un pueblo”.

    Enseñaba Aristóteles que entre el sabio y el ignorante existe la misma diferencia que entre los vivos y los muertos; lo propio podría significarse acerca de la distancia que existe entre los bufones de ocasión que pueblan las dignidades del Estado y los forjadores de épocas en la Historia; unos están arrinconados en la sórdida trampa de sus ambiciones y en la miseria de sus pocas luces morales e intelectuales, y otros —siempre los menos, siempre los más lejanos y excepcionales— llevan su paso marcial por los campos del Tiempo sin escuchar otra voz que la del porvenir, sin atender sino a lo más alto. Explica Spengler que el buen político, el político excelente, el verdadero hortelano no es el que habla sino el que manda: “Con el mando crece el individuo sobre sí mismo y se convierte en centro de un mundo activo. (..) El hombre de Estado se eleva a un rango que los antiguos hubieran calificado de divino. Tórnase creador de una nueva vida, fundador ‘espiritual’ de una raza joven. Él mismo, como ser, desaparecerá a los pocos años. Pero una minoría por él creada —otro ser de extraña índole— aparece en su lugar para un tiempo incalculable. Ese algo cósmico, esa alma de una capa dominadora y gobernante puede un individuo engendrarlo y dejarlo en herencia; esto es lo que ha producido en toda historia los efectos más duraderos.

    Los grandes individuos destruyen a veces más que edifican, por el hueco que su muerte deja en el torrente del suceder. Pero crear una tradición significa eliminar el azar. Una tradición cría hombres de un nivel medio superior, con los cuales puede contar el futuro. No crea un César, pero sí un Senado; no un Napoleón, pero sí un incomparable cuerpo de oficiales. Una fuerte tradición atrae los talentos y con pequeñas dotes alcanza grandes éxitos. Demuéstranlo las escuelas de pintura en Italia y Holanda, no menos que el ejército prusiano y la diplomacia de la curia romana”. (Cf. La decadencia de Occidente, Espasa-Calpe, Madrid, 1976, Tomo II, pags 514-515.)

    Leer a Spengler de tanto en tanto nos recuerda el despiadado, aunque sin duda merecido castigo que nos ha caído encima.

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