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    La traidora Michelle Suárez

    N° 1949 - 21 al 27 de Diciembre de 2017

    “La mejor credencial de cualquier persona es su trabajo; las palabras se las lleva el viento. No hay cosa mejor que exponga lo que alguien es, que los actos exteriores y lo que ha trabajado”. Una verdad indiscutible cuando quien la expresa tiene credenciales que la avalen. No las de un día, un mes o un año. Sino las de una larga trayectoria: las credenciales que conforman una historia válida; las otras son golondrinas de un solo verano.

    Las 35 palabras del comienzo fueron expresadas el 11 de octubre con tono académico por la exsenadora Michelle Suárez en el programa de canal 10 La tarde en casa que conducen María Inés Obaldía y Gerardo Sotelo. Era una estrella naciente en el mundo político. Se había convertido en senadora del Partido Comunista (PCU), que la destacó con particular énfasis por su condición de trans. Cuando juró, desde las barras del Palacio Legislativo, estallaron aplausos y vítores.

    ¡Una chanta de siete leguas! Sus palabras para fundamentar que la mejor credencial es su trabajo son filosofía falsa y barata. No a todas las palabras se las lleva el viento.

    Les mintió a los periodistas, a los televidentes, al Senado, al Frente Amplio, al Partido Comunista (PCU) y a quienes han seguido la evolución de esta mujer de 33 años, abogada, que sin ningún antecedente político fue ubicada por los comunistas como segunda suplente de Marcos Carámbula.

    Segunda suplente detrás de quien fue diputado, dirigente gremial, dos veces intendente, senador y militante político desde antes de la dictadura. Pero al confeccionar las listas hay que quedar bien con Dios y el Diablo metiendo candidatos “políticamente correctos” para arrimar la mayor cantidad posible de votos.

    En la cúspide de los actos oscuros de Suárez se ubica su traición a quienes defienden los derechos de las personas LGBTI (lesbianas, gay, bisexuales, transexuales e intersexuales). Mientras la charlatana de feria los asesoraba jurídicamente, camuflaba su condición delictiva. Con su traición les dio argumentos a quienes discriminan y generó desconfianza hacia los grupos minoritarios vulnerables. Basta con leer los agresivos y homófobos comentarios en las redes sociales luego de que su inmoralidad quedó al desnudo.

    La memoria oculta hechos que reaparecen. En 2013 tomaba café en el bar Sportman de 18 de Julio y Tristán Narvaja con dos abogados, veteranos profesores de la Facultad de Derecho. Dos mesas atrás nuestro estaba Suárez a quien no conocía. Me llamó la atención que sus interlocutores rotaran. Les pregunté si la conocían y a qué se debía esa rotación: “Son clientes. Es abogada y a veces atiende acá”. Agregaron que es “inteligente y meritoria por su condición de trans”, pero advirtieron tener información de que cometía violaciones éticas y legales. Lo atribuí a una opinión discriminatoria y me callé la boca.

    Tenían razón. Esos abogados y otros son ojos y oídos alertas sobre la fauna que circula en el Sportman.

    Hoy sabemos que en un expediente Suárez falsificó firmas según el dictamen de una junta de peritos calígrafos. Antes, en un proceso de revisión, negó ante los ministros de la Suprema Corte de Justicia ser la autora de esas falsificaciones.

    El tarro lo destapó un hombre que según ese expediente había renunciado a la patria potestad. Su firma estaba pero negó ser el autor. Los peritos le dieron la razón. Ahora la fiscalía de Atlántida deberá decidir si pide el procesamiento o archiva el caso. Si la procesan, la Corte suspenderá a Súarez en el ejercicio de su profesión por determinado lapso. Mientras analiza el expediente con las firmas falsificadas para una eventual revisión.

    Pero en definitiva, a los efectos éticos y morales, poco importan las decisiones judiciales. Tampoco importan en los casos del intendente de Soriano, Agustín Bascou, del ex vicepresidente Raúl Sendic y de tantos otros. Los hechos son los hechos y las traiciones a las personas y a los ciudadanos, siguen siendo traiciones más allá de los fallos judiciales.

    El vodka polaco Spirytus tiene la mayor graduación alcohólica del mundo: 96 volúmenes. Marea de solo ver la botella. Pero marea menos que la apetencia por el poder político que además genera sensación de impunidad y hace perder los puntos de referencia aunque las pruebas rompan los ojos. La semana pasada Suárez le dijo a la agencia EFE que la denuncia por las falsificaciones fue “una escalada en mi contra”. Argumentó que “un quehacer privado nada tiene que ver con la función pública… la sociedad civil y el partido político”. Peor que el vodka polaco.

    El PCU tomó una decisión poco habitual en política. Arrancó a Suárez de raíz como se debe hacer con una mala hierba, pero cuando la puso de candidata el rumor de lo que me contó el abogado en el bar Sportman ya circulaba. ¿No investigaron? ¿No se asesoraron? ¿Cualquiera sirve?

    Su secretario general, Juan Castillo, que asumirá esa banca por ser el primer suplente, dijo que apenas conocieron el dictamen de los calígrafos le exigieron a Suárez la renuncia. “Nos duele. Tenemos que pedir disculpas públicamente por lo que está ocurriendo. Es una pena. No sé expresar de otra forma el dolor que siento”.

    Lo mismo deberían sentir otros que ahora se esconden y que también la aplaudieron y elogiaron, especialmente el colectivo Ovejas Negras.

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