N° 1680 - 20 al 26 de Setiembre de 2012
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáFueron innobles los héroes griegos con Filoctetes. Como ellos, también él decidió marchar a Troya y alcanzar la gloria. Pero a diferencia de Agamenón, de Aquiles, de Diomedes, de Ayax, del anciano Néstor, el enorme Filotectes fue ungido con una suerte de codiciada y a la vez gravosa sinecura: Hércules le obsequió un arco y unas flechas de fulminante eficacia, cuyo poder de muerte resultaba ineludible; era esa arma prácticamente el poder total del bando griego, el entero don de un dios al servicio de la guerra.
Pero los hados se sabe que son veleidosos y, así como dan con una mano, quitan con la otra. Filoctetes fue mordido en el pie por una extraña serpiente y no tardó en padecer indecible dolor y en exhalar un olor fétido, nauseabundo de su herida, lo que sin más, produjo un violento rechazo en la ilustre tripulación que se conducía a la ciudad de Príamo. A tanto llegó el asco entre los griegos, tan fuerte era el olor y tan penoso el espectáculo, que ofrecía el guerrero Filoctetes, que los capitanes —Agamenón, Néstor y Ulises a la cabeza— decidieron deshacerse de él abandonándolo en una isla desierta, como forma de dejarlo morir.
Al cabo de nueve años, un oráculo reveló a los griegos que los muros de Troya nunca caerían si el arco de Hércules no participaba de la guerra. Por esta superior razón, Ulises, junto al hijo de Aquiles, Neoptólemo, se comprometió a afrontar la procelosa misión de recuperar el arco, lo que implicaba enfrentar los reproches y las justas acusaciones del desdichado Filoctetes. El plan de Ulises en la ocasión es bien sencillo, es elemental, es antiguo: o recupera el arco por la fuerza, o lo recupera por el engaño. Esto es: mata sin remordimiento a su antiguo amigo o se vale de la astucia para obtener el reclamado botín.
Cuando le revela a Neoptólemo el programado curso de acción, éste le responde que no está dispuesto a llevar adelante una acción inmoral, aun cuando sea para complacer a los dioses. En ese momento, Ulises vacila entre imponer su autoridad sin más trámite o darle una lección al muchacho; opta por esto último: “A Filoctetes es preciso que le engañes con tus razonamientos. Cuando te pregunte quién eres y de dónde vienes, dile que hijo de Aquiles —esto has de ocultarlo—, que navegas hacia tu casa, habiendo abandonado el campamento naval de los aqueos, a quienes tienes rencoroso odio, porque después de haberte pedido con súplicas que hicieras el viaje desde tu patria, como que tú eras el único recurso que tenían para la toma de Troya, al llegar a ella no se dignaron darte las armas de Aquiles que con justicia pedías, sino que se las concedieron a Ulises; y le dices de mí cuanto quieras, hasta las más estupendas infamias. De ellas ninguna me apenará; pues si no haces esto, ocasionarás daño a todos los argivos. Porque si no te apoderas del arco de éste, no te va a ser posible destruir la ciudad de Dárdano. Y que yo no pueda, pero tú si, mantener con éste conversación que le merezca fe y nos dé seguro resultado, vas a verlo. Tú has atravesado el mar sin obligarte con juramento, ni por necesidad; no eres tampoco de la primera expedición. Yo, de todo esto, nada puedo negar. De manera que si él, en posesión da su arco, me llega a ver, estoy perdido y te pierdo a ti a la vez. Por esto mismo es menester que emplees mucha astucia para que le quites esas invencibles armas. Yo bien sé, hijo, que por tu índole no eres a propósito para decir mentiras ni cometer villanías; pero ya que dulce cosa es alcanzar la victoria, atrévete a ello; que en adelante ya procuraremos ser sinceros. Pero ahora déjate llevar de mí, arrinconando la vergüenza durante una pequeña parte del día; y luego, en adelante, procura que te llamen el más virtuoso de todos los hombres”.
Tal es, según Sófocles en la tragedia “Filoctetes” la postura de un general que se ha juramentado ante su patria ganar la guerra, regresar vencedor. El joven demora en entender el carácter supremo, la moral superior que implica el triunfo, y por eso le responde: “Soy de índole tal que no puedo hacer nada valiéndome de malas artes (…) Pero estoy dispuesto a llevarme por la fuerza a este hombre y no con engaños, pues él con un solo pie, siendo nosotros tantos como somos, no podrá dominarnos a la fuerza. En verdad que habiendo venido como ayudante tuyo, temo que me llamen traidor; pero prefiero no alcanzar buen éxito por proceder honradamente, a triunfar con malos medios”.
La historia sigue como sigue siempre todo en la Historia: el punto de vista de Ulises –ganar la guerra, no renunciar a ella, evitar que el enemigo triunfe—acaba por prevalecer. Filoctetes tiene razón, fue abandonado sin piedad; Neoptólemo tiene mucha razón, pues la conformidad con la moral es la base de la dignidad y de la convivencia social. Pero quien tiene más razón que todos en todos los tiempos y en cualquier parte es Ulises: la guerra que se emprende no puede perderse.