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    La virtud del egoísmo

    Nº 2206 - 29 de Diciembre de 2022 al 4 de Enero de 2023

    Ser “egoísta” tiene mala prensa, al punto tal que la Real Academia lo define como “inmoderado y excesivo amor a sí mismo, que hace atender desmedidamente al propio interés, sin cuidarse del de los demás”. Como bien dice Ayn Rand y su filosofía, el objetivismo: “Nos han enseñado que el ego es sinónimo de maldad y que el desinterés es el ideal de la virtud. Pero la persona productiva es el egoísta en sentido absoluto y el desinteresado es quien no piensa, ni siente, ni juzga, ni actúa; porque estas son funciones del ego”.

    Sin embargo, el significado exacto de la palabra egoísmo es “preocuparse por el propio interés”. Esto es el “egoísmo racional”, puesto que en la búsqueda de mi propio interés debo —aunque no lo quiera— contemplar el interés de los demás no por ser “altruista”, sino por una pura y dura razón de conveniencia: al comerciante no le conviene “esquilmar” a su cliente, puesto que más temprano que tarde se quedará sin clientes; al ciudadano le conviene ser amable con su vecino no por ser “socialmente correcto”, sino porque es mejor tener una buena vecindad.

    Todos actuamos por nuestro propio interés. La Madre Teresa de Calcuta no se “sacrificaba” por los leprosos de la India, sino que ella “disfrutaba” de ayudar a los leprosos. No imagimo a doña Teresa manejando las finanzas de un banco internacional y cobrando millones de dólares por hacerlo, aunque probablemente pudiera ser más útil en esta función ayudando a los pobres a salir de la pobreza, enseñando a manejar sus finanzas y sus vidas y no solo recibiendo de ella un plato de comida y compasión. Esto es lo que ha hecho Muhamed Yunus, fundador del Banco Grameen, quien ha ayudado a millones de indigentes a mejorar su situación financiera dando microcréditos, y él también se hizo millonario. Un verdadero ganar-ganar, un intercambio de valor por valor y no valor por necesidad. Es mucho más digno para un pobre recibir un crédito (lo que significa que alguien “confía” en él y que lo va a devolver) que recibir una limosna de parte de algún “altruista” que lo único que hace es enterrar a esa persona de por vida en la miseria y dejarle su autoestima por el piso. Mides, tomar nota.

    Sin embargo, el altruismo y el sacrificio por los demás tienen mejor prensa.

    Dice Ayn Rand: “La cuestión no es entre autosacrificio o dominación, la cuestión es entre independencia o dependencia. Es el código del creador o el código del parásito. El código del creador está construido sobre las necesidades de la mente pensante, que le permite al hombre sobrevivir. El código del parásito está construido sobre las necesidades de una mente incapaz de sobrevivir por sí misma. Todo lo que procede del ego independiente del hombre es bueno. Todo lo que procede de la dependencia del hombre de otros hombres es malo”.

    Y agrega: “El propósito moral de la vida de un hombre es el logro de su propia felicidad. Eso no significa que deba ser indiferente a todos los demás hombres, que la vida humana no tenga ningún valor para él y que él no tenga ninguna razón para ayudarles a otros en una emergencia. Pero sí significa que él no subordina su vida al bienestar de los demás, que no se sacrifica a las necesidades de otros, que el alivio del sufrimiento de otros no es su principal preocupación, que cualquier ayuda que pueda darles es la excepción, no la regla, un acto de generosidad, no un deber moral, que es marginal y circunstancial —de la misma forma que los desastres son marginales y circunstanciales a lo largo de la existencia humana— y que los valores, no los desastres, son el objetivo, la principal preocupación y la motivación de su vida”.

    Como ven, estas ideas sacuden nuestros paradigmas más caros que la izquierda (en su más amplio espectro, desde el comunismo más rancio a la socialdemocracia más edulcorada) nos han impuesto durante décadas.

    Esto lleva a que aceptemos como válido y moralmente sano conceptos que son un verdadero desastre para nuesta vida personal y en sociedad, como ser:

    “Que pague más el que tiene más”, que no es otra cosa que la aceptación del robo y el saqueo justificado por la “necesidad” de alguna persona que no pudo o no supo como valerse por sí misma y, en vez de ayudarle a encontrar su propia felicidad, lo dejamos atado a una prebenda de por vida, quitándole (a punta de pistola estatal) el fruto del esfuerzo de los que sí encontraron ese camino.

    “Naides es más que naides”, poniendo en un mismo plano al delincuente y al honesto, al vago y al laborioso, al productor y al saqueador, al ignorante y al genio. Si naides es más que naides, cuando tenga que operar a un hijo del corazón, que lo abra el camilllero, no el grado 5 en cardiología, después de todo, hace 30 años que está trasladando pacientes de un lado a otro y es un buen muchacho. En cambio, el grado 5 es “rico”, es “amargado” y probablemente no sea “solidario”.

    “Qué buena que es la justicia social”, el “repartir la riqueza” o lograr la “igualdad”, con lo cual se anulan las hermosas diferencias genéticas, conductuales y comportamentales que hacen de cada individuo un ser único e irrepetible. La justicia social es una injusticia social y la igualdad es un acto de violencia, como lo ejemplifica el caso de Procusto, un posadero que alojaba a sus huéspedes en una cama y para que todos entraran en ella sin que sobrara nada les cortaba las piernas a los muy altos y estiraba en un potro a los más bajos, así eran todos “iguales”.

    En esta época del año, cargada de villancicos, de mensajes amorosos (que duran lo que las fiestas mismas) y donde también tenemos más tiempo para pensar, les dejo estas ideas para digerirlas. Les va a costar hacerlo, pero aprovechen los eflubios del alcohol, que, si algo positivo tiene, es que nos pone más creativos y abiertos a nuevas ideas.

    Feliz año.

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