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    La voz y la plata quemada

    Nº 2159 - 27 de Enero al 2 de Febrero de 2022

    Es estimulante cuando algunos lectores, conocidos o no, me acercan ideas que suponen propicias para que esta columna siga contando con su satisfacción. Ese estímulo crece al momento en que la propuesta de una investigación llega de un brillante colega, compañero y amigo de siempre, Raúl Ronzoni, presto a escribir un nuevo libro.

    Este texto –más allá de mi trabajo de frenético hurgador de papeles y de la suerte que corra entre quienes lo lean– le debe mucho.

    Jorge Fontán Reyes –seudónimo de Atir Omar Nocito– fue un cantor de tangos que tuvo algunas etapas exitosas. Luego, un problema vocal nunca aclarado lo excluyó de la consideración pública y terminó dueño de un boliche de mala muerte y encarcelado por su complicidad en un robo a un banco, que ocurrió en Argentina aunque la peripecia tuvo fin en Montevideo, y dio origen al libro de Ricardo Piglia Plata quemada, que ganó el premio Planeta, y a una película homónima de Marcelo Piñeyro.

    Sí. Se trata del asalto sangriento al banco de San Fernando, en la provincia de Buenos Aires, y de la fuga de cuatro de sus responsables a Uruguay, donde, encerrados por la policía en el edificio Liberaij, quemaron siete millones de pesos y desataron una tragedia con varias víctimas. Pero ese hecho ya ha sido repetidamente relatado y pocos lectores deben ignorar sus detalles.

    La referencia está porque Ronzoni tiene razón: un cantor de tangos, tal vez hoy perdido en el olvido pero que fue notorio, estuvo involucrado. Fontán Reyes, de voz recia, registro afinado y bueno para el fraseo, alcanzó el éxito en 1950, con la orquesta de Juan Canaro. Pasó por las agrupaciones de Osvaldo Manzi, con quien grabó uno de sus escasos discos, Dolor milonguero, Juan Sánchez Gorio y Edgardo Donato. Pero justo cuando Héctor Varela, en su plenitud, lo contrata para una gira por Chile –que debió suspenderse– sus cuerdas vocales fueron afectadas gravemente por una dolencia jamás definida. Sin embargo, a los pocos meses se recuperó, ganó un concurso de Radio Splendid y las revistas Cantando y Radiofilm y pudo grabar Esta noche de copas, con gran repercusión, y seguir actuando con Varela y como solista en varios escenarios de la capital porteña.

    Pero la vida suele poner baldosas flojas al paso.

    Fontán Reyes recayó de su enfermedad hasta que le fue imposible seguir cantando, incluso en los peores sitios, esos que aceptan hasta lo más patético.

    Divorciado y vuelto a casar, con dos hijas, rodeado de familiares vinculados al delito, logró comprar el aludido boliche en la esquina de Ginés y Sarmiento, en San Fernando. ¿Quiénes fueron habitués, muy pronto? El Nene Brignone, El Gaucho Dorda, Carlos Alberto Mereles y Enrique Mario Malito. Los principales del asalto, los muertos del Liberaij.

    Fontán Reyes fue acusado de entregar el robo con datos de su tío, Nino Nocito, y conseguir las armas; condenado a una década de cárcel, misteriosas influencias redujeron la pena a cuatro años. Liberado, se recluyó con sus hijas, nietos y luego bisnietos en una casa de Talar de Pacheco; entre 1975 y 1990 se fue a Perú, donde quiso reanudar su carrera en el tango sin que haya datos de cómo le fue; luego, virtualmente, se esfumó, hasta que, en 2000, fue ubicado por un periodista de Clarín, Alberto González Toro, y aceptó hablar.

    -Yo quise cantar toda mi vida. Ligué mal, pero el tango fue mi verdadera pasión. Y hasta que pude con la voz tuve éxito (…) Cuando llegó la mala racha, bueno… es verdad, yo fui el entregador. Si el afano no lo hacían los muchachos lo hacía yo. Era mucha guita entonces. Igual me comí la cárcel en Olmos (…) De la plata no la vi ni quemada. Ese Piglia mintió sobre mí, inventó cosas, que yo andaba con la droga… Nunca leí el libro, me lo contó mi mujer. La película no la vi. ¿Para qué? Lo que tenga que cargar a la espalda, ya lo estoy cargando… Un novelón que nada de bueno le hace a la historia del tango. Pero ocurrió.

    Y queda un misterio, más que una curiosidad. Fontán Reyes nació en 1925. Al momento del reportaje referido tenía 75 años. He releído documentos, reportajes y libros de investigadores hasta la fatiga y no aparece fecha de muerte. ¿Acaso este espasmódico proyecto de buen cantor devenido delincuente vive todavía? Hoy tendría 96 años, edad a la que pocos llegan.

    Quién sabe… Enrique Cadícamo murió a los 99 y la extraordinaria Nelly Omar a los 102 años.

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